CAPÍTULO 8


 

Anda que te andarás, desanduve los mil y un caminos de esas tierras increíbles que te conducían a montones de sitios, menos, a veces, a aquellos por los que tú deseabas transitar. En el ínterin me tropecé con Pulgarcito y sus hermanos que buscaban desolados el camino de regreso al hogar cuando ya los pájaros se habían comido las migajas de pan que el, inocentemente, tirase para marcar la senda. También me crucé con el Príncipe de la Bella Durmiente, que cabalgaba lanzado en pos del castillo de la hermosa, y hasta con los Siete Enanitos me topé mientras daba vueltas y más vueltas sin saber a ciencia cierta en que dirección quería ir ni con quién pretendía encontrarme, porque el asunto del Lobo Feroz, con mucho pesar por parte mía, ya estaba arrinconado en mi agenda.

Y así, de pronto, cuando ya había dejado de interesarme el enigma y decepcionado deambulaba por el Mundo de la Fantasía, hete aquí, como se dice en todo cuento que se precie, que de la manera más sencilla me fui a hallar inesperadamente justo en el borde de un precipicio de montaña cortado a pico sobre un fértil valle. Ahí no había ningún poste indicador, sin embargo no resultaba necesario...

Ante mí se abría el País de las Narraciones Juveniles.

Me quedé contemplando el paisaje apoyado en un tocón de árbol que algún rayo debió haber abatido. Era un mundo agreste y como dispuesto a franjas que si nacían al pie del acantilado se alargaban en abanico perdiéndose en el horizonte. En una se veían selvas, en otra bosques, en la siguiente sólo mares e islas, en la otra desiertos, en la otra ciudades legendarias, en la otra montañas rocosas y áridas, en la otra hielos eternos, en la otra...

Oí unas voces que gritaban por encima de mi cabeza, y, muy sorprendido, levanté los ojos para mirar. En el cielo, majestuoso, volaba un globo tripulado y sus ocupantes me hacían alegres señas. ¡Caray, qué impresión, si se trataba de los protagonistas de CINCO SEMANAS EN GLOBO de Julio Verne!... Emocionadísimo agité los brazos saludándoles, y ellos, no sé qué entenderían pues acto seguido me lanzaban una escalera de cuerda, igual creían de buena fe que me encontraba aislado en la cima de la montaña. ¡Qué divertido, su error me empujaba a la aventura!

Sin pensarlo dos veces me cogí a la escalerilla, quedándome sólo enganchado ya que con el vaivén del globo, yo al menos, era incapaz de subir a la cabina. Ellos continuaban diciéndome cosas que me resultaban ininteligibles debido a la distancia, más, afortunadamente, al no padecer vértigo, mientras tanto me puse a contemplar el terreno por encima del cual volábamos.

¡Maravilloso, sencillamente maravilloso! Semi desértico en ocasiones y en otras salpicado de tupida jungla. Vi a elefantes bebiendo en ríos interminables, vi... ¡Pero aquello no era de Julio Verne!...

Estaba contemplando lobos que corrían, una manada entera de lobos, y, entre ellos, trotando también iba un muchachito de piel oscura vistiendo un taparrabos!... ¡La impresión fue tan grande que poco más me caigo al suelo!... ¡Pero si era Mowgli, el niño criado por los lobos de EL LIBRO DE LA SELVA de Rudyard Kipling, y aquel lobo anciano que abría la marcha debía tratarse de Akela, el jefe, y junto a Mowgli galopaba Hermano Gris!... ¡Para que luego hablen mal de los lobos que se dedican a adoptar niños perdidos ya que el caso de Mowgli está inspirado en hechos reales como Kipling sabía muy bien!...

El globo seguía volando y pronto la manada y el “hombrecito”, solo fueron un punto en la distancia. De repente, avanzábamos sobre un desierto lleno de cactus y a lo lejos se advertían rebaños imponentes de búfalos que caminaban levantando oleadas de polvo, luego vi un poblado indio, y más lejos, un río y en el río una barca y en la barca un Piel Roja y su perro, y en ese mismo instante también me di cuenta, lleno de espanto, que la escalera de la cual pendía se estaba rompiendo, debido a mi peso sin duda, y de que de un momento al otro iba a dar con mis huesos en tierra, cosa que no me traería consecuencias muy agradables que digamos. Así que, perdido por perdido, preferí tirarme al río ahora que estaba a tiempo, y en buena hora que lo hice, porque la escalera se rompió justo cuando ya me soltaba.

Saludé mientras caía, a los tripulantes del globo y ellos respondieron a mi saludo imagino que contentos al apreciar que me había salvado.

 

Índice | Sigue...

Inicio