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CAPÍTULO 7 |
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Abandoné muy apenado el País de las Leyendas,
ya que no podía hacer nada por el ex pastorcillo.
Seguí caminando hasta que perdí de vista el tétrico bosque; el paisaje se hizo más amable al despejarse el cielo y brillar de nuevo el sol. Vi de lejos la casita del Historiador y entonces supe que si deseaba acercarme a echar un vistazo al País de las Narraciones Juveniles, podía hacerlo sin miedo a extraviarme. E iba bien encaminado, ¡eh, qué conste!, pero otra vez el azar intervino distrayéndome de mi empeño. De pronto doblé el recodo del sendero y detrás de unas hayas surgió una casa de esas típicas de cuento de hadas. Las ventanas tenían alféizares llenos de tiestos de flores, la rodeaba un jardín muy alegre y junto a la verja de madera veíase un pozo de piedra y a una mujer, falda larga, delantal, corpiño, blusa y cofia, que en aquel mismo momento se encontraba izando un cubo de agua. La hubiera saludado cortésmente siguiendo después mi camino de no haberme llamado la atención el hecho de que sobre la hierba, entre las prendas que se estaban secando, (se ve que la mujer había hecho la colada), destacaba una capita roja con caperuza incluida. El corazón me dio un vuelco, ¿sería aquella la casa de Caperucita Roja y esa señora su madre?. Mira por dónde, sin comerlo ni beberlo, como vulgarmente se dice... -Muy buenos días, señora. Ella se giró y pude advertir que fruncía el ceño al verme. “-¡Vaya -pensé-, otra que no sonríe!” ¡Curioso el Mundo de la Fantasía, no es lo que parece! Ella se enjugó las manos con el delantal mientras me observaba con cara de pocos amigos... Pero, ¿no es en los cuentos donde la gente es tan hospitalaria y amable? -Buenos días. -Perdone la pregunta, señora, ¿acaso es usted la madre de Caperucita Roja? La mujer torció el gesto con fastidio. -Si, claro que soy la madre de Caperucita Roja. Seguro que le han indicado este lugar los Tres Cerditos o los Siete Cabritillos, acostumbran a no tener la boca cerrada esos. -Se equivoca, señora, se equivoca. Ha sido una verdadera casualidad la que me ha traído hasta aquí... No es que yo no buscara a Caperucita Roja, ya ve como no lo niego, pero nadie me ha indicado este camino. La mujer puso los brazos en jarras. -¿Y se puede saber qué es lo qué quiere de mi hija? -Pues, poca cosa, señora, poca cosa, sólo charlar con ella de su encuentro con el Lobo Feroz... -¡Ja, me lo temía!... Sepa, señor, que no es usted el primero que se acerca a esta casa con semejante pretensión... Desde “aquello”, todo el personal se cree con el derecho de venir a importunarnos para que se les explique la historia por milésima vez, y la pobre niña ya está más que harta, y yo también, que soy su madre, eso sin contar a la abuelita, que como la pobre está sorda y ha perdido la memoria, no sabe ya lo que se dice. -Entiendo que estén ustedes molestas, pero yo no vengo a que me cuenten el cuento de la Caperucita Roja, yo vengo a que me den razón de lo que fue del Lobo Feroz cuando la historia se acabó. ¿Murió realmente el Lobo Feroz a manos del cazador, o, en la otra versión, sucedió mientras bebía agua en el río? La madre de Caperucita se enfadó mucho. -¿Se puede saber a usted que le va en ello?... ¡Haga el favor de dejar las cosas como están y no ande hurgando en los recuerdos! Me excusé: -Reconozco que son dolorosos y tristes. Yo, ¿sabe usted? soy escritor de cuentos y me interesaría mucho... La madre de Caperucita emitió una risa que quería ser burlona. -Ya, ¿pretende escribir una segunda parte del cuento de Caperucita Roja? Entonces, le aseguro que pierde el tiempo, en esa historia no va haber continuación, con la primera parte hemos tenido suficiente, que bastante molestas estamos con el señor Perrault por su ocurrencia. -No, no se trata de eso. Lo que yo pretendo es hablar con su hija, si da usted su permiso, y... -No le doy mi permiso -cortó ella secamente. -Pero, ¿por qué? -Se lo he dicho ya, déjenos tranquilas y haga el favor de irse. ¡Vaya con la señora! Otro personaje del País de los Cuentos que en lugar de ayudarme a ver las cosas claras, las enredaba más, ¿qué le hubiera costado colaborar minímamente? Muy fastidiado me alejé por la senda con la cabeza gacha y arrastrando los pies. Ganas me estaban dando de volver a la realidad y olvidarme de la dichosa historia del misterioso final del Lobo Feroz. Después de todo, ¿a mí que me importaba?... Tal vez la madre de Caperucita Roja tuviese razón y fuese mejor no remover el pasado. Como iba ensimismado contemplando el suelo mientras avanzaba, no me di cuenta de que en dirección opuesta se acercaba alguien. -Buenos días tenga usted, señor. Era una voz de niña y yo maquinalmente respondí: -Buenos días. Pero al levantar la cabeza me quedé con la boca abierta por la sorpresa... ¡Delante de mí tenía a la mismísima Caperucita Roja! -¡Caperucita Roja! Sí, sí, ella en persona, como siempre la hemos visto en los cuentos, con su capa, su caperucita y su cestito al brazo. Debía venir de casa de la Abuelita, imagino, aunque no se lo pregunté. Me sentí muy emocionado; no es de lo más corriente cruzarse, en un sendero del bosque, con uno de los ídolos de nuestra infancia. -¡Ejém, señorita Caperucita...! Ella tuvo una sonrisa encantadora, ¡por fin alguien que sonreía! -Caperucita Roja para usted, señor, sólo soy una niña y usted podría ser mi abuelito... -dijo ella sonriendo angelical. (¡¡Simpática la niñita!!) -Caperucita Roja, quiero preguntarte una cosa. -Usted dirá. Caperucita era rubia y tenía los ojos azules, desde luego que se trataba de una criatura monísima aunque me fijé que su carita era de niña traviesa. -Caperucita, soy escritor y me gustaría saber que fue del Lobo Feroz cuando tu cuento se acabó. ¿Murió realmente el Lobo Feroz? Caperucita Roja cesó de sonreír y puso cara de culpable, gesto el suyo que me asombró muchísimo. -Bueno, no lo sé, yo no lo vi, nos acababan de rescatar y... De repente me atravesó por la cabeza un pensamiento que nunca había tenido. La miré con severidad. -Caperucita Roja, ¿vas a contarme la verdad?, ¿qué es lo que entre todos ocultáis? Caperucita se puso ha hacer pucheros. -No... No sé lo qué quiere usted decir... -Lo sabes muy bien, Caperucita Roja, ¿qué cuentos os traéis vosotros con el dichoso Lobo Feroz?... ¿Sabes qué estoy empezando a creer?... Pues que siempre ese pobre bicho no ha existido más que en vuestra imaginación... Que es un falso mito, vaya... Caperucita Roja se echó a llorar a todo trapo. -¡Eso no, eso no!... -gimoteó- ¡El Lobo existe, nadie se lo ha inventado!... -¿Existe, nadie se lo ha inventado?, ¿me quieres decir entonces qué es lo que pasó con él? Caperucita Roja me contempló con unos ojazos que ganas me dieron de exclamar: -“¡Caperucita, Caperucita, qué ojos más grandes tienes! ”... La niña suspiró tristemente. -El Lobo existía y era bueno y amable y nunca se comió a la Abuelita ni a mí y nadie lo mató. Una tarde que iba yo a ver a mi Abuelita, me distraje corriendo detrás de las mariposas por el prado y además me perdí y me encontré con el Lobo, que de Feroz no tenía nada, y si no llega a ser por él mi Abuelita se queda sin cenar aquella noche. El me indicó un atajo para acortar pero aún y así hice tarde y más tarde todavía regresé a mi casa... Entonces tuve que inventarme una historia, la historia del Lobo Feroz, el cazador y todo lo demás... Esa es la pura verdad, no le miento... ¿Sí o no?. ¡Cualquiera sabe con estos personajes de ficción! -¡Pues buena la hiciste, niña! Caperucita Roja se deshizo en lágrimas de nuevo. -¡Por favor, por favor, no se lo diga a mi mamá, se enfadaría mucho! -¡Y con razón, si hasta a mí me dan ganas de enfurecerme!... Caperucita, te has portado muy requetemal, aunque me parece que todos en este País no os portáis demasiado bien, con el cuento, nunca mejor dicho, de la libre imaginación, y, ¡hala!, todos a inventar... Sin tener presente el daño que podéis hacer a un inocente animal... -¡Yo no quería mentir, soy una niña muy buena!... No se lo dirá a mi mamá, ¿verdad? La miré pensativo. Claro que no iba a revelárselo a su madre, primero porque no soy un chivato y segundo que tampoco solucionaría nada a estas alturas desvelando los hechos. Esa historia llevaba siglos escrita y menudo jaleo cambiarla ahora, como la de los Tres Cerditos, la de los Siete Cabritillos o la del pastor mentiroso; nadie me iba a creer. -No Caperucita, no se lo contaré a tu madre, pero has de prometerme que nunca más levantarás falsos testimonios ni mentirás, Eres una niña muy guapa y la mentira afea, recuérdalo... ¿Conoces el cuento de Pinocho?: le crecía la nariz cada vez que soltaba una mentira. -¡Oh, gracias, gracias -Caperucita Roja, muy efusiva ella, me echó los bracitos al cuello propinándome dos sonoros besos-, se lo prometo!... Suspiré entonces, viéndola marchar tan contenta, y suspiro en este preciso momento que os lo explico, ¿qué podía hacerse sino? A fuer de sincero debo admitir que mi paseo por el País de los Cuentos estaba resultando bastante sorprendente: El Cerdito Trabajador había sobornado al Lobo Feroz para asustar a los gandules de sus hermanitos, la mamá de los Siete Cabritillos no vaciló en acusar falsamente al Lobo Feroz, igual que los pastores y también Caperucita Roja, y, por lo visto, el Lobo era más inocente que un cordero, un poco simple si se dejaba engañar por un avispado cerdito y un mucho servicial si habíamos de creer a Caperucita Roja. Así las cosas, ¿cuál era el desenlace de la historia, el auténtico?, ¿qué fue en realidad del Lobo Feroz?... Si el final de los cuentos no era cierto y el Lobo no terminó como decían, razón de más para preguntarse ¿qué pasó con el Lobo Feroz?, ¿dónde estaba? ¡Misterio misterioso! |