|
CAPÍTULO 6 |
|||
|
|
|||
|
De pronto a lo lejos, coronando sus altas y siniestras torres una masa de negros nubarrones, divisé un castillo en medio de la floresta, un castillo oscuro de piedras como quemadas, pero que no estaba en ruinas y tal vez por ello resultaba aún más atemorizante. Otra cosa que me sorprendió es que una de sus muchas chimeneas estuviese expeliendo humo, lo cual demostraba que hallábase habitado, La pregunta del millón era, ¿por quién? Pensé en retroceder, más tampoco sabía hacia donde dirigirme, y, puestos, tanto daba caminar en una dirección que en otra. No, no, no es que sea un héroe, que no lo soy, pero la verdad es que no tenía otra alternativa mejor. Avancé titubeando y simultáneamente empezaron a suceder fenómenos extraños no sé si por casualidad o qué. Las nubes que se apelotonaban en los altos torreones iniciaron una desbandada general que cubrió el cielo en pocos segundos. Eran nubes de un gris plomizo y amenazador que convirtieron el día en noche en poco rato. Un viento frío estremeció el bosque conmigo incluido y para remate de males me pareció escuchar en la lejanía como una especie de lúgubre aullido, que en aquella inquietante penumbra, a manera de detalle efectista, fue subrayado por el brillo de un relámpago al que acompañó un ruidoso trueno y fue seguido de un rayo fulminante que restalló igual que un latigazo sobre el paisaje... Yo me encogí de miedo, vuelvo a asegurar que no soy un héroe, pero, sustos aparte, semejante despliegue de energía eléctrica, me hizo descubrir a unos diez pasos, y medio oculto por la maleza, un cartel indicador que decía: EL PAÍS DE LAS LEYENDAS. ¡Ay caramba! ¿es que no paraba de meterme en sitios raros, o es que en el mundo aquel, los países se amontonaban sin orden ni concierto?... ¡Un poco de seriedad, señores! De nuevo escuché el aullido, y para mi espanto, mucho más cercano. No me lo quería decir a mi mismo, pero estaba segurísimo de que por fin había encontrado al Lobo Feroz, y, si hemos de ser sinceros, debo confesar que en tal escenario siniestro, el encuentro no me llenaba precisamente de gozo. ¡¡Más cerca, más cerca, aullaba más cerca!! ¡Piernas para que os quiero!... Eché a correr como alma que lleva el diablo, y corrí tan y tan deprisa, sin ver en mi loca huida por donde iba que, claro, pasó lo que tenía que suceder, o sea, que me caí en un agujero aunque daño no me hice porque estaba forrado de musgo y hierbas blanditas, pero si que me quedé aturdido más por la impresión de caerme que por cualquier otro motivo. De nuevo repitióse el aullido, bien que un poco lejano. -¡Estupendo -me dije-, lo he despistado! Error. La cosa aquella volvió a aullar y en esta ocasión muy próxima, luego, otro aullido más distante. ¡Se iba, qué alivio tan grande! Silencio. ¡Ahí va, otro rayo, menudo trueno! No había visto el resplandor porque estaba con la cara metida entre el musgo. El corazón me iba como una locomotora y estaba muy asustado al comprender que se habían acabado los cuentos y empezaban las leyendas... y las leyendas no son cosas tan infantiles, bueno, que carecen en absoluto de infantilismo alguno. De pronto me di cuenta de que no se escuchaba nada entorno mío, nada de nada, era lo mismo que si hubieran quitado el sonido en el televisor. Con precaución empecé a levantar la cabeza. El cielo seguía negro y todo permanecía muy quieto, ya ni siquiera soplaba el viento. Me mantuve con el oído atento durante unos segundos y nada de nada, ni truenos, ni rayos, ni aullidos. ¿Se habría caído el Lobo Feroz en otro agujero igual que yo?... Con muchísima cautela decidí salir del socavón en donde me hallaba. Primero asomé el pelo, después los ojos, luego la nariz, la boca... El mentón se me quedo clavado en el borde del foso. A poca distancia de mí, y dándome la espalda, aparecía sentado sobre una piedra una especie de hombre, y digo hombre ya que el cuerpo si que lo tenía mientras que la cabeza, LA CABEZA ERA DE LOBO... ¡Lo qué me faltaba, el Hombre Lobo en persona!... ¡Claro, una leyenda, una leyenda hecha realidad, el Hombre Lobo en vivo y en directo, tierra trágame!... Ojalá la tierra nos tragase cuando se lo pedimos, pero la tierra se hace la sueca y, ¡hala, a apechugar con las situaciones incómodas! En medio de mi aturdimiento me di cuenta de un hecho insólito que no pegaba ni con cola en aquel momento. El Hombre Lobo estaba llorando. -¡Ay de mí, ay de mí -gimoteaba el Hombre Lobo-, ya estoy hasta la coronilla de esta comedia, en mala hora se me ocurrió burlarme de mis compañeros...! Y en diciendo esto, con gesto brusco, se arrancó la cabeza... ¡Sí, sí se arrancó la cabeza, como lo oís!... Casi me da un ataque al corazón al verlo, pero luego comprendí que la cabeza no era propia sino artificial, ya que el sujeto se trataba de un hombre tan normal y corriente, y la otra cabeza, la de lobo era de mentirijillas, igualito que si llevase un disfraz y se hubiese puesto cabeza de lobo o de ciervo, que lo mismo daba. -¡Ay de mí, ay de mí -proseguía el desdichado Hombre Lobo de pacotilla-, que me tenga que ver en esta situación por mis malas andanzas!... Yo gritaba: ¡El lobo, que viene el lobo! y todos acudían en mi ayuda y yo me desternillaba de risa al verles llegar corriendo... Pero un día mis compañeros los pastores descubrieron que les engañaba y se enfadaron y me dieron una paliza de padre y muy señor mío y me dejaron en el suelo sin preocuparse de si estaba muerto o vivo... Suerte tuve de que no me mataron a golpes, así pude escapar al recobrar el conocimiento, y corre que te correrás mira adonde fui a dar, a este condenado País de las Leyendas...! -Usted perdone -exclamé yo presentándome de improviso ante el ex pastor a quien de poco le da un síncope al verme-, no he podido evitar oír lo que decía. También yo he llegado por error al País de las Leyendas, y, como a usted, no me gusta ni pizca, más ese no es el caso... Mi asunto es el Lobo Feroz y voy tras su pista. Desearía saber que fue de él cuando los cuentos se acabaron. El ex pastor me miró confuso. -A buena puerta viene usted a llamar... En mi vida he visto al Lobo Feroz... Yo gritaba “¡Al lobo, al lobo!” porque me hacía gracia, aunque jamás vi uno solo, y si lo viera saldría corriendo. Tomé asiento delante suyo, en un pedrusco. -Vamos ver, vamos a ver. Aquí hay algo que no entiendo. Si a usted le da tanto miedo el lobo, ¿por qué lleva puesta una cabeza de lobo y va aullando por el bosque? No tiene ningún sentido, ¿no le parece? El otro pareció enfurruñarse. -Si lo tiene y se lo voy a explicar... Y me explicó, cómo al recobrar el conocimiento había salido huyendo de los pastos que hasta el momento le habían servido de hogar, cómo en su maltrecha huida, y sin saber por donde caminaba, se extravió colándose, sin pretenderlo, en el País de las Leyendas, y vino a arrastrarse ante la misma puerta del castillo tenebroso con el que yo también había topado. “-...el castillo estaba desierto y la mesa puesta, así que pensé que no haría nada malo comiendo y bebiendo un poco si los dueños eran tan hospitalarios que dejaban la puerta abierta al viajero... Comí pues, bebí y me quedé dormido encima de la mesa ya que estaba dolorido y agotado. Al despertar, descubrí enfrente mío, sobre el respaldo de un sitial, a un cuervo enorme de pico curvo y ojos muy brillantes. Aturdido como estaba no supe que pensar hasta que el cuervo me interpeló: -Bien, por el aspecto que traes me imagino que te has perdido y no tienes ni idea de dónde te encuentras. Le dije que sí y me deshice en excusas suponiendo que él era el dueño del castillo, pero el cuervo me interrumpió dando un aletazo brusco. -Bueno, bueno... Estás cansado, tienes hambre y sed, de acuerdo y no te acuso de haber comido y bebido si lo necesitabas, tampoco estaban cerradas las puertas... Sin embargo, tienes que reconocer que uno no va por la vida sirviéndose de las cosas sin pagar por ello ¿estás por lo que te digo? -Bondadoso señor -respondí temblando de miedo-, no poseo ni una sola moneda de oro, yo... -¡Mira que eres simple! -estalló el cuervo irritado-, no es éste un asunto de dinero, sino de intercambio de favores y aun si a ello te avienes que aquí no se obliga a nadie, si no te gusta la propuesta te vas y ya está. -¿Qué debo hacer? -Estás en el País de las Leyendas -dijo el cuervo con orgullo-, y en este país cada uno de sus habitantes personifica a una leyenda más o menos importante... ¿Cuál quieres ser tú?... Le rogué que me sugiriese algunas y entonces elegí...” -¿Ser Hombre Lobo? -le interrumpí yo. -Si señor, ser Hombre Lobo -repuso el infeliz. -¡Vaya, lo suyo es una manía, ¿eh?! -¿Cómo dice? -Nada, nada, yo me entiendo... Y desde entonces va usted aullando por ahí con esa cabeza postiza, ¿no? -Si señor, si señor, y para siempre porque no puedo ni soñar con volver al País de los Cuentos... Me lo quedé mirando fijamente, menudo destino más desagradable, era muy triste, pero, ¿en el fondo no se lo tenía merecido?
|