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CAPÍTULO 5 |
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| El
historiador vivía en una casita de paredes blancas y techo de brezo seco.
Desde el camino que conducía a su morada pude verle en una habitación, a
través de la ventana abierta, muy interesado leyendo en un grueso librote
que tenía puesto sobre la mesa de trabajo. Me acerqué a la ventana, la casita
carecía de verja, y piqué en el alféizar con los nudillos. Mientras eso
hacía vi que la pieza en la que hallábase el Historiador era muy grande
y sus paredes aparecían cubiertas de altas estanterías repletas de volúmenes
de todos los tamaños. En el centro de la sala se descubría un globo terráqueo
inmenso y de esos antiguos que parecían sacados de viejísimos mapas de navegantes...
También aquí y allá se dispersaban atriles con libros y aún éstos continuaban
apilándose en taburetes, sillas y mesas de lo más variado. La estancia olía
agradablemente a papel y a pergamino. Se me antojó un lugar muy acogedor
en el cual se acumulaba, y respiraba, la sabiduría.
¡TOC,TOC! -Buenas... El Historiador, sin sacar la nariz de encima del libro, me respondió distraído: -Muy buenas tenga usted. -El Historiador, supongo. -Supone bien, supone bien -repuso él sin dejar de leer. -Permítame que me presente, soy un escritor que anda metido en una profunda labor de investigación referente al extraordinario caso de... El Historiador levantó la nariz de sobre las páginas del libro que estudiaba y me contempló con sorpresa. Tenía cara de sabio, con sus barbas, sus melenas despeinadas y además llevaba unas divertidas gafas de gruesos cristales. Vestía una chaqueta de buen paño marrón, chaleco escocés, pantalones de franela gris y calzaba zapatillas a cuadros de aspecto envidiablemente cómodo. No debía ser muy alto, pero encaramado encima de un taburete, daba la impresión de ser tope importante. -¿Quién es usted y que hace ahí en mi ventana? Evidentemente era ahora cuando se daba cuenta de mi presencia. -Verá, soy un escritor y ando investigando por mi cuenta que es lo que pasó con el famoso y temible, Lobo Feroz. He preguntado al Cerdito Trabajador de los Tres Cerditos, a la mamá de los Siete Cabritillos, a los pastores, y, si le he de ser sincero, estoy más confundido que al principio. Finalmente un simpático duendecillo, me ha hablado de usted como el más indicado para contarme la historia del Lobo Feroz, es decir, qué que fue del Lobo Feroz cuando los cuentos en los que intervenía concluyeron... El Historiador se hinchó de satisfacción. -Señor mío, ha venido usted al lugar apropiado, nadie mejor que yo sabe todo cuanto hace referencia a lobos desde sus más remotos orígenes hasta el momento presente, su historia, cómo no, y también el rico anecdotario que acompaña a tan espléndido animal... Lo malo que tienen los eruditos, (erudito es un señor que sabe cantidad de cosas sabias), es que les preguntas acerca de quién fue Recaredo y te acaban contando la vida y milagros de la interminable retahíla de los reyes godos. Me dispuse a tener paciencia, y a escuchar; tal vez incluso llegase a enterarme de algo que valiese la pena. El Historiador dio la espalda a su librote y apoyándose en él, como si de un respaldo se tratara, cruzó las gordezuelas piernas empezando su disertación con evidentes muestras de placer. No me invitó a entrar pero tampoco fue necesario. La ventana y el interior de la habitación eran como la lámina de un dibujo y yo estaba fuera. -El lobo, señor mío, es un animal vilmente calumniado en cuantos países lo han tenido en sus bosques... Y digo tenido, porque ya pocos lo tienen en la actualidad... -¡Espere, espere un momento, el lobo, aunque nos caiga simpático, no deja de ser un depredador, se come a...! El Historiador se puso muy enfadado, no se si porque lo había interrumpido. -¡Claro que come! ¿es que usted no lo hace también? todos comemos, señor mío, y si usted y yo lo hacemos, ¿por qué no ha de comer el lobo? ¡Tiene tanto derecho como el que más!... -No creo que se trate de comer, sino “de lo que se come”... -¡Ta, ta, ta, ya empezamos con tecnicismos!... -¡Señor Historiador, si llama usted tecnicismos a devorar un rebaño entero! El Historiador me miró con fastidio. -El lobo ha nacido para devorar ovejas, carneros y etc., como el gato para comerse a los ratones. Así de claro, ¿o es qué no lo entiende todavía? -Comprendo su punto de vista, pero... El Historiador manoteó impaciente. -Usted no entiende nada, lo afirmo... Dice que comprende, ¿el qué, si es qué se puede saber? Yo empecé a desesperarme. -Comprendo que todos tengamos que comer... -Menos el lobo, ¿no? -dijo el Historiador con impertinencia. -¡Ay, señor!... Mire usted, nos estamos perdiendo en una cuestión de matices... -¿Qué matices? -preguntó el Historiador beligerante. -Ya “sé” que el lobo tiene que comer, y me parece muy bien, la cosa estriba en que no destroce los rebaños. El Historiador se rió en mi cara. -Volvemos de nuevo al principio, caballero, porque, recordará usted que hace un momento le he dicho que ya no quedan lobos en los bosques, o casi, al menos en su mundo, y no quedan, o casi, porque el hombre los ha exterminado, ya que le devoraban el ganado... Y, ¿por qué lo devoraban, eh? ahí esta el quid de la cuestión... Pues, señor mío, porque el HOMBRE, con mayúsculas, ha acabado con la caza natural que le corresponde al lobo. ¿Dónde están sino los ciervos, los corzos, los venados que por ley del bosque le han sido asignados a los lobos?... Prácticamente en reservas forestales. Entonces el lobo, privado de sus presas baja al llano, ¿no lo haría usted si fuera un lobo? El mal no está en que el lobo se coma a las ovejas, sino en que el hombre le ha robado su caza al lobo y encima no le permite protestar y eso no es justo y además desencadena muchos problemas... -Sí, se diezman los rebaños y... -No, lo verdaderamente importante es que se rompe el equilibrio natural... Le voy a dar un ejemplo: en el bosque un árbol se llena de frutos dulces en cuyo interior hay semillas, vienen los pájaros y se comen esos frutos. Las semillas van a parar a sus intestinos, y, convenientemente abonadas, salen después y como el pájaro va volando, caen aquí y allá naciendo nuevos árboles por todas partes, pero llega el hombre, arrasa con los frutos o tala los árboles, los pájaros se mueren de hambre y los árboles acaban extinguiéndose... ¿Lo entiende ahora? y conste que el ejemplo que le doy es muy esquemático... Pues más o menos así aplíqueselo al lobo... La tan cacareada maldad del lobo es un mito, mala prensa, como dirían en su mundo si fueran verdaderamente honestos... Me quedé pensativo, bueno, tal vez... Los Tres Cerditos, los Siete Cabritillos... En realidad todos habían mentido. El Cerdito Trabajador, la madre de los cabritillos, ¿y los pastores?, ¿qué ocultaban los pastores?... -Bien mirado, quizá no le falte a usted razón. -Lo celebro, señor mío, lo celebro, ya era hora de que empezara a entender un poco -exclamó el Historiador muy complacido. -Si, pero... El Historiador frunció el ceño. -¿Pero qué? -Verá, todo cuanto me ha dicho está muy bien, pero sigo sin saber... -¿Qué? -¿Qué fue del Lobo Feroz en realidad, cuando los cuentos se acabaron? eso es lo que he venido a preguntarle señor Historiador... Entonces el Historiador me demostró lo poco que había atendido a mis explicaciones cuando me presenté frente a su ventana. -¿El Lobo Feroz?... ¿Cuentos?... ¿De que me está usted hablando? -Aquí, en el País de los Cuentos... -¿El País de los Cuentos?... ¡Ay que me parece que está usted un poco equivocado, señor mío! Di un respingo. -¿Como dice? -Como lo oye -respondió muy satisfecho el Historiador-. Usted ya no se encuentra en el País de los Cuentos sino en la Tierra de Nadie franja límite entre éste y el País de las Narraciones Juveniles. Y si lo que busca son lobos, en el de las Narraciones Juveniles si que los va a encontrar, lobos, perros lobo, leones, tigres, elefantes, en fin, lo que quiera, solo bastará que siga usted andando por el camino que le ha traído aquí, de esta forma se llega al borde de un barranco cortado a pico sobre un ancho valle, ese es el País de las Narraciones Juveniles. Yo sentí curiosidad. -Un barranco, ¿y cómo se puede descender? El Historiador se encogió de hombros despectivo; hombre de letras, la aventura física no parecía atraerle. -Lo ignoro. Supongo que habrá algún camino entre las rocas, o algún túnel, o una escala de cuerdas, en fin, vaya usted a saber. ¿Tiene especial interés en ir al País de las Narraciones Juveniles? La verdad es que no lo tenía, porque en ese país no estaba mi Lobo Feroz. De todas maneras podía acercarme y echar un vistazo ya que andaba por aquellos lugares, sólo mirar un poquito. El Historiador había vuelto a su librote y daba la impresión de haberme olvidado. Durante un instante estuve tentado de seguir preguntándole por el Lobo Feroz, pero luego pensé que era una tontería ya que él no debía saber nada de cuentos de lobos, de historias si, no de cuentos. Así que despacito me aparté de la ventana y me fui por donde había venido y me hice un lío al desandar el camino, de tal suerte que en lugar de llegar al borde de un despeñadero me perdí dentro de un bosque añoso que fue haciéndose cada vez más sombrío a medida que avanzaba por él. |