CAPÍTULO 4


Me gustan los cuentos, mas no me gustan los mentirosos y de esta forma, anda que te andarás, marchaba yo por el sendero rumiando todas aquellas desconcertantes novedades con las que me estaba topando en el Mundo de la Fantasía.

Hablando de mentirosos, ¿qué me recordaba eso? ¡claro!... Me dí una palmada en la frente. El pastorcillo de “¡El Lobo, que viene el Lobo!”... ¿Se lo había comido el Lobo de verdad o era otro embuste? Tenía que encontrar a los pastores, “tenía” que hablar con ellos.

No fue difícil. A lo lejos se divisaban los pastos como mares de hierba, verdes y cimbreantes, mientras rebaños de ovejas pacían tranquilamente en ellos, igual que los corderos de un pesebre entre el musgo. Los perros ovejeros las controlaban en tanto sus responsables, los pastores, desayunaban en corro bajo la sombra de los árboles de un cercano bosquecillo.

-Buenos días -les saludé acercándome-, que aproveche.

Ellos, que estaban comiendo pan y queso, me contemplaron con ligera desconfianza.

-Buenos días nos dé Dios -respondieron al unísono, luego uno, el más viejo, dijo:

-Si no ha desayunado aún está a tiempo, señor.

-Muchas gracias, pero lo que yo deseo es otra cosa.

El viejo pastor frunció el ceño y quiso saber:

-¿Qué se le ofrece?

Como les vi recelosos y uno de ellos silbó con disimulo a un perro, me apresuré a explicarles que era lo que se me ofrecía ya que la cuestión estribaba en no salir molido a palos.

-Pues, si ustedes son tan amables, me gustaría que me dijeran si aquel que gritaba: ¡el Lobo, que viene el Lobo!... Bueno, si de verdad, finalmente, el Lobo vino y se le comió las ovejas y después se le comió a él, eso es lo que quiero saber.

Los pastores se miraron entre sí, muy serios y también, de repente, se pusieron muy pálidos. Todos observaron al viejo como si le dejaran a él la decisión de contestarme. Pude advertir que se removían inquietos no pareciendo gustarles la pregunta.

-¿Para que lo quiere saber? -me interrogó el viejo pastor con semblante malhumorado-. Usted no es de aquí, ¿entonces, que puede interesarle esa historia?... No hay más... El Lobo se lo comió entero, sin dejar siquiera el zurrón, ni ovejas ni pastor. Se acabó... Todo el mundo lo sabe... -farfulló contemplándome con cara de pocos amigos.

Advertí que ante aquella respuesta, el resto de los pastores daba la sensación de quedar considerablemente aliviados, lo mismo que si les hubieran quitado un gran peso de encima, vaya, como si el viejo me hubiese dado la respuesta definitiva, sólo que a mí no me lo parecía, y supuse, con fino olfato detectivesco, que algo me ocultaban de común acuerdo. Primero, porque se les veía a disgusto conmigo, de hecho, antes de verme charloteaban tan contentos. Segundo, en cuanto supieron el asunto que me traía, adoptaron un gesto extraño de culpabilidad. Tercero, el viejo pastor más semejaba dispuesto a romperme el cayado en la cabeza que a seguir contestando a mis preguntas... De modo que dispuse una retirada prudente, aunque, por supuesto, sin perder los buenos modales.

-Pues muchas gracias, no les molesto más... Tengo que regresar a casa y el camino es largo, ustedes lo pasen bien.

Todos hicieron la sonrisa del conejo y el perro que se había acercado al silbido de su amo, gruñó por lo bajinis y me enseñó los dientes.

-¡Adiós, adiós!... -repetí mientras me alejaba retrocediendo.

Me fui con tanto atolondramiento que en lugar de coger el sendero que bordeaba los pastos, me metí en el bosquecillo, no tan bosquecillo dado que a la media hora aún seguía andando entre sus árboles. Fue entonces cuando me dí cuenta de que no llevaba el camino que debía, aunque, a decir verdad, ¿cuál era el camino que yo debía llevar? En el País de los Cuentos tú no buscas el camino, es el camino el que te lleva a ti. Así es y así debe ser.

Pasé junto a una charca en donde había una rana gorda y verde y sobre la rana estaba sentado un gracioso duendecillo vestido del mismo color que su cabalgadura.

-Buenos días duendecillo.

-Buenos días caminante, ¿te has perdido?

Me senté en una piedra porque estaba reventado de tanto andar.

-De cierto no lo sé, hasta el momento presente mis pasos me han conducido hacia donde he querido llegar, pero, ahora, ya no tengo ni idea...

-¿En que dirección pretendes ir, o, mejor, qué es lo que buscas?

Contemplé pensativo al diminuto duendecillo vestido de verde y una leve esperanza empezó a despertarse dentro de mí, ¿tal vez?...

-Quisiera encontrar a alguien que me hablase del Lobo...

El duendecillo me interrumpió con una alegre palmadita de sus manos.

-Eso es muy fácil... Mira ahí...

Lo hice y allí, delante de mis narices, a unos veinte pasos se erguía, en forma de flecha, un indicador de madera pintada de blanco, en el que pude leer:

A CASA DEL HISTORIADOR

 Miré al duendecillo hecho un lío.

-¿Qué historiador, y para que necesito yo un historiador?

El duendecillo me replicó paciente:

-Un historiador es una persona que sabe muchas cosas, y si tú quieres que te hablen del lobo, él es el más adecuado; lo sabe todo.

Estuve a punto de explicarle al duendecillo que un historiador no se me antojaba a mí el individuo más apropiado para lo que yo andaba

buscando, pero luego pensé que si de historias se trataba, igual él sabía alguna que pudiera interesarme... El duendecillo tenía razón. Me despedí de él agradecido reemprendiendo el camino con mucha mayor ligereza que antes. ¡Por fin alguien iba a darme razones de lo que yo quería saber!... Bueno, al menos eso esperaba.

 

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