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CAPÍTULO 3 |
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Una hora más tarde, cuando regresó la Señora Cabra, me encontró atado a una silla en medio de la cocina en tanto que los Siete Cabritillos bailaban entorno mío una danza guerrera, disfrazados de indios Pieles Rojas. A la madre de los Siete Cabritillos de la impresión, se le cayó la cesta al suelo, y no era para menos con semejante panorama: yo atado y toda la casa patas arriba, rasgadas las cortinas y los muebles hechos trizas, y os puedo jurar que yo no había hecho nada de eso de veras. Luego la Señora Cabra me rescató llevándome a lugar seguro y tras haber encerrado a sus traviesos hijos en el sótano, la pobre señora se deshizo en excusas mientras me daba un vaso de agua para que se me pasase el susto. -Son incorregibles, ya no sé que hacer con ellos, me tienen desesperada, puede creerme. -¿Es a consecuencia del trauma por lo del Lobo Feroz? La Señora Cabra que llevaba cofia, gafas de montura redonda, blusa de lino, larga falda rayada y un gran chal floreado, cortó en seco sus lamentaciones y me dirigió una extraña mirada. -¿El Lobo Feroz?... ¡Ah, si claro, el Lobo Feroz!... Pero lo dijo tan poco convencida, que, de repente, sospeché algo. -Oiga Señora Cabra, a mí usted me lo puede decir con toda confianza. ¿Que pasó con el Lobo Feroz, estuvo aquí realmente? La pobre Señora Cabra suspiró muy acongojada y luego, de golpe, se echó a llorar a lágrima viva, tanto que tuve que sacar un pañuelo y dárselo para que se sonase. -¡Nooo, nunca estuvo, me lo inventé!... Aquel día amaneció nublado, y yo me tenía que ir a visitar a mi prima que estaba enferma, los niños querían salir a jugar al prado, pero les dije que no, que si llovía se mojarían y se resfriarían...Y como les prohibí salir se enfadaron terriblemente y al regresar me encontré la casa hecha un asco, juzgue usted mismo por lo que ha visto... Si a su padre le hubiera dicho la verdad les pega una paliza que no les deja sentarse en un año... Entonces me inventé la historia del Lobo Feroz... Y no puedo negar que no surtiera efecto... Concluyó la mar de satisfecha. Así que los cabritillos, cuando se aburrían, o se enfadaban, podían llegar a quemar la casa si se les antojaba. Eso no estaba bien, nada bien, ¡caramba! Me quedé muy pensativo. -Vamos a ver, Señora Cabra, ¿Qué cuento se inventará usted cuando yo me vaya?, ¿otra vez el Lobo Feroz?... La Señora Cabra se mostró azoradísima. -Por favor, no me lo pregunte. Y no se lo pregunté, pero no me extrañaría que algún día nos enterásemos de una nueva historia referente a como los Siete Cabritillos pusieron en fuga a un... ¿A un qué?
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