Ambos
felinos llegaron al lugar de los hechos a trote ligero. La luna
seguía tan plena y luminosa como la noche anterior y su luz comenzaba
a aclarar las sombras del siniestro y sucio callejón cuando los
dos gatos penetraron cautelosamente en él. Aparte de ellos comprobaron
que no había nadie más allí, ni siquiera las ratas.
-Esto
no me gusta -susurró Tigre que conocía bien la vida nocturna del
pueblo- .Parece como si hasta las ratas tuvieran miedo.
Copy
hizo de tripas corazón, ya que era un gato casero, y dijo, fingiendo
una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir:
-Si
tenemos que husmear por aquí, será mejor que ningún transeúnte nos
moleste, ¿no te parece?
-¡Venga,
vamos!... -exclamo Tigre nervioso, escurriéndose entre dos containers.
Copy que le escoltaba mirando aprensivamente la porquería acumulada
en el suelo, era un gato irreprochablemente limpio y le molestaba
mucho ensuciar su sedoso pelaje, tropezó de improviso con un cesto
desvencijado. El encontronazo obligó a rodar a una lata de tomates
vacía, que hizo ¡clong! en el silencio de la noche.
-¡Vaya,
lo siento!... -se excusó Copy humillado por su propia torpeza. Tigre,
que se había girado para mirar hacia atrás con sus amarillos ojos
relucientes como dos farolitos, pareció alterarse de repente, perder
la compostura y hasta la prudencia.
-¡Copy!
-chilló olvidándose de hablar bajito-¡ Copy, allí, allí dentro del
cesto, mira, mira!...
Copy
miró sin ver, en la dirección indicada y entonces, y sólo entonces
descubrió lo que había conmocionado a Tigre. Copy sintió que se
le secaba la garganta.
-Es...
es... es el lacito de Puchi-Puchi... -y con las diestras uñas de
su pata lo sacó del cesto. Los dos gatos quedaron contemplándose
fijamente el uno al otro, sin atreverse a maullar. Por fin rompió
el silencio Tigre.
-Debió
de haber lucha, forcejeo, lo arrancaron violentamente... Oye, dejémoslo
ahora aquí y vayamos al almacén... Yo sé que está vacío, pero...
Copy
atinó a decir:
-El
envenenador no puede vivir en el almacén.
Tigre
negó con la cabeza.
-No,
él no... Vamos.
Copy
corrió detrás de Tigre, ansioso de saber.
-¿Qué
esperas encontrar allí?
-Sinceramente,
lo ignoro -respondió el otro secamente.
La
puerta del almacén era metálica y estaba cerrada, mas a una altura
de un metro setenta, se abría una especie de ventana o tragaluz
cuyos cristales veíanse rotos. Tigre saltó limpiamente al alféizar
y Copy le imitó, luego, como dos sombras de terciopelo, cayeron
muellemente en el interior, en donde se amontonaban una cantidad
ingente de trastos arrumbados que no servían para nada. Tigre comentó
en un susurro:
-Creo
que este almacén era de un trapero, nadie lo usa ya.
-¡Uf,
que mal huele!... -objetó Copy arrugando remilgadamente su rubia
naricilla- Huele a... Huele a podrido aquí, Tigre...
Tigre
se detuvo encima de un trasto desvencijado y husmeó el aire mal
ventilado de aquel lugar. Sí, en verdad, cierto lejano efluvio a
descompuesto parecía brotar de un determinado ángulo de la nave.
El ya estaba acostumbrado a semejantes olores, pero no así la aristocrática
nariz de Copy, un gato tranquilo y apacible a quien todos sin distinción
de especie, apreciaban por sus excelentes cualidades de llaneza
y camaradería.
Los
dos se miraron otra vez fijamente, y después, como de común acuerdo,
sin que mediara palabra, en cuatro saltos estuvieron en aquel rincón.
En efecto, un pequeño cuerpo empezaba a descomponerse en ese lugar,
abajo, semi cubierto por una rota pantalla de lámpara a la que le
faltaba el pie.
Con
la cabeza gacha, Copy carraspeó sin atreverse a indagar. En el corazón
de ambos felinos empezaba a nacer una espantosa sospecha. Tigre
respiró hondo y bruscamente, hizo un rebote como sólo suelen hacerlo
los gatos, tipo bumerang, y la pantalla salió zumbando por los aires.
Sí,
cierto, allá abajo se vislumbraba un cuerpo menudito y que olía
muy mal, un cuerpo de suave pelaje, plegadas orejitas y... un rabo
larguísimo...
Copy
casi se puso histérico de alegría.
-¡No
es Puchi-Puchi!
Desde
su experiencia como gato libre y curtido por una vida dura, Tigre
comentó filosóficamente:
-Nos
habíamos olvidado que las ratas también pueden ser envenenadas.
El
resto de la noche los dos amigos lo emplearon en ir de aquí para
allá a la busca y captura de algún tipo de indicio que pudiera conducirles
al paradero de Puchi-Puchi, pero apuntó el alba y con ella, ambos
gatos, decidieron regresar cada uno a su residencia; la de Copy
en la urbanización y la de Tigre en cualquier sitio en donde pudiera
echar un largo sueño sin que nadie le molestara.