10 de la noche del día... de Junio de 199...
 

Copyright dibujo: Estrella Cardona GamioAquella noche, diligentemente, Tigre y Copy marcharon rumbo al callejón de los containers, sin dudas ni vacilaciones. Tigre había vagabundeado el día entero en busca de pistas por el pueblo, pero nada y Copy había estado atento a los medios informativos y a los comentarios del vecindario, mas, igualmente, nada... Todo eran repulsas, protestas y una total oscuridad llena de misterio.

Ambos felinos llegaron al lugar de los hechos a trote ligero. La luna seguía tan plena y luminosa como la noche anterior y su luz comenzaba a aclarar las sombras del siniestro y sucio callejón cuando los dos gatos penetraron cautelosamente en él. Aparte de ellos comprobaron que no había nadie más allí, ni siquiera las ratas.

-Esto no me gusta -susurró Tigre que conocía bien la vida nocturna del pueblo- .Parece como si hasta las ratas tuvieran miedo.

Copy hizo de tripas corazón, ya que era un gato casero, y dijo, fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir:

-Si tenemos que husmear por aquí, será mejor que ningún transeúnte nos moleste, ¿no te parece?

-¡Venga, vamos!... -exclamo Tigre nervioso, escurriéndose entre dos containers. Copy que le escoltaba mirando aprensivamente la porquería acumulada en el suelo, era un gato irreprochablemente limpio y le molestaba mucho ensuciar su sedoso pelaje, tropezó de improviso con un cesto desvencijado. El encontronazo obligó a rodar a una lata de tomates vacía, que hizo ¡clong! en el silencio de la noche.

-¡Vaya, lo siento!... -se excusó Copy humillado por su propia torpeza. Tigre, que se había girado para mirar hacia atrás con sus amarillos ojos relucientes como dos farolitos, pareció alterarse de repente, perder la compostura y hasta la prudencia.

-¡Copy! -chilló olvidándose de hablar bajito-¡ Copy, allí, allí dentro del cesto, mira, mira!...

Copy miró sin ver, en la dirección indicada y entonces, y sólo entonces descubrió lo que había conmocionado a Tigre. Copy sintió que se le secaba la garganta.

-Es... es... es el lacito de Puchi-Puchi... -y con las diestras uñas de su pata lo sacó del cesto. Los dos gatos quedaron contemplándose fijamente el uno al otro, sin atreverse a maullar. Por fin rompió el silencio Tigre.

-Debió de haber lucha, forcejeo, lo arrancaron violentamente... Oye, dejémoslo ahora aquí y vayamos al almacén... Yo sé que está vacío, pero...

Copy atinó a decir:

-El envenenador no puede vivir en el almacén.

Tigre negó con la cabeza.

-No, él no... Vamos.

Copy corrió detrás de Tigre, ansioso de saber.

-¿Qué esperas encontrar allí?

-Sinceramente, lo ignoro -respondió el otro secamente.

La puerta del almacén era metálica y estaba cerrada, mas a una altura de un metro setenta, se abría una especie de ventana o tragaluz cuyos cristales veíanse rotos. Tigre saltó limpiamente al alféizar y Copy le imitó, luego, como dos sombras de terciopelo, cayeron muellemente en el interior, en donde se amontonaban una cantidad ingente de trastos arrumbados que no servían para nada. Tigre comentó en un susurro:

-Creo que este almacén era de un trapero, nadie lo usa ya.

-¡Uf, que mal huele!... -objetó Copy arrugando remilgadamente su rubia naricilla- Huele a... Huele a podrido aquí, Tigre...

Tigre se detuvo encima de un trasto desvencijado y husmeó el aire mal ventilado de aquel lugar. Sí, en verdad, cierto lejano efluvio a descompuesto parecía brotar de un determinado ángulo de la nave. El ya estaba acostumbrado a semejantes olores, pero no así la aristocrática nariz de Copy, un gato tranquilo y apacible a quien todos sin distinción de especie, apreciaban por sus excelentes cualidades de llaneza y camaradería.

Los dos se miraron otra vez fijamente, y después, como de común acuerdo, sin que mediara palabra, en cuatro saltos estuvieron en aquel rincón. En efecto, un pequeño cuerpo empezaba a descomponerse en ese lugar, abajo, semi cubierto por una rota pantalla de lámpara a la que le faltaba el pie.

Con la cabeza gacha, Copy carraspeó sin atreverse a indagar. En el corazón de ambos felinos empezaba a nacer una espantosa sospecha. Tigre respiró hondo y bruscamente, hizo un rebote como sólo suelen hacerlo los gatos, tipo bumerang, y la pantalla salió zumbando por los aires.

Sí, cierto, allá abajo se vislumbraba un cuerpo menudito y que olía muy mal, un cuerpo de suave pelaje, plegadas orejitas y... un rabo larguísimo...

Copy casi se puso histérico de alegría.

-¡No es Puchi-Puchi!

Desde su experiencia como gato libre y curtido por una vida dura, Tigre comentó filosóficamente:

-Nos habíamos olvidado que las ratas también pueden ser envenenadas.

El resto de la noche los dos amigos lo emplearon en ir de aquí para allá a la busca y captura de algún tipo de indicio que pudiera conducirles al paradero de Puchi-Puchi, pero apuntó el alba y con ella, ambos gatos, decidieron regresar cada uno a su residencia; la de Copy en la urbanización y la de Tigre en cualquier sitio en donde pudiera echar un largo sueño sin que nadie le molestara.

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Continuará...

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