En
los jardines, los animalitos apenas cuchicheaban entre sí mirándose
los unos a los otros de reojo, por fin, un soberbio gran danés que
el día anterior no estuvo presente en la reunión porque se lo habían
llevado a vacunar, rompió el acongojado silencio con un estrepitoso
ladrido que, a los efectos, resonó lo mismo que un bocinazo.
-¡GUUUUUUUAU!...
¡Ya está bien, Lindy a punto de morirse y Puchi-Puchi desaparecido,
¿qué es lo que sucede en este pueblo?!
-Ni
hasta las personas lo saben... -objetó la lulú muy modosita aquel
día- Yo he oído la radio, y luego en las noticias de la televisión
local incluso ha hablado el mismo alcalde, diciendo que encontrarán
al asesino cueste lo que cueste, que ya están movilizadas todas
las fuerzas del orden... Y eso es verdad, porque yo he visto en
dos ocasiones ya, rondar la calle a un par de agentes.
-Como
que va a ser tan fácil dar con ese canalla asesino... -maulló en
son de protesta la gata siamesa cuyos hijitos se encontraban a buen
recaudo encerrados en la casa, dentro de un cuarto de estar, por
su previsora dueña.
-¿Y
cuando lo encuentren, qué? -exigió más que preguntó el pastor alemán.
-Tienen
que castigarlo - dijo Copy muy serio.
-Bien,
eso por un lado, y por el otro, ¿dónde está Puchi-Puchi? -interrogó
Barín preocupado.
Un
aleteo sobre sus cabezas hizo que ellos miraran hacia lo alto.
-Yo
sé donde debió ir, vaya, lo supongo...
Una
urraca, de esas que tanto abundan, se acababa de posar sobre la
rama de un árbol callejero. Y todos a coro gritaron:
-¿Adónde?
-Pues
a buscar al asesino... Puchi-Puchi es muy valiente... -dijo la urraca
un tanto azarada mientras fingía arreglarse las plumas de un ala,
ya que no se le escapaba que ella había sido la inductora de aquella
aventura.
El
gran danés ladró amenazador.
-¿Y
tú como lo sabes eso?
-Sin
querer le dí una pista, tontamente se me escapó.
Copy
entrecerró sus ojos verdosos.
-
“Charlatana urraca -pensó-, más que urraca pareces una cotorra chismosa,
cómo me gustaría atraparte por esas plumas y darte una lección.”
-¿Qué
le dijiste?
-¿Adónde
fue?
-¿Por
qué se le ocurrió esa idea?
-No
entiendo la causa de que prefiriera guardarse tal información.
Esto
último lo dijo Barín muy apesadumbrado, a lo que la lulú repuso
criticona:
-Es
que Puchi-Puchi es muy suyo, siempre va de héroe por la vida.
-¡¡¡Miauuu!!!
Tigre
hizo su aparición estelar saltando de la calle a los jardines en
un brinco prodigioso. Todos se volvieron a mirarle sobresaltados,
y la urraca aprovechó la circunstancia para eclipsarse discretamente,
porque no quería verse metida en más problemas.
-¡Yo
fui el último que vio a Puchi-Puchi!... -anunció.
-¿En
dónde, en dónde le viste?
Tigre
hablaba jadeando por la carrera y por el salto.
-En
la Avenida de los Plátanos.
-¿Tan
lejos?
-¿Y
qué hacía allá, precisamente?
-Investigaba
por su cuenta -me dijo.
-¡Puchi-Puchi
está loco!
-¡Vaya
una ocurrencia!
-¡¡¡Silencio!!!...
Era
el perro lobo el que había proferido la orden en un seco ladrido.
-¡¿Qué
pasa, qué pasa?!... -chillaron algunos muy asustados por el extraño
porte del perro lobo quien, de estar paseando de un lado a otro
se había sentado repentinamente sobre sus cuartos traseros y acababa
de levantar el morro en dirección hacia el cielo, como si olisqueara
algo.
Para
sorpresa de los allí reunidos, Barín, el anciano Barín, que solía
moverse muy poco, se incorporó trabajosamente sentándose igual que
el lobo y levantando también el morro al cielo, y uno tras otro,
el resto de los canes fueron haciendo lo mismo. Perla, Copy, la
siamesa y Tigre los contemplaron unos instantes sin entender nada,
luego comprendieron y mirándose entre ellos esperaron...
Una
nube cubrió el sol. El perro lobo abrió las fauces y su garganta
tembló en lo que iba a ser un largo aullido de duelo, pero Barín,
al ser más lento de reflejos, esbozó el gesto sólo sin llegar a
abrir el hocico... La gata siamesa, Tigre, Copy y Perla contenían
la respiración. Los perros semejaban estatuas inmóviles sobre el
césped de los jardines, daban la sensación de estar esperando algo...
De repente el perro lobo bajó la cabeza dejándose caer, acto seguido,
como un fardo, en el suelo... La tensión desapareció instantáneamente.
Hasta Barín, despacito, empezaba a adoptar una postura más relajada.
La
nube dejó de cubrir la faz del sol y una sombra invisible que los
humanos no ven pero que los animales perciben muy bien, se alejó,
encapuchada y mortal, rumbo a otros lugares.
En
la casa de la dueña de Lindy, campanilleó el teléfono:
-¡Di...
Diga!... ¿Es el veterinario?...
-¡Tranquila,
señora, no sufra por Lindy; se ha salvado, hemos conseguido que
expulsara todo el veneno!... ¡Acaba de reaccionar positivamente!