1.30 de la tarde del día... de Junio de 199...
 

Copyright dibujo: Estrella Cardona GamioEn los jardines comunitarios de la urbanización, la tristeza había extendido un velo difícil de levantar. En una de las casas, al amito de Puchi-Puchi le habían tenido que dar un sedante para que se tranquilizara y durmiese un poco, en otra, la dueña de la pequinesa permanecía frente al teléfono, más blanca que el papel, esperando de un momento al otro que la llamaran para darle una penosa noticia.

En los jardines, los animalitos apenas cuchicheaban entre sí mirándose los unos a los otros de reojo, por fin, un soberbio gran danés que el día anterior no estuvo presente en la reunión porque se lo habían llevado a vacunar, rompió el acongojado silencio con un estrepitoso ladrido que, a los efectos, resonó lo mismo que un bocinazo.

-¡GUUUUUUUAU!... ¡Ya está bien, Lindy a punto de morirse y Puchi-Puchi desaparecido, ¿qué es lo que sucede en este pueblo?!

-Ni hasta las personas lo saben... -objetó la lulú muy modosita aquel día- Yo he oído la radio, y luego en las noticias de la televisión local incluso ha hablado el mismo alcalde, diciendo que encontrarán al asesino cueste lo que cueste, que ya están movilizadas todas las fuerzas del orden... Y eso es verdad, porque yo he visto en dos ocasiones ya, rondar la calle a un par de agentes.

-Como que va a ser tan fácil dar con ese canalla asesino... -maulló en son de protesta la gata siamesa cuyos hijitos se encontraban a buen recaudo encerrados en la casa, dentro de un cuarto de estar, por su previsora dueña.

-¿Y cuando lo encuentren, qué? -exigió más que preguntó el pastor alemán.

-Tienen que castigarlo - dijo Copy muy serio.

-Bien, eso por un lado, y por el otro, ¿dónde está Puchi-Puchi? -interrogó Barín preocupado.

Un aleteo sobre sus cabezas hizo que ellos miraran hacia lo alto.

-Yo sé donde debió ir, vaya, lo supongo...

Una urraca, de esas que tanto abundan, se acababa de posar sobre la rama de un árbol callejero. Y todos a coro gritaron:

-¿Adónde?

-Pues a buscar al asesino... Puchi-Puchi es muy valiente... -dijo la urraca un tanto azarada mientras fingía arreglarse las plumas de un ala, ya que no se le escapaba que ella había sido la inductora de aquella aventura.

El gran danés ladró amenazador.

-¿Y tú como lo sabes eso?

-Sin querer le dí una pista, tontamente se me escapó.

Copy entrecerró sus ojos verdosos.

- “Charlatana urraca -pensó-, más que urraca pareces una cotorra chismosa, cómo me gustaría atraparte por esas plumas y darte una lección.”

-¿Qué le dijiste?

-¿Adónde fue?

-¿Por qué se le ocurrió esa idea?

-No entiendo la causa de que prefiriera guardarse tal información.

Esto último lo dijo Barín muy apesadumbrado, a lo que la lulú repuso criticona:

-Es que Puchi-Puchi es muy suyo, siempre va de héroe por la vida.

-¡¡¡Miauuu!!!

Tigre hizo su aparición estelar saltando de la calle a los jardines en un brinco prodigioso. Todos se volvieron a mirarle sobresaltados, y la urraca aprovechó la circunstancia para eclipsarse discretamente, porque no quería verse metida en más problemas.

-¡Yo fui el último que vio a Puchi-Puchi!... -anunció.

-¿En dónde, en dónde le viste?

Tigre hablaba jadeando por la carrera y por el salto.

-En la Avenida de los Plátanos.

-¿Tan lejos?

-¿Y qué hacía allá, precisamente?

-Investigaba por su cuenta  -me dijo.

-¡Puchi-Puchi está loco!

-¡Vaya una ocurrencia!

-¡¡¡Silencio!!!...

Era el perro lobo el que había proferido la orden en un seco ladrido.

-¡¿Qué pasa, qué pasa?!... -chillaron algunos muy asustados por el extraño porte del perro lobo quien, de estar paseando de un lado a otro se había sentado repentinamente sobre sus cuartos traseros y acababa de levantar el morro en dirección hacia el cielo, como si olisqueara algo.

Para sorpresa de los allí reunidos, Barín, el anciano Barín, que solía moverse muy poco, se incorporó trabajosamente sentándose igual que el lobo y levantando también el morro al cielo, y uno tras otro, el resto de los canes fueron haciendo lo mismo. Perla, Copy, la siamesa y Tigre los contemplaron unos instantes sin entender nada, luego comprendieron y mirándose entre ellos esperaron...

Una nube cubrió el sol. El perro lobo abrió las fauces y su garganta tembló en lo que iba a ser un largo aullido de duelo, pero Barín, al ser más lento de reflejos, esbozó el gesto sólo sin llegar a abrir el hocico... La gata siamesa, Tigre, Copy y Perla contenían la respiración. Los perros semejaban estatuas inmóviles sobre el césped de los jardines, daban la sensación de estar esperando algo... De repente el perro lobo bajó la cabeza dejándose caer, acto seguido, como un fardo, en el suelo... La tensión desapareció instantáneamente. Hasta Barín, despacito, empezaba a adoptar una postura más relajada.

La nube dejó de cubrir la faz del sol y una sombra invisible que los humanos no ven pero que los animales perciben muy bien, se alejó, encapuchada y mortal, rumbo a otros lugares.

En la casa de la dueña de Lindy, campanilleó el teléfono:

-¡Di... Diga!... ¿Es el veterinario?...

-¡Tranquila, señora, no sufra por Lindy; se ha salvado, hemos conseguido que expulsara todo el veneno!... ¡Acaba de reaccionar positivamente!

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Continuará...

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