12.30 de la noche del día... de Junio de 199...
 

Copyright dibujo: Estrella Cardona GamioDespués de haber cenado, Puchi-Puchi se retiró a su cestito en donde dormitó mientras sus amos veían la televisión, y luego, cuando ya la casa había apagado sus luces y todos descansaban, el imprudente perrito se lanzó al jardín y más tarde, en rápida carrerilla, procedió a saltar la verja de obra que lo separaba de la calle.

Nunca había salido solo al exterior y menos de noche, pero su audacia le dotaba de una seguridad en sí mismo que otros perros más grandes y temibles hubieran querido poseer, porque ya sabemos aquello de que las apariencias engañan a veces.

Puchi-Puchi trotó, diligente como una sombrita, por aceras y calzadas. Como a esas horas poco tránsito había, ni corrió riesgos de ser atropellado, ni nadie, que conociera a sus amos, le vio, y así, con toda impunidad, Puchi-Puchi llegó a la segunda esquina de la calle, en cuya parte trasera estaba el callejón siniestro en donde el pobre Malas Pulgas había tenido la desgracia de tragar el cebo envenenado.

-¡Recontrarrequetemiau!... ¿Puchi-Puchi, ¿qué haces aquí?!...

Puchi-Puchi sobresaltado pegó un bote. Todo menos aquello: Tigre en carne y hueso, rabo y bigotes, que pareció emerger de la nada entre un banco público y un panzudo buzón amarillo.

-¡Vaya susto me has pegado, Tigre, de poco se me para el corazón!

Tigre no hizo caso de la protesta y le dijo severamente a Puchi-Puchi:

-¿Se puede saber qué haces a estas horas por aquí?... ¡Vaya unos andurriales adecuados para un yorkshire como tú, y sobre todo de noche, con la de bicho malo que anda suelto tocada la 1 de la madrugada!

Puchi-Puchi decidió mentir a medias.

-He salido a dar un paseo, hace una hermosa luna llena.

A lo que Tigre replicó con sorna:

-También podías ver la luna desde tú jardín.

-No es lo mismo.

-Desde luego que no... Venga, Puchi-Puchi, dejémonos de cuentos y dime la verdad, ¿estás haciendo de investigador privado?

Tigre era muy listo y no se le podía engañar con facilidad. Puchi-Puchi torció el morrito.

-Algo así, pero no del todo, pienso que es hora de obras y no de palabras y quería efectuar una ronda de inspección. ¿Sabes?, si no nos espabilamos acabaremos todos patas arriba.

-En eso no te falta razón, mira...

-¡Claro que no me falta razón, se muy bien lo que me digo!

-De acuerdo, ¿qué te parece si investigamos juntos?

Iban de pillo a pillo y ambos lo sabían.

Puchi-Puchi pareció considerar la cuestión, fingiendo descaradamente.

-Vale, por mi no hay inconveniente, tú vete por ese lado que yo me iré por el otro.

Desde los tiempos del lobo de Caperucita que la treta era muy vieja; Tigre sonrió astutamente, Puchi-Puchi no se la iba a dar con queso.

-Bien está eso de dividirnos, pero será mejor que tú vayas por este lado y no yo, que es camino cómodo para tus patitas, mientras que el que has elegido, más accidentado, yo lo puedo recorrer saltando y trepando, que para eso soy un gato.

Así que se dividieron y Puchi-Puchi marchó en la dirección que él quería y el bueno de Tigre, quien imaginaba haberle devuelto la jugada a su amiguito, se encontró yendo por el camino erróneo en tanto Puchi-Puchi, desaparecido detrás de la llave de una fuente de riego, se escurría poco después por entre el arriate de flores que formaba una islita en el centro de confluencia de cuatro calles que alumbraba intermitentemente un semáforo. La más estrecha conducía al callejón que Puchi-Puchi buscaba y Puchi-Puchi trotó en esa dirección alegremente.

El callejón era en verdad siniestro. En él se hacinaban los desperdicios y a no dudarlo, las temibles ratas, pensó Puchi-Puchi con disgusto, pero valiente como era, continuó adelante hasta darse cuenta que en aquel lugar reinaba un silencio anormal, pues ni se oían ni se veían a las ratas ni a cualquier otro bicharraco repulsivo, y entonces, escondido detrás de una bolsa de churros vacía y arrugada, Puchi-Puchi pudo advertir el motivo de tanta quietud: allí había un ser humano, una silueta negra y redonda, agachada en cuclillas, que ponía algo sobre el sucio suelo.

Puchi-Puchi alargó el cuello con curiosidad y la luna, que empezaba a asomar por el borde de un edificio, iluminó de repente lo que aquel individuo estaba haciendo, COLOCABA EN EL EMPEDRADO DEL CALLEJÓN UN APETITOSO TROZO DE MORCILLA en tanto por lo bajo se reía con malevolencia. El hombre se incorporó y Puchi-Puchi fue retrocediendo con sigilo hasta que dio un traspiés y se cayó de espaldas, al revolverse para salir, su hociquito quedó a ras de tierra y ante él vio un par de monstruosas botas a las que seguían los bajos de unos imponentes pantalones, sobre los cuales había una cazadora y arriba de todo una cabeza que cubría algo parecido a un pasamontañas.

-¡Ajá!... -retumbó sobre la diminuta cabecita de Puchi-Puchi lo que a él le pareció ser un vozarrón de gigante- ¡Mira lo que tenemos aquí, a un precioso perrito de raza yorkshire... A buen seguro que estás hambriento, chiquitín, que, ¿no te apetece comer un poco de esta sabrosa morcilla?... ¡Venga, no seas tímido!

Lo último que vio Puchi-Puchi, fue una manaza enorme en la que cinco dedos se movían como tentáculos en dirección suya...

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____Continuará...

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