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de la tarde del día... de Julio de 199... |
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Cuando Lindy apareció en el parque
casi hubo una ovación perruna, al estilo de los canes, por supuesto.
Unos menearon la cola, otros ladraron amistosamente, mientras los
propietarios de los respectivos comentaban con la de Lindy lo bien
que se la veía y lo pizpireta que estaba, aunque un poco más delgada.
Lindy a su vez departía, como buenamente le dejaba el bozal, con
sus amistades. -¡Hola Lindy! -¿Qué tal Lindy? -¡Estás magnífica, Lindy! -¡Lo que es a ti te prueban los envenenamientos,
Lindy! -¿Oye, qué es lo que comiste? -Un... tro... zo... de... em... pa...
re... dado... Muy... ri... co,... de... sal... chi... chón... Y...
aquí... mis... mo,... en... el... par... que... Luego la charla se generalizó entre
los animalitos, como entre las personas también suele hacerse. Hubo
algunos chismorreos y algún que otro cotilleo inocente. -Me ha llegado el rumor de que van
a poner una guardería-canguro en el pueblo. Si, el dueño de Nopy,
ese señor que tiene la tienda de ropa infantil en la calle que hace
subida, va a cambiar de negocio... Puede ser una solución para muchos
de nosotros cuando nuestros amos se van de viaje... El dueño de
Nopy es un buen hombre. -¿Sabéis lo que anda diciendo el
rotweiler de la última casa de la urbanización, la que hace esquina?,
pues ni más ni menos que él ya había empezado a realizar averiguaciones
referentes al caso del envenenador y que si no es porque aparece
Puchi-Puchi, seguro que él atrapa al asesino. -Ese es un mentiroso fanfarrón, sus
amos siempre lo tienen atado. -Pues en la casa donde vive el galgo
ruso... -¿Aquel presumido antipático? -No es antipático, es tímido, yo
le conozco y es muy agradable, si sus amos no le sacan de paseo
por el parque, él pobre no tiene la culpa. -Y hablando de rusos, en la casa
de mi vecino el basset tricolor, acaban de traer a una pareja de
gatos azules rusos, que son de lo más aristocrático que podáis imaginar... -¡Eh, mirad, ahí está Puchi-Puchi! Y ahí estaba en efecto, pero en los
amorosos brazos de su amito, un niño de siete años al que acompañaba
su madre. Para Puchi-Puchi, igualmente era
el primer día que retornaba al Parque Central después de su gran
aventura y estaba muy contento por ello. Meneó su pequeñísimo rabito
y ladró su saludo acostumbrado: -¡Guuuau, guuuau, grrr, si, aquí
estoy, amigos, ¿cómo va todo?! Su amito lo dejó en el suelo pero
controlándolo con la correa. Como Puchi-Puchi era un perrito muy
querido por todos, pronto le rodearon el resto de sus congéneres,
aquellos que por ser grandes y fuertes, sus amos dejaban en cierta
libertad de movimientos, aunque no por eso descuidaban de vigilar,
así que Puchi-Puchi parecía un enanito entre gigantes. Lindy empezó a dar tirones de su
correa para acercarse a Puchi-Puchi con la intención de saludarlo.
Su ama rió divertida. -¡Mira a Lindy, se ve que quiere
felicitar a Puchi-Puchi, y ya son dos que salieron con bien en aquellas
fechas! -¡Hola Lindy!... ¿Cómo
te encuentras?... Me alegro de verte. -Muy... bi... en... Pe... ro... ten...
go... ga... nas... de... me... ren... da... r... ya... Tell, un gran setter, amonestó a
la caprichosa y tragoncilla perrita: -Lindy, Lindy, no pienses siempre
en comer... No te iría nada mal un poco de régimen en
lo sucesivo... Debes cuidar tu salud. -¡Tú... no... me... qui... e....
res....! -¡Claro que te quiero, pero...! Puchi-Puchi se acercó confidencialmente
a un sabueso, viejo conocido. -¿Te pasaron mi encargo, Míster? El sabueso carraspeó bajito, con
aire de espía internacional. -Si, amigo, todo controlado, por
más que hasta el momento nada. Lindy estaba discutiendo con el bonachón
de Tell. -¡No... es... to... y... gor... da...
y... ten... go... a... pe...
ti... to... pa... ra... que... lo.. se... pas!...
¡Hum,... que... bu... e... no,... hu... e...lo... a... em...
pa... re... da... do... de... sal... chi... chón... mmm!... -Tú deliras.-dijo Tell con paciencia. Puchi-Puchi se rió. -¡Esta Lindy! Pero de repente las orejitas se le
movieron en busca de un sonido que le resultaba familiar y alzando
su naricilla venteó ansiosamente. -¿Qué sucede Puchi-Puchi?... -le
preguntó el sabueso con interés. Puchi-Puchi casi se atraganta por
la excitación. -¡Es él, está aquí en el parque!...
¡Está fumando, tose!... -¿Quién? -¡El ladrón, el asesino!... -¿Dónde, dónde? -¡Chicos -ladró agudamente Puchi-Puchi-.
el envenenador está entre nosotros! Y entonces tuvo lugar el espectáculo
más sorprendente que jamás se haya visto en el Parque Central. Como
si les hubieran dado una orden súbita, todos los perros empezaron
a ladrar desaforadamente y los que estaban sujetos por la correa
dieron tales estirones que sus dueños se vieron en la imposibilidad
de retenerlos y acabaron soltándoles, mientras que los que no la
llevaban, corrieron a unirse en torno al diminuto yorkshire, quien
a su vez, dio un violento tirón y escapó de su amito entre los gritos
alarmados de éste que se juntaron a los del resto de los propietarios. -¡Puchi-Puchi, no te escapes! -¡Tell, ven aquí! -¡Boby, pero ¿qué haces?! -¡Miska! -¡Leal! -¡Odín! -¡Laky! -¡Míster! -¡Lulú, ven aquí inmediatamente!...
(La lulú se llamaba así mismo). -¡Lindy, Lindy!... Puchi-Puchi iba corriendo en cabeza
de la tropa perruna con el sabueso pisándole los talones, y Lindy,
que finalmente se había soltado, galopaba la última entre golosa
y asustada. -¿Qué les pasa a estos animales,
es que se han vuelto locos de golpe? Lo que vino después nadie lo entendió
de momento, sólo vieron como los perros, sus perros
tan cariñosos, obedientes, respetuosos y buenos perros, corrían
como un huracán por el parque y se precipitaban de improviso en
tromba sobre un rubicundo señor que estaba fumando mientras leía
pacíficamente el periódico sentado en un banco. El señor se fue al suelo y con él
el periódico, el cigarro y una bolsa de plástico en la que parecía
llevar su merienda, ya que un apetitoso emparedado de salchichón,
salió disparado de su interior al caer en confuso montón hombre
diario y bolsa. El gran danés apuntaló las patas
sobre el pecho del individuo que empezó a toser, Tell se puso a
gruñir amenazadoramente sobre su cara, el huskie, el perro lobo,
el fox terrier, la lulú, en fin, todos los perros que se hallaban
en el parque en esos momentos, rodearon y aprisionaron entre sus
patas al caído. Puchi-Puchi trepó diligente sobre aquel desconocido
y a nivel de su cuello ladró de forma tan ruidosa que no podía por
menos que llamar la atención de cualquiera. El sabueso exclamó, olfateando el
bajo de los pantalones con aire de experto: -¡Es el envenenador! Y Lindy, que apoyaba melancólicamente
el bozal sobre el emparedado, dijo de una sentada: -Huele lo mismo que el que me comí,
lo mismo, lo mismo... (Lo cual demuestra que el bozal no
le impedía hablar bien). Tigre brotó de entre las ramas de
un árbol, y con Tigre empezaron a surgir gatos callejeros de todas
partes que saltaban elásticamente de los árboles para ir a caer
encima y alrededor del cuerpo del derribado. -¡Enhorabuena, Puchi-Puchi, lo cazaste! Apareció un agente municipal y las
dueñas de los animales, muy azaradas, corrieron hacia él. -¡Señor agente, señor agente!...
¡Ese pobre hombre!... ¡Los perros y esos horribles gatos vagabundos!... -¡Huuum, ¿a ver, qué sucede aquí?!...
¡Venga chuchos, mininos, fuera! Pero, ¡quiá!, ni perros ni gatos
abandonaban su presa. El agente braceó enérgicamente y, desde el
suelo, el caído chilló: -¡¡Sáqueme a estas fieras de encima,
rápido!! Puchi-Puchi dio una orden y el perrerío
y los gatos le obedecieron en le acto quedando sólo él sobre el
pecho del vencido. El individuo intentó incorporarse
y Puchi-Puchi le gruñó ferozmente. -¡Por el amor de Dios, hombre, ¿es
qué no ve que están rabiosos?, y éste más que ninguno! Puchi-Puchi saltó ágilmente yendo
a colocarse a la vanguardia de todos los canes que gruñían sordamente
enseñando los colmillos, mientras los gatos, para no ser menos,
arqueado el lomo y la cola erizada, lanzaban escalofriantes maullidos...
¡Era de impresión! -¡Se han vuelto locos, se han vuelto
locos!... -gimieron las dueñas de algunos perros, consternadas ante
una situación que se les escapaba de las manos. El hombre se levantó del suelo limpiándose
a manotones el polvo. Estaba rojo de ira. -¡Esto no quedará así, voy a poner
una denuncia judicial, aunque tenga que llegar a las más altas esferas...
Voy a escribir cartas a todos los periódicos protestando... Soy
un honrado ciudadano que no merece este atropello, tengo mis derechos,...
pero no así estas malas bestias!... ¡Perritos y gatitos!... ¡Id
malcriándolos y veréis, se os comerán crudos!... ¡Estos animales
son peligrosos, ¿qué digo peligrosos?, peligrosísimos! ¡Deberían
matarlos a todos, malditos chuchos, gatos endemoniados, alborotan,
empuercan las calles y luego muerden cuando menos te lo esperas,
son salvajes, desconsiderados!... ¡A la perrera con todos ellos
y que el diablo se los lleve!... El hombre tosía a intervalos y como
parecía que se ahogaba por la indignación, el agente le palmeó la
espalda instintivamente. -Perdone, señor, pero... -¡Lindy, deja eso, que es la merienda
de ese señor! El agente se inclinó a recoger el
emparedado. -Lo siento mucho, esto ha quedado
incomible. Pero no llegó a tocarlo. Puchi-Puchi
se había acercado a oler el emparedado. Lo husmeó exageradamente
y luego, alzando su cabecita emitió un corto pero significativo
aullido, entonces, y de una forma muy teatral, se acercó el perro
lobo y levantando a su vez el hocico, aulló larga y profundamente,
de una manera que helaba la sangre en las venas, y el resto de los
perros, como si de una señal convenida se tratara, le imitó, menos
Lindy que fue a refugiarse bajo las faldas de su ama temblando de
miedo. Todos parecían haber quedado hipnotizados
contemplando lo insólito de la escena. Lentamente, el agente de
policía concluyó el gesto que había iniciado unos momentos antes,
volvióse a inclinar y recogiendo por fin el emparedado lo estudió
con el ceño fruncido, luego a los perros y por último clavó los
ojos en la supuesta víctima quien ya no daba la impresión de estar
tan colérica y si un mucho desencajada y comenzaba a palidecer. -¿De verdad, -dijo el agente pronunciando
con mucha suavidad las palabras- de verdad pensaba usted comerse
este bocadillo?... El otro agachó la cabeza, y entonces
y sólo entonces, comprendieron los presentes que era lo que estaba
sucediendo allí. |