8.30 de la tarde del día...del mes de Junio de 199...
 

Copyright dibujo: Estrella Cardona GamioÉrase una vez un pueblo, un pueblo modernizado que tenía polideportivo, piscinas públicas, biblioteca municipal y un gran teatro auditórium. En ese pueblo el casco antiguo se apiñaba alrededor de una antiquísima iglesia de estilos combinados entre románico y gótico cuya historia podía leerse en cualquier guía turística, lo cual significa que contaba con un bien ganado renombre. Alejado del casco antiguo, el pueblo había crecido, primero convertido en casitas residenciales, muy espaciadas las unas de las otras, hasta que se puso de moda la fiebre de construir urbanizaciones y entonces fue igual que un globo que se inflara desmesuradamente.

Nuestro cuento comienza -y no sé hasta que punto se le podría denominar cuento-, cierta plácida tarde hacia finales de la primavera, en la que encontramos reunidos, aunque más o menos dispersos por la amplia franja de los jardines comunitarios de una de esas urbanizaciones a las que acabamos de aludir, a una docena de perros con pedigrí y a varios gatos de igualmente seleccionado linaje. Lo curioso del caso es que quién les dirigía la palabra en esos momentos, bueno, el maullido, no era ni can ni felino de aristocráticos antepasados, sino todo lo contrario puesto que se trataba de un vulgar gato atigrado, callejero, que parecía ser la esencia misma de la libertad y el vagabundeo. Estaba sentado sobre sus cuartos traseros encima de la corta tapia de obra, pintada de blanco, que cercaba, fingiendo proteger, los jardines de aquel bloque de elegantes residencias, y hablaba muy agitado, cosa impropia en un gato, ya que por regla general éstos no suelen perder la calma ni en los momentos más críticos y lo que resultaba aún sorprendente en grado superlativo era que tan distinguida audiencia le prestase una absoluta atención.

-¡Compañeros -peroraba en plan mitin, el gato callejero-, es terrible, espantoso, con éste ya son tres perros y cinco gatos los que han sido envenenados sin misericordia!... Como yo me escurro por todas partes, siempre me entero de montones de cosas y así he podido tener acceso a la información, por eso llevo un par de días recorriendo el pueblo para dar la voz de alarma.

Una preciosa gata de angora que descansaba sobre los cojines de una hamaca de esas de jardín, tres plazas y con toldo, arremangó la naricita manifestando disgusto.

-No sé a que viene tanto jaleo... Después de todo, esos que tú dices que han sido envenenados, si eran perros debían ir sin  bozal y si eran gatos... Pues, perdona, Tigre, pero serían gatos sin casa ni posición social adecuadas, de lo contrario no hubiesen comido lo primero que les caía delante, entonces, que quieres que te diga, si lo analizamos fríamente, no es que se lo tuvieran merecido pero casi.

Los grandes ojos amarillos de Tigre echaron chispas.

-Oye Perla, encanto, si lo que pretendes insinuar es que los que han sido envenenados es porque eran unos muertos de hambre, te equivocas, no eran vagabundos, de haberlo sido nadie les hubiese echado en falta ni a nadie ocurrido la idea de mandar que les hicieran la autopsia, ¿te enteras?... Y te diré algo más, guapísima, la comida envenenada la tiraron, desde la calle, en unos jardincillos y en otros casos, fue en el Parque Central, en donde iban con sus amos a pasear.

-Los gatos somos muy independientes-rebatió Perla con suficiencia-, alguno comería esa porquería yendo por ahí.

Tigre se puso de pie sobre el borde de la tapia.

-Te voy a decir quienes la comieron, fueron cinco gatitos de un mes y medio, hijos de una amiga mía, y te puedo asegurar que ellos no se movían del jardín de casa de sus amos.

Se hizo un silencio impresionante, y una gata siamesa que se hallaba perezosamente tendida sobre el fresco césped en tanto su camada de cinco semanas jugaba con ella trepándole entre maulliditos y chilliditos, se levantó de un salto cubriendo rápidamente con su cuerpo a la traviesa prole.

-¡Es verdaderamente horrible!... -exclamó- ¡Habría que hacer algo!

-¡Guau, guau!... -ladró Boby, un hermoso ejemplar de pastor alemán- ¡Sí, hay que hacer algo, porque el día menos pensado pueden tirarnos la comida emponzoñada aquí dentro!

-¿Y tú te la ibas a comer Boby?... -bufó Perla desdeñosa- La verdad, no creo que tengas tanta gana, y yo menos.

Cierto huskie que parecía dormitar junto a la piscina mientras se resguardaba del sol debajo de una sombrilla de lona, levantó airado el morro ladrando impaciente y muy alto:

-¡Os aseguro que si yo pesco a algún intruso en plan envenenador, se va acordar el resto de su vida y lo que es ganas no van a quedarle de repetirlo!

Entonces sí que se armó algarabía. Los otros perros, para no ser menos que el huskie, comenzaron a ladrar fanfarronamente asegurando de forma truculenta lo que harían y desharían si ellos atrapaban al criminal. Tanto estruendo se organizó que las ventanas de varios chalets se abrieron y sus dueños o el servicio, regañaron a los animales.

-¡Silencio, Trumpy!

-¡Boby, calla!

-¡Odín, no ladres!

-¡Haz el favor de callarte, Laky!

-¡No alborotes, Miska!

-¡Otra vez ese maldito gato callejero, siempre que aparece los revoluciona y los altera! ¡Los perros deberían echarle!

Tigre arqueó el lomo, indiferente a los comentarios.

-Bueno, chicos, me voy, que no se diga que no os avisé... Recordarlo, un mata perros y gatos anda suelto por ahí, ya estáis advertidos...

Y con un ágil salto desapareció al otro lado de la valla dejando a sus oyentes muy cariacontecidos, porque no es lo mismo el que te cuenten una historia de miedo a que tú puedas ser el protagonista de esa misma historia. Una blanquísima perrita lulú, rompió por fin el silencio en el que habían caído luego que Tigre hubo hecho mutis.

-Este asunto me da repeluzno-dijo nerviosa-, aunque es de esperar que capturen al criminal antes de que pueda hacer más daño.

Estaba entre ellos un venerable collie, callado durante toda la escena anterior, quien por fin se decidió a tomar la palabra. Era muy viejecito el pobre y permanecía echado a la sombra de un árbol, así es que habló en esta postura, con el largo hocico apoyado sobre sus patas delanteras.

-Resultará difícil... El que sea es muy astuto y odia a los animales. No será fácil apresarle...

La lulú chilló histérica, pero como todos conocían sus arranques desmadrados nadie se dejó contagiar.

-¿Y qué va a ser de nosotros?... ¡Nos matará, nos matará, nos matará!...

El collie frunció ligeramente el ceño al oírla.

-No veo la manera si sólo comes lo que te den tus amos.

-¡Ay, señor Barín-gimoteó la lulú -,cómo se ve que a su edad poco importa ya todo!

A Barín le hizo gracia la salida, pero no sucedió lo mismo con un hirsuto perro lobo que paseaba arriba y abajo muy inquieto y quien, plantándose delante de la lulú le ladró enfadado:

-¡Guau, guau!... Eres un bicho egoísta y maleducado... El señor Barín habla con razón, si uno no olisquea y come lo que no debe, nada le puede pasar... ¿Es que eres tonta o qué?

Ella se puso a ladrar igual que una ametralladora y no sabemos como hubiese acabado la cosa de no aparecer de improviso, filtrándose por entre el follaje de los árboles, un lucido y elástico gato rubio, quien con un par de brincos se situó en medio de los contertulios. Contrariamente a su modo de ser, también parecía conmocionado.

-¿Ya lo sabéis?... -inquirió y sin esperar respuesta, agregó- Me he tropezado con Tigre, pero lo que él ignoraba aún se lo he dicho yo... Han aparecido muertos dos perros más, envenenados... Uno era callejero, Malas Pulgas se llamaba y siempre andaba metido entre las bolsas de basura y los containers... El otro era Black, el dogo de la dueña de la floristería de la que son clientes mis amos.

A la lulú le dio una pataleta, la mamá gata impartió órdenes severas a sus hijitos para que la siguieran al interior de la casa, mientras el muñecote de peluche que era Perla, abría y cerraba los ojazos varias veces, muy espantada.

El huskie se levantó de un salto y aulló lúgubremente en dirección a las nubes, y el perro lobo, para no ser menos, exclamó furioso:

-¡Estricnina, seguro que es estricnina!... A mis parientes lobos, los tramperos los exterminaban poniéndoles cebos con estricnina!... ¡Odio a los envenenadores!

Barín alzó con lentitud la cabeza.

-Copy -al gato rubio-, es menester que nos organicemos... Debe cundir la alarma entre todos nuestros congéneres, que nadie ignore lo que  sucede porque aún pueden caer muchos inocentes.

El huskie alborotó:

-¡Seamos nosotros quienes demos caza a ese desalmado!

Pero Copy, muy práctico, llamó al orden.

-¿Cómo?... Nosotros somos animales, él una persona, y además, una persona entre muchas... ¿Vamos a tener que vigilarlas a todas?

-Si es necesario... -replicó el huskie orgullosamente.

Barín intervino pacificador.

-Ambos tenéis razón y sin embargo, algo se puede hacer.

-¿Cómo, cómo? -interrumpió la chillona lulú.

El señor Barín se acomodó buscando una mejor postura para sus cansados huesos.

-Nosotros no vamos a buscar por la calle, lo cual, por otra parte sería una locura, pero Tigre y sus amigos sí... No obstante, hay que proceder con método e inteligencia. Los aquí presentes, trabajaremos en casa escuchando los comentarios de nuestros amos, de sus amigos, espiando discretamente a los que vienen de las tiendas a traer el pedido, al chico de los periódicos, en fin, que podemos llevar a cabo una tarea muy importante de investigación, esto, unido a las gestiones de Tigre y los de fuera, tal vez nos coloque en buena pista.

-¿Y luego qué? -quiso saber el huskie con impertinencia.

Copy le miró fijamente,

-Luego conseguiremos que el malvado se delate.

La lulú volvió a ladrar como una ametralladora,

-¡Nunca lo conseguiremos, nunca lo conseguiremos, nunca, nunca, nunca!

Pero ninguno de los allí reunidos le hizo caso.

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_Continuará...

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