3.LAS HADAS DEL BOSQUE (1)

Aunque no habían transcurrido muchos meses desde mis peripecias en el mundo del cuadro, debo reconocer que me encontraba bastante desentrenado y a los pocos aleteos empecé a jadear. La culpa la tenía la buena vida y por consiguiente unos cuantos gramos de más –o es que quizás ya no era tan joven- el caso s que, no sé si debido a todo eso, me parece que cometí un fallo en el que repararía mucho más tarde.

Creo que conté los 40 aleteos, ya no estoy muy seguro, pero lo cierto es que siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Lilí, no llegué a un pino muy alto sino a un bosque entero de pinos muy altos y constituyó un verdadero galimatías decidir cuál podía ser el que los sobrepasara a todos. Supongo que debí equivocarme, porque si bien desde mi atalaya oteaba unos campos, a la luz de la luna no me parecieron demasiado cuidados que digamos porque daban la impresión del más completo abandono, y la casucha que se erguía en medio de ellos, por no tener hasta carecía del aspecto de granja, eso sin hablar ya de que daba muestras de no haber estado habitada en muchos años.

Su tejado ruinoso se hundía por el centro y más semejaba guarida de murciélagos y lechuzas que otra cosa.

-¡Guayses –me dije-, empezamos bien!

La luz de la luna proyectaba extrañas sombras y a lo lejos escuchábase el ulular de los búhos, auténticos ahora y no flores-doncella encantadas como Farfor. Se me erizaron las plumas. En la excitación del rescate me había olvidado de que la noche en el bosque está poblada de mil peligros para un indefenso periquito como yo, por muy azul, del amor, y australiano que sea; mi entusiasmo inicial se enfrió considerablemente. En el mundo real los periquitos somos periquitos y no caballeros andantes de brillante armadura. Otra vez la había pifiado.

No obstante, fuerza era que cumpliese con mi deber, ya que por el me encontraba metido en aquella disparatada situación, así que planeé sobre la ruinosa casucha y escondiéndome detrás de unas tejas arrancadas por el viento y caídas al suelo, empecé a susurrar con un hilo de voz, porque no me atrevía a gritar demasiado fuerte:

-Negri... Negri...

¡Quiá!, ni Negri ni nadie... En esa casa no había ser vivo alguno que pudiera serme amistoso. Oí gorjear a unas ratas –por extraño que pueda resultar, las ratas emiten un curioso sonido musical cuando hablan-, y por más que no sea un experto políglota, llegué a entender muy bien lo que decían:

-¿Has visto esa cosa con plumas que anda por el suelo?

-No parece un pájaro que se haya caído del nido.

-Ni tampoco un ave normal del bosque.

-Debe ser un bicho casero que se habrá escapado de la jaula.

-Sí, un panoli... Mejor, tiene que estar asustado y aturdido, será presa fácil.

-¡Vamos a por él, compañeras!

¡Alas para que os quiero, lo que me faltaba escuchar!... No sólo allí no estaba Negri, sino que aquello nunca había sido una granja, y, encima, sus moradores habituales se revelaban dispuestos a acabar conmigo... Decir que salí zumbando es muy vulgar pero refleja el momento, y además salí zumbando como una flecha, ¡que se fuese a hacer gárgaras la prudencia!; entre ratas, búhos y lechuzas prefería habérmelas con los plumíferos ya que al menos eran de mi familia y podíamos estar, casi, en igualdad de condiciones –la verdad es que era un pobre consuelo al no disponer de otro mejor-.

Salí volando en dirección a la luna, como si ella pudiera salvarme de todo mal y sin reparar en que yo ofrecía un blanco perfecto. Sin embargo, algún ángel bondadoso se hallaría velando por mí, ya que tuve la inmensa suerte de no ser atacado.

Empecé a tranquilizarme; si en lo tocante a mi integridad personal se me estaba pasando el miedo, por lo que respecta a sentirme enfurecido por el chasco que acababa de vivir, eso era otra cosa... Ni granja, ni Negri, ni estrella, ¿en dónde narices andaba yo extraviado?

-Buenas noches.

Se me heló la sangre en as venas y creí que me iba a dar un infarto. Sobre la faz de la luna, una siniestra sombra recortó su espantable silueta muy cinematográfica e inconfundible ella... ¡Caspita, el mismísimo Conde Drácula en persona venía hacia mí!

-Buenas noches –repitió muy fino.

-Bu... bu... bue... nas...  no... ches, señor conde –repuse con un hilo de voz.

(Mi amplia cultura televisiva me había enseñado que Drácula era muy educado con sus presuntas víctimas, un caballero encantador, vaya, y que uno de sus disfraces emblemáticos era el ir de murciélago por ahí cuando salía de ronda).

-¿Señor conde?... Oye, ¿tú estás de guasa?

-Pe... Pero, señor Conde Drácula... ¿O es usted Batman?

El otro soltó un bufido.

-¡Acabáramos!... Ni que conde drácula ni que Batman, ni... Me parece que has visto muchas películas, amiguito... Escucha, ignorantuelo, yo sólo soy un honrado murciélago que marcha sus asuntos por la noche dado que es mi jornada laboral, así que de conde y de lo otro nanay del Paraguay... ¡Lo que es en este mundo, has de ir de cosa estrambótica para que te consideren, caramba!

Yo estaba asombradísimo.

-¿No eres ningún vampiro? –exclamé sin poder creerlo.

-¡Y dale!... ¡Claro que no, tontaina!... Lo que verdaderamente soy es un murciélago común, emparentado, por más señas, con los ratones... No le chupo la sangre a nadie, limitándome a comer mosquitos y, en algunos casos a polinizar flores nocturnas, y ya estoy hasta la coronilla de la mala prensa que tenemos por culpa de la superstición humana... o de su fantasía, qué no sé que es peor... Los murciélagos somos muy útiles y debían declararnos funcionarios de utilidad pública otorgándosenos protección internacional.

Abrumado, me excuse humildemente:

-Usted perdone, señor... señor Murciélago.

-Me llamo Golfi.

-Señor Golfi.

-Golfi para los amigos, y puedes tutearme otra vez –me interrumpió el murciélago más dulcificado.

-Gracias... Bueno, pues Golfi, yo me llamo Petrusky y soy un periquito...

-Sí, sí, ya ve que eres un pájaro diurno, ¿y ahora me quieres decir que haces tú de noche y por el bosque?

Muy apurado respondí:

-Verás, me he perdido... Voy buscando a ... ¿Conoces a un gato que se llama Negri?, creo que vive en una granja de por aquí cerca.

Golfi movió la cabeza negativamente.

-Lamento no serte de gran ayuda, no conozco a ningún gato, en cuanto a granjas no he visto ninguna en varias leguas a la redonda, y eso que estos lugares forman parte de mi itinerario nocturno.

-Entonces estoy irremisiblemente extraviado –gemí con desolación-, he perdido el caminos y no se dónde se halla.

Golfi se apiadó de mí.

-Bueno, alguna ayuda puedo ofrecerte. Yo sé en el lugar que estoy, tú no, pero si quieres ir en dirección concreta, ¿por qué no les preguntas a las hadas?

¡Caray, que murciélago más raro, se relacionaba con las hadas!

-¿Las hadas?

-Sí, desciende al bosque, allí en dónde veas un claro bañado por la luz de la luna, y las encontrarás; suelen salir a bailar en el plenilunio.

Miré con aprensión la superficie apretada que componían las copas de los árboles, yo no vislumbraba ningún claro y si todo bastante tenebroso.

-Oye, abusando de tu generosidad, ¿te importaría guiarme u  poquito?, la verdad es que no me gustaría equivocarme otra vez.

-Desde luego, con mucho gusto.

El murciélago fue muy amable y se convirtió en mi compañero de viaje durante un trecho, hasta dejarme sobrevolando encima de cierto calvero natural bañado por la luna, sí, mas vacío de hadas danzarinas.

(Esto, por otra parte, era comprensible, ¡buenas ganas iban a tener las pobres para bailes!)

Otra vez me quedé solo, y sin saber muy bien lo que tenía que hacer, me posé sobre las hierbas húmedas por el rocío de la ya incipiente madrugada.

Me sentía tan triste y tan confuso que, lanzando una melancólica mirada en dirección a la luna, dije en voz alta:

-¡Falena, Falena, cómo me gustaría que estuvieses aquí!

Inesperadamente, una vocecita aguda resonó detrás de mí.

-¿Conoces a Falena?

(Tener buenos contactos siempre ha sido muy útil).

Me volví.

 

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