2. EL BÚHO ENCANTADO (2)

-¿Hiciste todo eso? –inquirí deslumbrado.

 -Sí, ¿podía hacer algo mejor?, y además te diré que ha sucedido esta noche; hay luna llena, como puedes apreciar.

 -¿Acabas de ver a... a...?

 -Sí, en efecto, he visto a las hadas, acabo de estar con ellas, y...

 Interrumpí muy excitado:

 -¡Yo conozco a un hada!... Oye, ¿por qué no te han desencantado?

 -Muy sencillo, porque he llegado tarde, como ya te dije antes.

 -No entiendo.

 -Sí, mira, hace unos días, a la Reina de las Hadas le robaron la estrella de su varita de virtudes.

 Ante la revelación me quedé mudo de golpe.

 -No se sabe quién fue a ciencia cierta, aunque se rumorea que no ha sido un ladronzuelo normal sino alguien verdaderamente importante y que sabe lo que se hace.

 A mí me salió un hilo de voz, de repente me había quedado helado de terror y eso que la noche era cálida.

 -¿Glagól?

 -Eso pensamos todas, y si no es Glagól, pues algún esbirro suyo; los tiene a cientos y de diversas formas... Unas hadas dicen que hace poco vieron merodear por la colina a una urraca demasiado grande para lo acostumbrado, otras afirman que les han informado de que por esos contornos ronda un gato extraño...

 -¿Un gato extraño?

 -Sí, una especie como de lince, o algo que lo recuerda, ha sido visto por ahí paseándose por la colina, o al menos se paseaba hasta no hace mucho.

 -¿Y tú crees que el lince o la urraca... ?

 -Lo ignoro, pero las hadas aseguran, que son las dos únicas presencias no controladas que se han detectado últimamente...

 El cerebro me iba a toda pastilla... La estrella que encontró Negri en el nido de una urraca... El lince que encontró Negri en el bosque... Ahora estaba clarísimo que la estrella no pertenecía al cielo sino a las hadas y las hadas sufrían por su desaparición, y Lilí tenía escondida esa estrella mágica y no le daba la gana devolverla.

 Me sentí muy importante, como si de mí dependiera la salvación del mundo, pero al mismo tiempo obré con cautela, no quería organizar la fiesta sin motivos.

 -Oye, tratándose de las hadas, ¿por qué no pueden saber quién les robó la estrella y dónde se encuentra ahora?

 El búho pareció irritarse ligeramente.

 -¿No te he dicho ya que Glagól debe de estar metido por en medio? Su magia es muy poderosa, esa es la barrera contra la que chocan las Hadas, de lo contrario ya habrían recobrado la estrella de la varita real.

 Me quedé meditabundo. Si yo echaba las campanas al vuelo y le revelaba a Farfor lo que sabía, ¿iba a solucionar la cuestión, o, por el contrario la empeoraría? El problema estribaba en que el mago Glagól debía de estar controlando en todo momento al desdichado búho por medio de espejos mágicos, esferas de cristal o ingenios semejantes, y así, si yo me iba  de la lengua, Glagól obraría en consecuencia y antes de que pudiéramos restituir la estrella el brujo se nos habría adelantado... ¡Rabícuencanos!, ¿qué podíamos hacer?

 -Que pena –dije con sentimiento-, tu problema es de los más difíciles.

 -Por eso te decía antes –gimió el búho-, que he llegado demasiado tarde y que cómo no suceda un milagro me voy a quedar eternamente con este melancólico aspecto ¿Tú no habrás visto ninguna estrella perdida estos días, verdad? Me refiero a que cualquiera la llevase en el pico o en la boca.

 Decidí mentir para hacerle un favor.

 -Una cosa de esa índole no pasa desapercibida.

 -Es lo que yo pienso –repuso el búho muy mustio.

 -Pero si viese algo...

 Los ojazos de Farfor se iluminaron.

 -¿Me avisarías?

 -¡Naturalmente! ¿Cómo puedo localizarte?

 -Bastará con que grites mi nombre tres veces dirigiéndote a cada uno de los cuatro puntos cardinales y el Viento me hará llegar tu aviso.

 -¿Conoces al Viento?

 -Claro, todas las aves le conocemos bien.

 -Es amiguete mío, dale recuerdos de Petrusky cuando le encuentres y dile que algún día me gustaría que viniese a verme. Estoy hablando del Gran Viento, ¿eh?

 -Sí, sí, ya lo haré, descuida... Ahora tengo que irme.

 -¿A seguir la búsqueda?

 -A hacer lo que se pueda, que tal vez no sea mucho... Oye –me dijo cuando ya se disponía a reemprender el vuelo-, cuéntaselo a los pájaros diurnos, quizás alguno haya podido ver algo, y si no es mucho pedir, recurre también a las ardillas, igual han visto cualquier cosa extraña que les haya llamado la atención.

 -No te preocupes, todos estaremos ojo avizor, adiós.

 -Adiós Petrusky.

 La luna comenzaba a declinar y el búho se perdió en la noche como una sombra más.

 Cuando estuve seguro de que se había alejado lo suficiente como para no poderme oír, empecé a llamar muy quedito a Lilí. Bien que ésta dormía allá en dónde su capricho le dictaba, solía hacerlo a menudo en el piso de arriba metida dentro de la cama de la Niña, y yo no ignoraba que ella tenía el oído lo suficientemente fino como para sentirme si la llamaba. Lo que no dejaba de sorprenderme es que en todo mi diálogo con la flor-doncella-búho Farfor, por más que habíamos hablado muy bajito, Lilí no hubiese hecho acto de presencia, igual se pensaba que yo hablaba en sueños.

 -Lilí, Lilí, Lilí... Lilí, haz el favor de venir...

 Nada, silencio.

 Bueno, recordé que, estando enfadados, Lilí podía ser algo rencorosilla en ocasiones.

 -Lilí, Lilí, Lilí...

 Un ligero ¡plop!, en el dormitorio de la Niña, me hizo comprender que Lilí me había escuchado, o, en todo caso, que se había despertado y que iba a beber o a comer algo como solía hacer a media noche. Esperé impaciente para comprobar hacia adónde se dirigían sus pasitos, y... ¡Eureka!, se aproximaban al mirador.

 La vi aparecer somnolienta en el umbral de la puerta.

 -¿Se puede saber que tripa se te ha roto para que alborotes tanto? ¿Qué es lo que pasa?

 -¿He armado mucho jaleo?

 -El suficiente –rezongó Lilí malhumorada-; casi has despertado a la Niña.

-Supongo que será importante lo que me tienes que contar, porque sino...

Cita el refrán cómo la curiosidad fue la perdición del gato, y ciertamente de no ser por este denominador común de la especie felina, la verdad es que Lilí ni tan siquiera se dignase a romper su enfadado aislamiento.

-¡Ay, Lilí, si yo fuera periodista te diría que estaba en posesión de la noticia del siglo, y si tú fueses el director de un periódico, te aseguro que me comprarías la exclusiva!

Lilí se mosqueó.

-¡Déjate estar de comparaciones idiotas –chilló casi-, y dime que pasa!

Yo me esponjé lleno de orgullo.

-Ocurre que ya sé de quién es la estrella.

-¡Vaya, ¿y por eso me despiertas de madrugada? Me lo podías haber dicho mañana!

-¡Es que es urgente, Lilí, muy urgente, de no ser así no te habría llamado!

Lilí se sentó enfurruñada.

-Sea lo que sea, no la voy a soltar.

-¡Huy, claro que sí, en cuanto sepas de lo que se trata?

-Me importa un pimiento.

-¿Lilí, por favor, no seas tan terca! Escucha.

Y apresuradamente, a trompicones, le conté toda la historia. Lilí, que había empezado a escucharme haciendo hociquitos, fue cambiando gradualmente la expresión de su cara a medida que el relato avanzaba; al final estaba maravillada y con gesto de asombro.

-¡Es emocionante –exclamó-, la estrella de una varita mágica!

Yo repliqué ahogándome de excitación:

-¡Y no de una varita cualquiera, ni más ni menos que la de la Reina de las Hadas, fíjate si es importante... Comprenderás por qué tienes que devolverla; están en juego las fuerzas positivas del Mundo Mágico y la salvación d Farfor!

Lilí empezó a lamerse un hombro.

-Bien mirado –dijo después de un instante-, ¿qué más le da a Farfor seguir siendo búho si antes que nada fue un montón de flores del prado?

-¡Lilí, caramba, no seas tan cazurra!... Farfor quiere ser otra vez una chica, es lo que desea porque... Bueno, porque se ha enamorado de alguien a quien vio una vez en un sueño...

-¡Vaya una tontería! –interrumpió desdeñosamente Lilí.

-... y también está por medio la Reina de las Hadas, es “su” varita, ¿lo has olvidado?

Lilí gimoteó:

-Pero a mí me gusta esa estrella.

-NO ES TUYA –amonesté virtuosamente-. Métetelo en la cabeza de una vez por todas... Además –la desesperación me sugirió una idea-, si la devuelves, la Reina de las Hadas te estará tan agradecida que te concederá tres deseos, que es lo que hacen siempre cuando alguien se porta bien con ellas.

Lilí se animó considerablemente.

-¿Tres deseos, estás seguro?

Me entró el pánico, ¿quién era yo para hacer promesas temerarias?

-Bueno, casi seguro, las hadas son muy generosas. Por otra parte, siendo casi colegas...

-¿Colegas?

Yo quise actuar en clave de humor.

-O casi... ¿No eres tú una brujilla poderosa?

Lilí me miró de mala manera.

-Nunca afirmé que lo fuera... Una vez te dije que podía ser un hada.

-Sí, ya me acuerdo, y yo contesté que un hada peluda o algo así y tú te enfadaste... Pero si eres un hada eres el Hada Despiste, ¡porque mira que no reconocer la estrella de una varita!

Lilí se ofendió un montón.

-Como soy muy educada, me callo lo que pienso y que te podría contestar si quisiera.

-Mejor, mejor así abreviaremos, y, al grano, ¿aceptas devolver esa varita, ¡ay, perdón!, quise decir esa estrella?... Es que ya no sé ni lo que me digo.

Lilí pareció reflexionar.

 

Inicio