Como iba diciendo, la llegada de la noche trajo
una hermosa luna llena, y yo, insomne, pasé largo rato contemplándola,
al menos constituía un bonito espectáculo, mientras canturreaba para
mi buche las notas de, ¡cómo no!, un nocturno de Chopín. En esas estaba
cuando súbitamente, una blanda sombra surcó la faz de la luna. No
cabía duda, se trataba de un ave nocturna, y a mí las aves nocturnas,
siempre rapaces, nunca me han gustado. De todas formas no hice mucho
caso. Viviendo en el bosque sabía que las noches se ven concurridas
con esta clase de apariciones y yo no debía temerlas refugiado dentro
de mi pajarera y a buen recaudo bajo el techo de la casa de mis benefactores,
sin embargo, cierto repeluzno si que me invadía cada vez que atisbaba
u oía a alguna, y a ésta la olvidé rápidamente inmerso en mis negros
pensamientos, ya que todo aquel asunto de la estrella para mí encerraba
algo no tan sencillo como a primera vista daba la impresión de ser,
y un sexto sentido, que pocas veces me fallaba, me estaba advirtiendo
como ese asunto tan tontito podía convertirse en algo muy serio que
podría traerle malas consecuencias a Lilí, y esto me desasosegaba
mucho, porque, debo reconocerlo muy a mi pesar, había terminado cogiéndole
cariño pese ha haber sido una bestezuela de lo más gamberro en sus
tiempos infantiles.
-Hola.
Me volví en dirección de la voz desconocida
que acababa de sonar en el alfeizar de la ventana del mirador.
Delante de mí un pequeño búho –pequeño para
las personas, enorme para mí-, me estaba contemplando con sus inmensos
ojos redondos de mirada imperturbable. Su voz era susurrante y adormecedora.
A mí las plumas se me pusieron de punta y me encogí instintivamente
acurrucándome sobre el palito en donde me sentaba.
-Ho... Hola.
El búho suspiró.
-No tengas miedo, no te voy a hacer ningún daño... Me estás viendo
en plan de búho, pero en realidad no lo soy.
Mucho más aliviado pregunté:
-¿Y quién eres en realidad?
-Es una larga historia y bastante increíble en todas sus facetas...
¿Dispones de tiempo para escuchar su relato?
-Claro que sí, además, esta noche no tengo sueño.
El búho voló suavemente colocándose sobre el
respaldo de un sillón de mimbre y así, cerca de mí, al otro lado de
la pajarera.
-Me llamo Farfor y soy una doncella encantada.
-¡Toma ya!
-¿Cómo dices?
-Nada, nada, ha sido la sorpresa, no creía que en este mundo real
esas cosas sucedieran.
El búho hizo un gesto de extrañeza y mira que
es difícil que los búhos sean expresivos.
-La verdad, no es tan raro, hay mucha más magia de la que te puedas
imaginar, solo que no se va pregonando por ahí. En fin, prosigo...
Tienes que saber que hace mucho, mucho, mucho tiempo, un mago, al
que le daremos el nombre de Glagól por no pronunciar el suyo auténtico,
tenía un sobrino al que amaba tiernamente, pero el muchacho no era
afortunado con las jóvenes y padecía mal de amores no correspondidos,
entonces, compadecido, su tío decidió darle una compañera y yendo
al prado en el mes de mayo, recogió todas las flores mas hermosas
que pudo encontrar y formulando un conjuro sobre el ramo las convirtió
en una doncella bonita como la misma primavera...
-¿Tú? –interrumpí incrédulo.
-Sí yo, yo misma... Pero recuerda que ahora me ves bajo mi condición
de búho.
-¿Y por qué?
-¿Por qué soy ahora así? Verás, una vez transformada en muchacha,
el mago Glagól me tomó de la mano y me llevó a su astillo para que
conociera al que me había sido destinado como esposo y a mí, en un
principio me agradó ya que era apuesto, mas luego, al irle tratando
comprobé cuan soberbio, despótico y egoísta era, además, le gustaba
ir de caza y mataba a muchos inocentes animalitos...
-¡Y le diste calabazas!
-¿Calabazas?
El búho, antes de ser muchacha, había sido
un campo de flores y lógicamente no entendía mi forma de hablar.
-Quiero decir que le rechazaste.
-No exactamente todavía. Lo cierto es que me faltaba valor; Glagól
es un mago terrible y muy poderoso y yo soy tan poca cosa, ¿cómo iba
a desafiarle?
-¿Lo hiciste? –quise saber con interés.
El búho volvió a suspirar y luego parpadeó
algo azarado.
-Una noche soñé... Soñé que conocía a alguien... Era un muchacho
amable y gentil, rubio, de ojos azules, quien me dijo que huyera porque
al final nos encontraríamos y seríamos felices por siempre jamás.
-¿Y tú le hiciste caso? –pregunté muy sorprendido.
-¡Claro que sí!... Sus palabras me dieron el valor suficiente para
huir y cierta noche de luna llena, una muy parecida a ésta, abandoné
el castillo del pérfido mago, embozada en una capa gris con capucha.
Pero como era una hija del prado y no tenía ninguna casa adonde refugiarme,
anduve errabunda hasta que finalmente Glagól me encontró y dispuso
que mi castigo fuese el que ves: marcharía por siempre convertida
en búho hasta que hallara la manera de romper el hechizo.
-¿Te insinuó alguna fórmula?
-Ninguna.
-¿Entonces?
-Me dijo únicamente, que un día encontraría la solución a mi problema
y que sólo así se rompería el encantamiento.
-Pero eso no resuelve nada.
-¿Qué quieres?, en magia las cosas funcionan de esa manera, las
claves siempre se encuentran por pura casualidad.
-¿Y tú la encontraste?
-Por raro que te parezca sí... Claro que ha transcurrido mucho
tiempo, ya te lo he dicho antes.
Yo la miré perplejo.
-¿Encontraste el remedio y sigues así?
El búho hizo un gesto de desaliento.
-Lo encontré, aunque demasiado tarde.
-¿Qué sucedió?
-Tuve un sueño –parece que Farfor todo lo resolvía por este procedimiento-,
y en el sueño vi una estrella, era una estrella maravillosa que titilaba
alegremente para mí, pero no era una estrella del cielo ya que brillaba
al extremo de una varita de plata muy especial que en su empuñadura
ostentaba una corona lo mismo que si se tratase de un cetro... Entonces
comprendí, sólo podría desencantarme la varita mágica de un hada,
mas no la de un hada común, sino la de la Reina de las Hadas.
-¿Así de sencillo?
-No tan sencillo, amiguito, no tan sencillo; tenía que encontrar
el Reino de las Hadas primero y eso no está al alcance de cualquiera
por muy buena voluntad que ponga en el empeño. Pregunté pues, a las
aves nocturnas, mis obligados congéneres, y ellas no sabían nada,
interrogué a los árboles que murmuraron palabras ininteligibles y
finalmente, al prado, que era lo que debía de haber hecho desde un
principio, y las flores, mis hermanas, hundiendo sus raicillas en
la profundidad de la tierra, me dijeron:
-"El Reino de las Hadas se esconde en grutas maravillosas,
cuyo acceso sólo te pueden franquear las prímulas... haz un ramo de
estas flores cuando haya luna llena, busca un sendero que flanqueen
espinos y éste, invariablemente, te llevará a una colina, da nueve
vueltas en torno de ella, y, finalmente, allí en dónde te detengas,
golpea con el ramo de prímulas, y en ese mismo instante y hora, se
abrirá una puerta, entra por ella sin temor pues estarás a punto de
trasponer el umbral del Reino de las Hadas."