1. NEGRI (4)

-Una estrella... ¿Lo ves, desconfiado?

 Brillaba de una forma maravillosa, tenía cinco puntas.

 Pasmadísimo no atiné a decir nada. Nunca había visto una cosa tan bonita.

 Lilí maulló triunfal:

 -¡Vaya, por una vez en tu vida no sabes que contestar!... Creías que te engañaba y ya puedes verla con tus propios ojos.

 -¿De dónde has sacado eso?

 Ella empezó a secarse el pelaje a lametones.

 -Yo no he sacado nada, ni siquiera la encontré, fue Negri, y después de una de las primeras tormentas, la descubrió metida en el nido de una urraca. Ya sabes que a las urracas les gusta robar las cosas que brillan.

 -¿Me quieres decir que la urraca subió al cielo y ha robado una estrella? –pregunté sin atreverme a creerlo.

 -Puede ser, yo no estaba allí para verlo, el caso es que Negri dio con la estrella en su nido y se la llevó, ya sabes, quien roba a un ladrón...

¿Recuerdas aquel día en que vino a buscarme? Bueno, pues fuimos a su granja, estaba que rabiaba de ganas de enseñarme su hallazgo. La tenía escondida dentro de una lata vacía de refresco que ocultaba en el hueco de un árbol y como a mí me gustó mucho, me la regaló, por eso la trajimos aquí y la sepultamos bajo tierra en el túnel vacío de un topillo.

 -Sí, yo vi que empujabais algo brillante.

 -Era muy divertido, la empujas y flota, como todas las estrellas, pero ahora no podía permitir que se mojara, igual se apaga, no sé, no tengo la menor idea de que clase de cuidados requiere una estrella.

 Yo contemplaba hipnotizado aquella aparente estrella.

 -Debe de ser la contaminación –farfullé-. Seguro que es eso lo que las desprende del cielo.

 Lilí estaba retorcida lamiéndose la base del lomo.

 -Tal vez-dijo distraída-, tal vez sea la contaminación, como tú apuntas.

 -¿Qué opina Negri? –me costó decirlo, pero soy demasiado curioso.

 Lilí abandonó su toillette.

 -Él cree que la urraca la robó, pero también puede ser como tú dices.

 No quise herir susceptibilidades.

 -Sí, claro, aunque lo mismo podría ser, por ejemplo, que esos cohetes que mandan al espacio haya tropezado con alguna y la haya desprendido.

 -No sé. El caso es que aquí está y es mía.

 Yo me sentí moralista.

 -Lilí, eso no es lo correcto. La estrella no es tuya, si se ha caído del cielo hay que devolvérsela. Las estrellas son patrimonio de la Humanidad y nadie debe querer apropiárselas, no es honesto.

 -¡Pero, es mi estrella –maulló Lilí enfurruñándose-, es mi estrella y Negri me la ha regalado!

 -No, no es “tu” estrella. Las estrellas nos pertenecen a todos por igual. Tienes que devolverla, es tu obligación.

 -Si la devuelvo, Negri se enfadará. Sería despreciarle el regalo –expuso ella con carita de inocencia ultrajada.

 -No, si se lo haces comprender. La gente no pede ir por la vida apropiándose indebidamente de lo que no le pertenece.

 Lilí repuso combativa:

 -¡Estaba en el nido de la urraca!

 -Eso no es excusa. Tampoco le pertenecía a ella. No es que censure a Negri por quitársela, pero debe rematar la buena obra entregándosela al Viento para que la coloque sobre nuestras cabezas.

 -¡No quiero, no me da la gana!... ¡Es mía, me gusta, es muy linda, es la cosa más linda que he tenido en mi vida, y... y es una prenda de amistad. Negri no pensaba regalársela a nadie, pero tuvo se detalle conmigo!

 -Ya la sabe larga Negri.

 -¿Qué quieres decir? –preguntó Lilí ingenuamente.

 -Yo me entiendo.

 -Sí, serás tú solo. A veces me parece que hablas en chino.

 -Eso tu Negri.

 Lilí se enfadó.

 -¡No es “mi” Negri!... Y, y tampoco habla en chino.

 -Bueno, no nos desviemos del tema... Esa estrella tiene que volver al cielo, que es su lugar, no es un cebollino para que lo trasplanten.

 A Lilí le dio una pataleta y se puso a arañar furiosamente una alfombrilla de esparto que permanecía colocada frente a mi pajarera.

 -¡Vaya, como en los viejos tiempos! La “señorita Lilí” –dije remedando a Negri-, cabalga de nuevo. ¿Qué piensa destrozar después?

 Lilí soltó un bufido y dando un brinco acrobático hundióse en las profundidades de la casa, para regresar al instante con aire de desafío y recoger del suelo la rutilante estrella que se llevó a empujones de nariz como si hiciera equilibrios con un globito.

 (Mucho más tarde me enteraría de que lo había ocultado debajo de la colchoneta de su cestita).

 

 En cuanto Negri vino a hacernos la visita de rigor, que fue al día siguiente, Lilí se lo llevó aparte, detrás de un arríate de flores del jardín y les oí primero hablar y más tarde discutir acaloradamente, luego silencio y acto seguido, los dos entraron en el mirador.

 Lilí iba echando chispas.

 -¡Me acabo de enfadar con Negri por tu culpa –me chilló-, a ver como lo arreglas ahora!

 Negri, muy calmoso él, intervino:

 -He sido informado, señor Petrusky, de que usted no está de acuerdo con que Lilí --¡vaya, por primera vez no se dirigía a ella en tercera persona!-, se quede con mi obsequio.

 Intenté armarme de paciencia, lo cual, con aquel par, era ejercicio repetido.

 -No se trata de tu regalo, se trata de una estrella y las estrellas deben estar en el cielo y no en la Tierra. Vais a provocar un caos universal con este caprichito que os ha entrado... Esto me recuerda aquella aventura que viví en Torreón y lo que al respecto me explicó el señor Cigüeña...

 Lilí interrumpió desdeñosa:

 -Ya está el abuelo contando sus batallitas.

 En tono mesurado la amonestó Negri:

 -Por favor, el señor Petrusky es un gran viajero y sus experiencias son dignas de ser tomadas en cuenta.

 Yo empezaba a enfurecerme, no olvidemos que los periquitos somos muy irritables.

 -¡Pues si mis experiencias son dignas de ser tenidas en cuenta, hacedme caso y devolved la estrella, pareja de cabezotas!

 Lilí no paraba quieta dando vueltas por el mirador, en tanto Negri, continuaba sentadito, muy tranquilo y al parecer pensativo. Así estuvimos por espacio de unos instantes.

 -Señor Petrusky –dijo Negri tras meditarlo-, ¿y si nos equivocamos con lo de la devolución?... Si la estrella se ha caído es porque estaba madura, como las frutas, entonces...

 -... entonces no es de nadie ¿No es ahí donde quieres ir a parar?... Pues te equivocas, las estrellas no son manzanas ni peras, ni nada parecido, ¡conque menos cuento ni tonterías y a devolverla!... El por qué se haya caído no nos ha de quitar el sueño, pero nuestro deber es colocarla en su lugar.

 Sorprendentemente desde que nos tratábamos, Negri insinuó cierta leve ironía en sus palabras.

 -Señor Petrusky, ¿por qué no se va usted volando al firmamento y la coloca en el sitio que supone le pertenece?

 Le contesté con retintín:

 -Primera, porque no vuelo tan alto y segunda, que ya no estoy para estos trotes.

 Negri adoptó un tono melifluo.

 -Usted no es viejo, señor Petrusky, está en la flor de la vida.

 -No, ciertamente, pero tampoco soy tonto.

 Negri miró abstraído las baldosas. Se levantó arqueando el lomo y estirando las patitas delanteras con mucha elegancia.

 -¿Me permite que reflexione detenidamente acerca de todo esto?

 Respiré hondo, ¡qué remedio!

 -Haz lo que se te antoje, pero devolved esa estrella.

 -Usted lo pase bien, señor Petrusky, buenos días.

 -Buenos, buenos –rezongué.

 Negri abandonó el mirador escoltado por una contrariada Lilí.

 Continuará...

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