15. FALENITA


No, la historia aún no se ha acabado, aunque lo que resta por decir ya es muy breve.

Cuando se fueron los periodistas, Papá, Mamá y la Niña, me devolvieron, con todos os honores, a mi antiguo lugar del mirador. Y aquella noche, antes de dormir, vimos por televisión el reportaje de lo sucedió por la tarde, y, cosa curiosa, lo encontramos muy divertido, supongo que ya se nos habían pasado los nervios.

Esa noche también había luna llena, y yo, aunque por otros motivos, estaba insomne meditando sobre mis aventuras y se me antojaba mentira que semejantes lances hubiera llegado a vivirlos con tanta desenvoltura, pero, sí, no habían sido un sueño sino una realidad, fantástica pero cierta. En fin, todo concluye en esta vida y hasta el más audaz aventurero tiene derecho a retirarse a una existencia apacible.

-¡Miii!...

Maulló quedamente una cautelosa bolita de pelo negro, a los pies de mi jaula. Contemplé sorprendido a Pici, pues de él se trataba.

-¡Oye, ¿crees tú que estas son horas para que un gatito esté danzando por ahí?, anda que si se enteran tus papás!

Pici no me hizo mucho caso, lógico, y procedió a descerrajar la puertecilla de mi pajarera.

-¡Chico, ¿qué haces?!

Pici se dejó caer en el suelo del mirador y desde allí me sacó la lengua.

-¡Hábrase visto mal educado!

-Petrusky...

Una voz que hacía mucho tiempo no escuchaba, resonó contenida en su estruendo, justo detrás de mí y al volverme descubrí a un viejo y queridísimo amigo, al Viento, que asomaba su cara mofletuda y risueña por la entreabierta ventana.

-¡Viento!

-¡Chissssste!... Calla, Petrusky, y no alborotes; todos duermen ya, he venido a verte porque traigo algo para ti.

Dulcemente el Viento alargó su mano, soplaba una leve brisa otoñal, y me mostró lo que en su interior contenía, o sea una brillante esfera, una burbuja, y dentro de ella, dormida, la imagen más linda que imaginarse pueda.

-¡Falenita!

-Claro, muchacho, “tu” Falenita.

Sentí que me ruborizaba debajo de mis plumas.

-Pero... pero eso no esta bien, es como un secuestro, ¿qué diré cuando despierte?

El Viento sonrió bonachonamente.

-Compruébalo tu mismo.

Y en así diciendo, de un soplo, rompió la burbuja. Falenita se despertó y lo cierto es que no dio muestras de sorprenderse mucho ante el nuevo escenario que la rodeaba.

-Buenas noches –dije yo sin saber que más añadir.

Falenita parpadeó.

-Hola, Petrusky.

(Tenía una vocecita encantadora).

-Qué, ¿ha... haciendo turismo? –balbucee atolondradamente.

-Petrusky –me amonestó el Viento.

Y Falenita:

-Me gusta tu casa.

-Pues me alegro mucho.

Nuevamente el Viento:

-Petrusky...

Pensé que debía ser educado.

-¿Quieres entrar?

-¡Oh, sí! –replicó Falenita alegremente.

¡¡¡Y ENTRÓ!!!

Ejém, amigos míos, ahora si que puedo aseguraros que este cuento ha llegado a su fin, porque, como los pueblos felices, ya no tiene más historias que contar... ¿o si?


Fin de Los viajes de Petrusky
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