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13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (3) |
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Bueno, a mi regreso, si me había marchado en plan héroe volví en el de súper héroe. Los compañeros no cesaron de cantar mis alabanzas a quien quisiera oírlas, que fueron todos los que se habían quedado, y el venerable Warramenga, en un impresionante acto multitudinario, declaró que mi nombre quedaría por siempre integrado en los anales del pueblo periquito... La verdad, yo estaba que reventaba de felicidad y todo me parecía un sueño, de aquel inexperto Petrusky, al que una traviesilla Lilí había precipitado en el País del Cuadro, hasta el Petrusky trotamundos y curtido aventurero, cuántas cosas habían llegado a suceder sin que casi ni nos diéramos cuenta... Sí, en efecto, todo remedaba un sueño. ¿Qué podía quedarme más por vivir en plan heroico?, pues no lo sabía. -¿Te ha gustado tu patria? –me preguntó Warramenga cuando de nuevo pudimos estar un poco aislados y casi en privado. -Es impresionante –dije con sinceridad-, tan grande, y luego las rocas enormes, como plantadas en medio del desierto... Me siento muy orgulloso de ser australiano. Visiblemente complacido, Warramenga quiso saber: -¿Te gustaría quedarte a vivir aquí? Al oír esto, súbitamente, desperté. Yo estaba en Australia, me sentía a gusto en el solar de mis antepasados, pero... en el otro extremo del planeta, en una pequeña casa en el corazón del bosque, cerca de un pueblo como existen a docenas diseminados por todo el mundo, vivían tres personas a las que yo quería y ellas a mí: Papá, Mamá y la Niña... No, no podía desaparecer así, sin más, ellos lo estarían pasando mal, me echarían de menos, sufrirían por mi ausencia. -Señor Warramenga –dije entonces al patriarca-, me gustaría mucho, pero tengo un hogar que me espera y unos amigos que nada saben de mí y a estas alturas deben de creerme muerto... tengo que volver... Ya es hora de que regrese a casa. Warramenga, apesadumbrado, respondió: -Sea como dices, aunque lo lamento sinceramente... Pero no te olvides de nosotros y, si puedes, regresa algún día... Siempre serás muy bien recibido. Quiero comentar ahora algo, antes de que finalice el capítulo. Entre tantas idas y venidas, visitas, aventuras, etc., etc., ya desde el momento de mi llegada, había creído vislumbrar, bien que de lejos, una especie de sombra fugitiva de color azul, que daba la impresión de espiarme en la distancia, pero cuando el aturdimiento de tanta vorágine empezó a pasárseme, hube de fijar mi atención en la huidiza sombrita y no pude por menos de quedarme atónito ante la imponderable belleza de una periquita azul cobalto como yo. -¿Quién es? –pregunté a Kopek y éste, picaruelo él, me dijo: -Bonita, ¿eh?... Es hija de una pareja cobalto que vino hace muchas lunas aquí... Creo que es la periquita más linda de todo el bosque y aún en muchas millas a la redonda. ¿Quieres que te la presente? Me entró una timidez inexplicable. -No, no, gracias. -¿Por qué no? -No sabría que decirle. Kopek parecía sombrado. -Dile hola. -No, no. Kopek se encogió de alas. -Como te apetezca, pero tu excusa se me antoja una tontería. No quise alargar por más tiempo el momento de la despedida, siempre penoso, y con un emocionado: “¡hasta la vista!”, -Da svidania, dijo Kopek-, batí alas alejándome, pero en el último minuto no pude resistirme y volví la vista hacia atrás: la población periquita en pleno me decía adiós y en una rama alta, sola, la bella azul cobalto contemplaba con infinita tristeza mi marcha... ¡Qué hermosa era, tanto como el hada Falena, claro que en periquito, y entonces, en ese momento preciso, decidí que llamaría por siempre Falenita a la encantadora desconocida! Mas no podía seguir mirando hacia atrás, de lo contrario hubiera podido darme un trompazo con algo que me saliese al paso inopinadamente, así es que miré hacia delante con determinación. ¡Los héroes somos así!
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