13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (2)


Warramenga se puso serio.

-No seais descorteses, Petrusky viene de muy lejos y tal vez se encuentre cansado y no tenga muchos deseos de relatar sus aventuras. Quizás tenga hambre y quiera comer primero o beber.

-No, muchas gracias –repuse eufórico-, ni estoy cansado ni tengo ahora mismo ese tipo de necesidades y muy gustosamente os contaré mis aventuras.

¡Era emocionante, tanta audiencia para mí sólo, ni que estuviese dando una rueda de prensa!

Empecé a hablar y se hizo el milagro de que la grey periquil enmudeciera y únicamente se escuchase mi vos en el bosquecillo de los eucaliptos.

Tanto y tanto hablé que descendió la noche sin que nadie se diera cuenta y yo seguía narrando mis aventuras. Por fin concluí, cuando las estrellas comenzaban a palidecer, pero nadie daba muestras de fatiga ni de sueño. Todos, pendientes de mi relato, a su término, me contemplaron con un respeto y una admiración, que, francamente, me llenó más de merecida satisfacción, que no de hueca vanidad.

Warramenga me dijo con voz tomada por la emoción:

-Hoy es un gran día para la historia periquita; hemos tenido el honor de conocer a un héroe de leyenda...

(¡Cielos, cómo me hubiese gustado que Lilí hubiera escuchado aquello!)

-¡Oh, no, no soy ningún héroe, las circunstancias de la vida, nada mas!...

Pero me interrumpió un cálido aplauso de homenaje.

Kopek tomó a palabra.

-De aquí a poco comenzará el alba y nuestro huésped debe de estar muy agotado, propongo una cena ligera para que reponga fuerzas, y todos comamos también algo, y bebamos, y luego podríamos retirarnos a descansar, si os parece bien.

Se aceptó la propuesta e hicimos lo que entre los humanos suele denominarse “una cena fría”.

(Por cierto, exquisita,; sólo entonces me di cuenta de que estaba sin probar bocado desde hacía muchas horas).

Antes de que escondiera la cabeza bajo el ala, Kopek, acurrucado a mi lado, me guiñó un ojo a punto de hacer lo mismo que yo, susurrándome somnoliento:

-Mañana te enseñaremos los alrededores, y quizás un poco más si no te importa volar. Supongo que te gustará ver algunos canguros, y, sobre todo a un ornitorrinco.

-¿Un ornitorrinco?

Me dormí.

A la mañana siguiente, toda una guardia de honor, Kopek incluido, me escoltó por aquellas tierras lo mismo que se hace con los personajes ilustres cuando éstos van de visita a otros países.

En las cercanías –ver canguros y ser presentado a un ornitorrinco solitario y cascarrabias que no dio señales de quedar muy impresionado ante mi pregonada fama-,el venerable patriarca Warramenga nos acompañó, pero cuando los más jóvenes propusieron llevarme en gira turística por el interior, Warramenga se excusó asegurando que la edad, así como sus muchas responsabilidades periquitas, le impedían unirse a nosotros, razonamiento que comprendí a la perfección-

Pero no fueron ni cinco, ni seis, ni veinte los periquitos que decidieron acompañarme en el viaje –un vuelo de nada, afirmaban ellos-, sino muchísimos.

Variopintos y alegres, recordaban una ruidosa nube que no obedeciera al viento, y Kopek a mi lado, muy orgulloso,, pues se había arrogado a sí mismo el título de guía oficial, lo cual, lo capté rápidamente, pareció desatar algunas pequeñas envidias.

Volamos sin pausas bajo un sol de justicia, por aquella parte del planeta la capa de ozono está hecha un trapo agujereado, y yo veía desfilar debajo de mí extensiones enormes de terreno desértico y reservas forestales muy bien cuidadas, ¡ojo, que Australia no es sólo desiertos sin más!; tenéis que saber, ciudades aparte, que este novísimo continente posee amplias zonas forestales, parques o reservas protegidas en las que abundan los árboles, lagos, cascadas... Sí, yo también lo ignoraba hasta que lo comprobé en aquel vuelo, que, para que lo sepáis, duró varios días y en el cual viví unas cuantas aventuras que si no os relato es porque nada tienen que ver con el asunto de la estrella perdida, doncellas encantadas y ladinas princesas Amarilis, pero que algún día, si me encuentro con el humor apropiado, y si vosotros deseáis seguir escuchándome, tal vez me decida a narraros ya que estuvieron de los más guay.

Mis nuevos amiguetes no querían que me perdiese nada de nada y entre idas y venidas, me llevaron a visitar, entre otros lugares maravillosos, el imponente  macizo de Ayers Rock, que se me antoja debéis de haber visto en alguna película filmada en Australia. Ayers Rock es una roca inmensa, prácticamente una montaña, cuyo diámetro es de 8 kilómetros, se dice pronto, ¿no?. Los aborígenes la llaman Uluru y para ellos era un monte sagrado, y digo bien “era” porque ya quedan pocos nativos de raza australiana auténtica. Siendo su tonalidad siempre rojiza, cambia con la luz al paso de las horas hasta cobrar un intenso color carmesí en el crepúsculo –yo estuve allí y lo vi-, y cuando llueve –esto no lo vi-, reluce como si la veteasen hilos de plata, según me describieron las parlanchinas huestes periquitas. 

Este lugar, Ayers Rock o Uluru, fue conocido como Tiempo del Sueño o los Sueños, en épocas en las que sólo los indígenas de Australia eran sus amos y señores... ¡Y qué de leyendas curiosas y fantásticas me contaron porfiando entre ellos a ver quien me sorprendía con otra aún más misteriosa y fascinante!; Uluru está lleno de cuevas y cuenta con un manantial mágico –ahora son unas fuentes termales-, del que se dice, que, en tiempos, fue la sangre de un guerrero kunia... Por que hay leyendas que hablan de batallas entre los hombres canguro y los hombres serpiente, en el remoto y casi olvidado Tiempo del Sueño, cuando el lagarto Kandju llegó hasta Uluru en busca del bumerang que había perdido, y, más, más, todavía más, como por ejemplo, que el Tiempo del Sueño es el comienzo de todo, cuando los Dioses y los hombres-animales cantaban creando el Mundo... ¿No es fantástico?... Entonces empecé a comprender la causa de que las hadas, en un detalle muy delicado, me sugiriesen que cantara, ¡lo que ellas no supieran!

Continuará...

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