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13. ATERRIZO EN AUSTRALIA (1) |
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No tardé en avistar tierra firme y la línea era tan extensa que aquello no podía ser precisamente una isla. Por suerte para mí tuve la fortuna de aterrizar en un lugar costero, limpio de trazas urbanas y bastante solitario. Esquivé a cormoranes y gaviotas, demasiado ávidos de comida para ser buenos anfitriones, y me introduje en vuelo alto en el interior del continente australiano. ¿Qué cómo supe que lo era?, lo supe, sencillamente. ¡Petrusky, el periquito trotamundos, acababa de llegar a su hogar ancestral! Me producía una sensación de vértigo surcar por los cielos de mi país y ello no era debido a la altura, sino a la emoción. Cierto que el paisaje recordaba mucho a la isla desértica, hechizada en tiempos por el ex mago Glagól, de ingrata memoria, pero la diferencia estribaba en que esta vida era real y de que de vez en cuando, entre el polvo rojizo y las extensiones vacías, surgía algún bosque de eucaliptos apenas balanceando sus afiladas hojas en la brisa. De improviso, casi me detengo en pleno vuelo, hazaña de por sí difícil, una algarabía muy familiar resonó en mis oídos a través de la distancia y pude advertir como cientos de periquitos parecían jugar al escondite entre las ramas de uno de esos bosquecillos... ¡Periquitos! Pudo más el corazón que el raciocinio y, sin pensarlo dos veces, me escabullí para abajo con la celeridad del rayo. Pronto los eucaliptos vinieron a mi encuentro y con ellos el mundo poblado de sus ramas, ¡y qué gran variedad y esplendor de coetáneos hallé entre su follaje! (Al llegar aquí quiero hacer un comentario que considero importante, es algo similar a lo que algunas veces se coloca a píe de página bajo el epígrafe, “NOTA”; este capítulo podía habérmelo saltado, omitiéndolo lisa y llanamente, y nadie se hubiera percatado, mas si he decidido incluirlo es debido a que lo que en el se relata sirve para comprender hechos posteriores de una gran trascendencia, al menos para mí que soy el prota de la historia). Había montones y montones de periquitos de todos los colores y edades. Amarillos, verdes, malva, blancos, e incluso rosa, aparte de azules, por supuesto, y aunque el periquito autóctono es solamente verde y nada más, se puede deducir que la colonia estaba integrada por muchos tránsfugas de la civilización, periquitos que, como en mi caso, procedían de cruces y experimentos. Muy impresionado, me detuve en el vértice de una rama y contemplé a la alada muchedumbre periquil con el respeto y la emoción que en todo ser bien nacido provoca el encuentro con los miembros de su clan. Ante mi irrupción, por un instante, todos enmudecieron –y ya es portentoso el hecho-, luego la algarabía redobló en intensidad y un periquito de noble porte y añejo color verde, cuyo pico evidenciaba edad y sabiduría, se me acercó en tanto los demás gritaban alborotadamente: -¡Ha llegado un periquito, ha llegado un periquito! Lo cuál no deja de ser un contrasentido ya que allí lo que más abundaba era eso sin lugar a dudas: periquitos. -Buenos días, recién llegado, ¿vienes de muy lejos... Yo soy Warramenga, el patriarca de este enclave, ¿puedo saber tu nombre? Carraspeé pues era la primera vez que me dirigía a alguien que siendo de mi propia especie, fuese un personaje de calidad. -Noble anciano, vengo de muy lejos y me llamo Petrusky... Warramenga el patriarca, giró la cabeza y llamó en voz alta, interrumpiéndome: -¡Kopek! Al instante, un periquito joven, de color verde claro, se aproximó deslizándose por el tronco del eucaliptos. -Señor Warramenga –dijo respetuosamente. -Kopek, tú sabes ruso y el recién llegado se llama Petrusky, será mejor que hagas de traductor. ¡Recórcholis nunca hubiese llegado a imaginar que hablaba tan mal el idioma de mis antepasados! Kopek se encaró conmigo con aire muy satisfecho. -Priviet, mi sobut Kopek, ya studienski ruski. Me quedé viendo visiones, ¿qué me explicaba aquel periquito? -¿Perdón? Kopek, muy ufano, repitió su perorata. Al comprobar mi desconcierto, Warramenga intervino. -¿No entiendes el ruso o es que Kopek no lo habla bien? -¡Es qué yo no soy ruso –protesté-, mi ama me puso ese nombre en recuerdo de un periquito que había tenido cuando era niña! -¡Acabáramos! –exclamó Kopek ligeramente molesto- Yo tampoco soy ruso pero mi amita estaba estudiando este idioma cuando me compró y de tanto escuchar las lecciones de las cassettes, lo aprendí... Soy un periquito políglota... –añadió con orgullo- ¿De dónde vienes? -Vengo del otro lado del mundo y hasta el presente desde que emprendí este viaje, he vivido mil y una aventuras a cuál más increíble. Los periquitos me rodearon bulliciosamente; siempre contribuye a animar las reuniones el viajero trotamundos que mucho ha visto. -¡Cuenta, cuenta! –clamaron todos mientras se arrellanaban cómodamente a mí alrededor.
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