-Negri se ha tenido que ir a la granja porque se le hacía tarde
para su trabajo; me ha rogado que le despidiera de ti y que te dijese
que ha sido un placer conocerte y que en una próxima visita te dedicará
más tiempo, que se ha dado cuenta de que eres un periquito muy inteligente
y de mundo y que espera que en breve pueda tener el honor de llamarse
tu amigo... ¿No te parece que Negri es un primor?
Yo estallé; con alguien tenía que sacar la
rabieta que llevaba dentro.
-Lo que me parece el tal Negri no te lo puedo decir porque soy
demasiado educado.
-¡Bah!, otra vez con tus tonterías y celos absurdos... Lo tuyo
es de psicoanalista, querido Petrusky. Mira, hoy estoy tan contenta
que no me voy a enfadar contigo –y agregó maliciosa-. Después de todo,
gracias a ti, Mamá ha conocido a Negri y le ha caído de perlas y lo
mismo es pasará a papá y a la Niña. Ya verás, como Negri tiene ese
don de gentes tan grande sabe meterse a todos en el bolsillo. Hasta
luego, Petrusky.
Lleno de amargura por mi derrota, no se me
ocurrió otra cosa mejor que gritarle, cuando ella salía del mirador:
-¡Lilí tiene novio, Lilí tiene novio!
(Reconozco que fue una venganza infantil e
idiota).
Lilí se revolvió como si le hubiera picado
un escorpión.
-¡Cállate! ¡Eso es mentira, Negri y yo sólo somos buenos amigos!
-... y residentes en el bosque... ¡Lilí tiene novio, Lilí tiene
novio!
Yo debía armar un jaleo terrible, porque la
voz de mamá sonó desde la cocina:
-¡Calla Petrusky, no alborotes que ahora te llevo tu barrita de
miel!
¡Para barritas de miel estaba un servidor!
Lilí me sacó la lengua.
-Eres el más burro de todos los periquitos... Eres... Eres... Eres
un periburro... ¡Ojalá te fueses a Australia!
Yo chillé retador:
-¡¡Pero no me puedo ir, elius, elius!!
Lilí, que ya se alejaba, giró la cabecita para
mirarme de reojo y anunció sibilinamente:
-Eso nunca se sabe...
Y fue su tono de voz, un tono que yo bien conocía,
el que hizo que me estremeciera de pies a cabeza.
Negri volvió, una y mil veces volvió, como
vuelven las termitas para socavar los cimientos de las casas más sólidas.
Negri era muy educado conmigo y muy amable,
debo admitirlo mal que me pese, pero a mi se me había atravesado y
por más monerías que me hiciera, lo contemplaba torvamente y sin ganas
de contemporizar. Sin embargo, hablaba con él, ¿qué otra alternativa
tenía?, y hasta le llegué a contar, a instancias de Lilí, algunas
de las aventuras que me había tocado vivir en el Mundo del Cuadro.
Negri me escuchaba con mucha atención, que no dejaba, por otra parte,
de resultar gratificante, y un día me llegó a preguntar con solicito
interés, si no me gustaría vivir de nuevo aventuras tan fascinadoras,
no las mismas, claro, sino otras.
-Poder volar visitando países remotos, mundos de fábula –sugirió
Negri con aspecto soñador.
-¿No te chiflaría, Petrusky?
¡Qué manía, se ve que aquel par sólo deseaba
que me largase para dejarles el campo libre!
-¡Nooo, no quiero volverme a ir a ningún sitios!... Si se tratase
de una película, vale, porque interpretaría una historia y no sentiría
ningún tipo de incertidumbre respecto a mi futuro, pero como no se
trata de eso sino de apechugar en primera persona, pues, la verdad,
no me apetece nada de nada.
-¡Eres un cobardica!
-¡Lilí!
Negri intervino conciliador.
-La señorita Lilí no ha querido ofenderle, señor Petrusky.
Yo salté enfurruñado:
-Sé muy bien lo que tu “señorita Lilí” quería decirme, hace mucho
tiempo que la conozco y te advierto que no es tan angelito como representa.
Lilí se echó a reír.
-Mala prensa, no hagas caso, Negri, Petrusky tiene un singular
sentido del humor.
-¡Naturalmente, naturalmente, ya se ve que es muy bromista.
¡Condenado gato de granja!
Llegó el verano y con él esas brusca tormentas
del mes de junio sacudidas por los truenos e iluminadas por los relámpagos,
y no sé si por eso, o bien por cualquier otra causa, Negri no vino
durante unos cuantos días. Lilí estuvo muy nerviosa por tal motivo,
pero no se atrevió a irle a buscar porque los truenos le daban mucho
miedo. A la postre reapareció Negri muy ufano y con aires de conspirador
de baratillo, que yo no soy tonto y me fijo en los detalles, por más
que de detalles pocos ya que todo eran ampliaciones.
Negri vino contento y excitado y Lilí le recibió
con una gran algarada de saltos y arrumacos gozosos, demostraciones
que pude atisbar desde mi atalaya en el mirador, viéndoles jugar alegres
sobre el césped del jardín, luego los dos llegaron corriendo entre
brincos y cabriolas, ya que Negri era muy cumplido y siempre que hacía
acto de presencia por casa, su principal ocupación, luego de frotarse
contra los tobillos, calcetines o pantalones del primer miembro de
la familia que se le pusiese a tiro –en donde, ¡faltaría más!, había
caído la mar de bien-, era la de acercarse a presentarme sus respetos.
Entraron por la gaterita de la cocina, le hicieron la pelota a Papá
que estaba en su estudio pintando -único representante de la familia
en aquellos momentos ya que la Niña tenía exámenes y Mamá había salido-,
para después irrumpir en plan tromba en mis dominios.
-¡Hola, señor Petrusky, ¿cómo está usted?
Lilí exclamó atropelladamente, sin darme tiempo
a responder:
-¡Petrusky, Petrusky, Negri y yo salimos un momento! -la costumbre
era estar de tertulia conmigo una media hora, siempre que Negri venía.
A mí se me debió avinagrar el gesto, porque
Negri se apresuró a decir.
-No pase pena, señor Petrusky, que volveremos antes de que se haga
de noche, bueno, quiero decir que traeré a la señorita Lilí de regreso
antes de que oscurezca, pero la dejaré en la puerta puesto que en
casa me espera mi habitual trabajo de ronda nocturna, o sea, que me
despido de usted ahora, hasta la próxima vez.
Mi mosqueo creció ante tantas prisas y tantos
misterios.
-Supongo -amonesté severo-, supongo que no la llevarás a una cacería
de ratas.
Negri se escandalizó ostensiblemente.
-¡Por favor!, ¿por quién me toma, señor Petrusky?... Jamás expondría
a ningún riesgo a la señorita Lilí... Quede tranquilo, conmigo está
a salvo. ¿Vamos?
-¡Yo prime, yo prime! –chilló Lilí, enloquecida de alegría.
Quien no lo veía nada claro es el que suscribe,
pero ya ellos saltaban por la ventana entre alborotados “miaus”, igual
que dos niños pequeños y muy traviesos.
No me gustaba aquello, no me gustaba nada y
sinceramente lamenté el no pode echar a volar detrás de la parejita
para controlar la situación.
Mi inquietud por las andanzas de Lilí en pos
de Negri, no dejaban de tener una base lógica porque desde la entrada
de Negri en nuestras vidas, todo iba un poco patas arriba. Lilí ya
no era la misma y para postre, en los últimos tempos, tenía la cabeza
más llena de pájaros que nunca puesto que Negri se dedicaba a contarle
el cuento de la lechera cada dos por tres y así la cantinela de Lilí
top model internacional, había dejado de ser amable fantasía
de desocupados, para convertirse en una especie de solapada amenaza
envuelta en los oropeles más seductores que Lilí aceptaba sin la menor
humildad. Según Negri, Lilí era preciosa –no afirmo yo que no lo fuese-,
y debía suceder a su madre, la de Negri se sobreentiende, en la imagen
publicitaria de los envases de alimentos para felinos, porque, siempre
en opinión del taimado morrongo granjero, Lilí enamoraría a las multitudes
desde la tapa metalizada de las “delicattessen” gatunas.
Y una extasiada Lilí había comentado lo que
parecía ser el comienzo de un delirio sin fin de despropósitos:
-Ahora todo es muy diferente y en los tiempos modernos no es precisamente
el Gato Félix el más famoso... Un ejemplo viviente lo tienes en el
gato Calcetines, el primer gato de Estados Unidos, y, dicen –añadió
no sin algo parecido a la envidia-, el gato más fotografiado del mundo,
¿sabes?
A lo que Negri terció en aquella ocasión:
-Aquí de lo que se trata es de que a la señorita Lilí la descubra
un cazatalentos que la sitúe en el estrellato que tanto su belleza
como su distinción merecen. Sigo pensando que si aceptaras venir a
casa de mi madre, sólo viéndote, la familia con la que ella vive se
prendaría e ti y te ficharían para sus productos. Ese podría ser el
trampolín hacia la fama internacional.
Lilí respondió mimosamente:
-¿Y tu mamá no se enfadaría?
Negri protestó con calor:
-¿Qué dices, criatura? Mi madre no podría sentirse más que orgullosa
de que la sucediera alguien tan cualificado como tú.
(¡Ah, cuán grande fue mi intuición, que me
llevó a desconfiar de Negri apenas supe de su existencia!... ¿Por
qué uno tendrá tanta experiencia de la vida?)
El Sol comenzó a descender la escalera que
le llevaba al crepúsculo y yo a inquietarme por la tardanza de Lilí.
Mis amos, distraídos con sus quehaceres respectivos, no se habían
percatado de nada, en aquella ocasión, era yo el único que sufría
en silencio la salida de Lilí en tan poco acertada compañía, mas al
final respiré aliviado, como tengo muy buena vista, pude
descubrirles a lo lejos antes de que el Sol se ocultara, lo
que me sorprendió es que los dos correteaban como si entre ambos empujasen
algo delante de ellos, algo que semejaba brillar a intervalos, o tal
parecía. ¿Qué es lo que habían encontrado, un trozo de vidrio, un
espejito, una linterna encendida? Luego desaparecieron detrás de un
matorral y enseguida brotaron pero ya caminando normalmente y sin
empujar nada. Vi como Negri se despedía de Lilí y mirando en dirección
mía, agitaba amistosamente su rabito diciéndome así también adiós.
Lilí se reunió conmigo después de haber cenado
y fue por puro cumplido ya que se la veía muy somnolienta y cansada.
-¿Dónde habéis estado metidos? ¡Toda la tarde sufriendo por si
se te comía una rata!
Lilí bostezó.
-¡Ay, Petrusky, hijo, que ocurrencias tienes! Negri nunca me llevaría
a que se me comieran las ratas. Hemos dado un largo paseo y... y hemos
visto cosas.
-¡Qué cosas?
-Cosas...
Yo grité, exasperado por su cachaza:
-¡Sí, sí, sí, pero, ¿qué cosas, qué clase de cosas?!
-¡Ya empezamos con las neuras!... Pues cosas.
Intenté ser paciente.
-Pero, ¿qué cosas?
Lilí frunció el morrito.
-Pues, pues... Hemos visto estrellas, por ejemplo.
-¿Estrellas? –repetí incrédulo.
-Sííííí...
-¿Y a qué hora, si es que se puede saber?; las estrellas salen
de noche.
Lilí adoptó su aire más impertinente.
-Hay estrellas que salen de día, estrellas relucientes lavadas
por la lluvia, estrellas que parecen diamantes.
-Sí, y estrellas de coscorrón, que son las que se ven cuando te
atizan un trancazo en la cabeza.
Lilí hizo un mohín desdeñoso.
-No me creas, ese será tu problema... Y buenas noches, señor Petrusky,
tengo mucho sueño, mañana hablaremos.
-Pero...
Me dejó con la palabra en la boca, perdón,
quise decir en el pico, y se retiró a su cestito rosa a dormir.
En los días siguientes la situación no mejoró.
Lilí me esquivaba y lo desconcertante es que Negri hacía lo mismo
aunque de otra forma; entraba en el mirador, me saludaba muy educado
y luego se esfumaba dando excusas verdaderamente tontas para ir corriendo
junto con Lilí, a hurgar en el matojo adonde les viera esconder algo.
Como es de suponer, aquel estado de cosas me estaba poniendo enfermo
de recelo e inquietud.
¿Qué es lo que tramaban esos dos?
Sin embargo, todas las esperas tienen un final
y un buen día el secreto tan celosamente guardado, se descubrió casualmente
y el motivo fue una oportuna y espectacular tormenta. Me pregunto
ahora que si no hubiera sido por este hecho, es muy posible que cuanto
vino a suceder más tarde, no hubiese tenido lugar.
El horizonte se puso gris plomo y empezaron
a cabrillear los relámpagos y a retumbar los truenos. Sopló el Gran
Viento, mi viejo amigo, trayendo en sus alas el olor de la lluvia
ya que a poco empezaba a diluviar. Bueno, hasta ahí las cosas no dejaban
de ser normales, lo sorprendente fue comprobar como Lilí, arrostrando
el miedo que le daban as tormentas, salió disparada por la puerta
internándose en el jardín. Yo alargué el pescuezo lleno de curiosidad
y la vi hundirse como una tromba en el famoso matorral que tan mosqueado
me tenía. Cayeron varios truenos y arreció la lluvia, yo miraba sin
comprender el por qué Lilí se mojaba sin rechistar mientras buscaba
algo rascando frenéticamente en la tierra. Más tarde la vi salir del
escondrijo y volver a casa dando grandes saltos estilo canguro. Observé
que sujetaba un objeto entre los dientes, ¡era el dichoso cristal
brillante! ¿En tan alta estima lo tenía como para arriesgarse a coger
un resfriado?
Lilí estaba muy alterada, hasta el punto de
que no hizo ningún regate para entrar en la casa, sino que directamente
se metió por la puerta principal, que era la del mirador, y plantándose
delante de mi pajarera, depositó en el suelo lo que llevaba entre
los dientes y yo entonces me quedé mudo de asombro y admiración.
Sobre las baldosas, el objeto aquel goteaba
lentamente una especie de barro líquido que se escurría igual que
el aceite, suave, con tacto de seda, igual que la nieve del deshielo
sobre un parterre de césped... No se trataba de un trozo de cristal,
ni de un espejito, ni siquiera de una linterna, era, parecía...