| 12. LA DONCELLA FARFOR (3) | |||
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Farfor parpadeó tímidamente, recordando por un instante el búho que había sido. -Yo estaba segura, creo en los sueños, ellos siempre anuncian nuestro destino. -Pero, ¿y el mar, Cosario Blanco? El Corsario Blanco, con la mujer de sus sueños -y muy cierto era-, al lado, semejaba vivir en un mundo diferente. Replicó: -En los Mares Templados existe una isla que me pertenece, en esa isla tengo mi hogar, y allí pensaba yo retirarme algún día si la suerte me amparaba al evitarme el perder la vida en cualquier contienda... Pero ahora las cosas han cambiado, llevaré a mi esposa a esa isla y, como le prometí, seremos felices por siempre. ¡Pues sí que había ido todo deprisa, si hasta ya se hablaba de boda! -Los siete mares te echarán de menos, Corsario Blanco, aunque, desde luego me alegro mucho por vosotros dos... Se terminaron las batallas y los peligros –súbitamente algo me vino a la memoria-. Oye, siempre te quise hacer una pregunta, ¿qué diferencia existe entre un pirata y un corsario? (Ya sé que es una bobería, pero era cosa que me intrigaba). El corsario sonrió amablemente. -Muy sencillo. El pirata ataca a los barcos y los desvalija por cuenta propia mientras que el corsario intercepta los navíos e incauta las mercaderías en nombre del país cuya bandera lleva. -¿Y eso es legal? –interrogué con gesto de incredulidad. -¡Naturalmente, forma parte de los negocios del mar! –repuso él, satisfecho de haber podido aclarar mis dudas. -¡Ah, negocios, vale, vale! Farfor y el Corsario Blanco se casaron en la maravillosa isla que éste último poseía en los Mares Templados. (Por cierto, que antes de contraer matrimonio, Farfor quiso cambiar de nombre, ya que el tal le recordaba una parte de su pasado que más prefería olvidar, y eligió, acertadamente, el de Flor, que viene sonar lo mismo, aunque con diferencia). Según ya es presumible imaginarse, asistí a la boda y además en calidad de padrino; Flor insistió en ello. Los corsarios les regalaron a los novios un arcón lleno de perlas que daba gloria ver, y a la salida de la iglesia, en lugar de la tradicional lluvia de arroz, un viento suave y juguetón, sobrino tercero del Gran Viento que era mi amigo, cubrió a todos los presentes con un ligero y fragante manto de flores campestres. La joven desposada se emocionó mucho y sólo yo supe la causa. Después vinieron unos felices días de ociosidad en los que deambulé a mi antojo por la isla... ¡Ah!, por cierto, tengo que decir que los bravos corsarios de EL DELFÍN, se quedaron con su jefe renunciando también a las contiendas navales en pro de un bien ganado descanso, y así la isla se convirtió en un lugar perfecto en donde todos vivían dividiendo su trabajo entre los campos y la pesca. Con el tiempo, no me cabía ninguna duda, aquella isla sería un pequeño emporio de riqueza y comercio, sabiamente gobernada por el Cosario Blanco. Ya, ya, no olvidaba que tenía que volver a casa, pero luego de tanto soponcio y aventura desmadrada, resultaba de lo más agradable el haraganear sin rumbo y sin sobresaltos, yendo de aquí para allá, siendo bien recibido allí donde me presentase y respetado y querido por todos, ¡qué caray!, yo también tenía derecho a unas vacaciones, ¿o no? Cierta tarde que sobrevolaba la isla como quien da un paseo, sintiéndome cansado, decidí aprovechar el reposo que una nubecilla baja me ofrecía y, sin pensármelo dos veces, me arrellané en su algodonosa superficie, instalándome tan cómodamente, que a poco me entró el sueño quedando profundamente dormido allí mismo, tan y tan profundamente, que, cuando desperté, flotaba en el cielo, sobre el mar infinito, sin saber en que lugar me hallaba.. ¡Heme ahí, pues, convertido en naufrago del espacio! Como es lógico me asusté muchísimo, pero luego, decidido a no amilanarme, emprendí el vuelo en dirección hacia donde el sol se pone porque mi instinto de pájaro me decía que por allí debía encontrase tierra firme, y era verdad, me guiaba la intuición y también algo más, algo que yo ignoraba en aquellos momentos y que se denomina la voz de la sangre. |