12. LA DONCELLA FARFOR (2)

Por más que busqué a Lilí no la pude hallar, daba la sensación de que la tierra se la había tragado. Sin embargo, ya me hallaba acostumbrado a sus excentricidades, así que no me inquietó gran cosa. Sabía que en el momento más inesperado ella podía aparecer tranquilamente tan oronda, pavoneándose con su enhiesto rabito y la lengua pronta a soltar impertinencias y a gastarme bromas. Lo que importaba es que hubiese recobrado mi personalidad porque la perspectiva de pasarme toda la vida en plan de ser humano no era un proyecto que entrase en mi modo de concebir la felicidad. Yo he nacido periquito y periquito quiero ser hasta el fin de mis días, no ambiciono otra cosa.

Hecha esta importante declaración de principios, prosigo.

La isla era verde de nuevo, joven y llena de vida, lo cual resultaba muy bonito, pero la duda estribaba en si yo permanecía aún en el pasado, había llegado justo a tiempo para cambiar la historia, o bien estaba  en el presente y mi presente lo constituía EL DELFÍN, con mis amigos los corsarios, capitán incluido. Entonces decidí acercarme a la playa para reunirme con ellos, si es que tenía la suerte de encontrarles, y así razonando, me apresuré a volar en la dirección prevista, que, por más verde que hubiera ahora en la isla, no podía  haber cambiado.

De nuevo tropecé con una paloma mensajera... ¡Qué curioso!, antes iba y ahora venía, parecía muy cansada y no me hizo ningún caso. Miré hacia abajo, allí estaba la playa en donde atracáramos; la chalupa y los corsarios descansaban a la sombra de unos árboles. En cuanto me vieron agitaron los brazos en señal de reconocimiento.

-¡Eo!

-¡El amigo Petrusky!

-¡Estamos aquí!

Todos menos el Corsario Blanco.

Grité:

-¿Dónde está vuestro jefe?

-Le dejamos charlando con un búho allá arriba, cerca del camino, antes de que todo cambiara, seguramente debe de encontrarse allí todavía.

-¡Gracias, voy a buscarle!

Subí en vertical y miré hacia abajo barriendo la zona ampliamente, pero había allí tantísimo árbol que me costó un poco descubrir el fin al Corsario Blanco, y lo logré merced a su vestimenta de anuncio de detergente que destacaba entre la lujuriosa vegetación. Vislumbrando un puntito blanco, allá va que fui en plan misil, mas como no estaba preparado para ver lo que me esperaba, me quedé de una pieza cuando encontré junto al Corsario a una bellísima doncella vestida con una flotante túnica de arco iris y que adornaba sus largos cabellos dorados con una diadema de flores frescas... ¿De dónde había salido?

Dentro del pequeño calvero, el Corsario Blanco y ella se hallaban enzarzados en animada charla en el momento de mi aparición.

-¡Petrusky, amigo, has vuelto, estábamos temiendo por ti!

(Pues no lo parecían ya que se mostraban radiantes de contento).

La desconocida alzó su hermoso rostro hacia mí, tenía unos ojos inmensos de color gris claro, y extendiendo los brazos a modo de saludo, exclamó alegremente:

-¡Petrusky, Petrusky, soy yo, Farfor!

¡Caramba, vaya un look, que cambiazo!

Revolotee hasta posarme en la palma de su mano y entonces ella me dio un beso en la cabecita.

-Querido Petrusky, ¡gracias, gracias, gracias!, a ti te debo el haber recobrado mi forma humana y nunca podré agradecértelo bastante, nunca.

¿A mí?... Indirectamente sí que era cierto, pero quien había devuelto la estrella no fui yo sino Lilí. Alguien pareció susurrarme dentro del oído: “no seas tonto, Petrusky”, y suponiendo de quien provenía el consejo, se desvanecieron mis dudas.

-No me des las gracias, Farfor, era algo que debía hacerse, y con la ayuda del Cielo, se ha podido realizar.

La doncella desencantada se puso un dedo en los labios pidiéndome silencio. 

-¿Cómo no voy a agradecértelo, Petrusky, si a ti te debo mi felicidad presente?

Yo me sentía un poco azarado ante tantas muestras de agradecimiento.

-Sí, comprendo, ya no eres un búho...

Farfor tuvo una maravillosa sonrisa de muñequita de porcelana.

-Y no es únicamente eso, Petrusky querido... ¿Te acuerdas que cuando nos conocimos te conté que había tenido un sueño en el cual un apuesto joven rubio me dio ánimos suficientes para huir del castillo de Glagól y del compromiso que me ataba a su sobrino?

Intervino en ese momento el Corsario Blanco, enlazando a Farfor por el talle, muy feliz.

-Y recordarás asimismo, como yo te hablé de otro sueño mío, de un sueño imposible, que tú pudiste tomar como tal, sin saber que si yo hablaba de “sueño”, quería decir eso “sueño”...

De golpe y porrazo se hizo la luz en mi cerebro y me quedé de pasta de boniato.

-No me iréis a decir...

Ambos rieron dichosos.

-En efecto, Petrusky, en efecto –repuso él-, yo tuve un sueño y Farfor estaba en ese sueño... Soñé que una hermosa joven era obligada a casarse en contra de su voluntad con un pretendiente impuesto... La amé en cuanto la vi y le dije que huyera porque estaba seguro que si escapaba nos encontraríamos... Como tal así ha resultado... Mas era un sueño y me dije mil veces cuán absurdo es creer en que los sueños lleguen a convertirse en realidad saliendo de su mundo de ilusión... Sin embargo, me equivocaba, según se puede comprobar, ¿no te parece?

Continuará...

Inicio