12. LA DONCELLA FARFOR (I)

Desde lo alto de su montura, el Caballero Azul del Amor, miró hacia abajo estupefacto, rebotando entre el polvo y de espaldas, el cuerpo del Gran Senescal, como una gigantesca oruga negra iba dando tumbos sujeto de un píe al estribo de su cabalgadura que seguía a galope tendido. En su mano crispada, dentro de negro guantelete, el pañuelo de Amarilis recordaba una suave nube de irisado colorido... Y entonces aconteció algo en verdad prodigioso y que no entraba en el guión. El estribo del que pendía Glagól se rompió y éste hubiera caído cuan largo era sobre la tierra de no ser que el pañuelo de la princesa dio la impresión de cobrar vida propia y creciendo desmesuradamente, se convirtió en una especie de sábana o algo semejante que envolvió prestamente a Glagól cual si se tratase de una crisálida, la crisálida de una mariposa monstruosa, y luego, ingrávida, igual que una cometa o una voluta de humo, ascendió lenta y majestuosa cielo arriba, arriba, arriba, hasta convertirse en un puntito en el infinito azul, y aún más arriba todavía, tanto que en el Mundo Real, siglos después, muchos astrónomos coincidieron al comunicar una misma noticia: habían detectado un objeto volador no identificado que subió cada vez más alto hasta perderse entre las estrellas.

¡Buen viaje, Glagól, buen viaje y no regreses nunca más!

Continúo mi relato en primera persona.

Yo estaba confundido, después de hacer tan elaborados planes en los cuales tenía que vencer con la fuerza de mi noble brazo al malvado, hete aquí que no valió de nada tanto ensayo, y si bien mordió el polvo Glagól, no lo hizo debido a mis habilidades en la contienda, sino que él mismo, e impulsado por su innoble astucia, fue el causante de su perdición. Bueno, de todas formas estaba acabado, pero me hubiese gustado ser yo el que le venciese, conminándole, con mi espada en su barbilla, a abjurar de todas sus maldades y a renunciar a sus poderes mágicos, porque tenéis que saber que si un mago abjura de su condición de tal, ha de hacerlo pronunciando tres palabras encantadas que son Licorsag, Capracupis y Artauge, después de esto ya no hay hechicero que valga. Claro que se me podría objetar que a un mago tan poderoso como Glagól, si le hubiera dado la gana, hubiese podido fácilmente escaquearse de mí e invertir los papeles, pero según me dijera Amarilis, al susurrarme su plan, el primero que diera con Glagól en el suelo, tenía sobre él una ventaja de cinco minutos en los cuales el pérfido individuo estaba a merced de su contrincante hasta el punto que no podía hacer sino obedecerle en todo.

Apenas el Gran Senescal se hubo convertido en un punto en el espacio -¡lástima que nunca pude ver la cara que tenía y así me quedé sin saber en que clase de rostro posee un brujo!-, la muchedumbre se entregó a un éxtasis de entusiasmo que me tuvo a mí como protagonista, cosa que no me molestó en absoluto. Invadieron el terreno del torneo y me pasearon en hombros triunfalmente como si yo fuera un torero o el capitán del equipo de fútbol que hubiese ganado la Eurocopa. En volandas me llevaron al estrado en donde la bella Amarilis me aguardaba de píe entre los parabienes de sus damas de honor.

Mis fans me dejaron por fin sobre el suelo, y yo, hincando la rodilla ante Amarilis, le dije, y la lección  estaba aprendida de antemano:

-Princesa, os he librado del Gran Senescal y con vos a vuestro reino. Yo soy el Caballero Azul del Amor, adalid errante de todas las causas que hayan de ventilarse por medio de la justicia. De esta guisa, os dejo en libertad y os devuelvo una palabra que jamás empeñasteis vos sino vuestro opresor. Sed venturosa, princesa Amarilis y esperad con fe el regreso de vuestros bravos hermanos que hace tiempo emprendieron el camino de retorno al hogar de sus mayores.

Todos lloraban de emoción, e incluso Amarilis, aferrada a su joyel de nuevo, pareció sufrir un leve desmayo, tan sólo unos segundos de privación, y volviendo en sí me dijo -¡oh, cielos, “esa” no era mi Amarilis!-:

-Campeón singular de la justa, la palabra empeñada fue por otro, bien cierto es, mas esta princesa puede otorgar su mano al que le plazca, y, ¿quién es más digno que aquel venciere al traidor y salvare al reino?

Retrocedí espantado mientras el pueblo berreaba a más y mejor de júbilo, ¡anda la osa!, ¿qué narices significaba esto?

La explicación me vino en forma de gato blanco y pardo que corriendo presuroso, se escurría entre las piernas de los pajes para alejarse de allí.

¡Lilí me la había vuelto a jugar restituyendo a Amarilis, a la auténtica –si lo sabría yo que conocía de sobras el principesco modo de hablar de esas damitas-, y mientras, ella se evaporaba, ¡genial!, dejándome allí en medio y ¡hala!, compóntelas como puedas.

Pensé furioso:

“-¡Como la agarre es que la deshago!”

Pero tuve que poner buena cara y sonreír dado que Amarilis y yo, escoltados por la corte y el populacho, entre vítores y aclamaciones, nos dirigíamos ya a la capilla real a dar gracias por el afortunado desenlace del torneo. En ello estábamos, por mi parte renegando en silencio de haberle hecho caso a Lilí, cuando pudimos percibir el trotar de unos caballos que por el camino venían, hueste polvorienta y semi andrajosa que, no obstante, fue recibida con un estallido clamoroso de gritos de reconocimiento y alegría.

¡Menos mal, como en los cuentos que bien concluyen, y para alivio mío, acababan de aparecer los tres hermanos de Amarilis, que volvían de las Cruzadas por fin, aunque hechos un asco!

La princesa, loca de gozo, corrió a su encuentro, y yo quedé momentáneamente olvidado, pero la cosa, respecto a mí, no hubiera pasado de ahí de no ser que la repentina aparición de cierta cabecita gatuna por entre las hojas de un arbolillo cercano, me hiciera cobrar nuevas esperanzas.

-¡Chist, chist, Petrusky, acércate!

-¡Te voy a hacer una cara nueva!

-¡Cállate, gruñón, y ven enseguida!

Como había dejado de ser centro de interés, aproveché acercándome al escondite de Lilí.

-¿Y ahora qué?; tú me dirás que hago yo, con esta pinta de paladín de causas perdidas, para el resto de mis días.

-¡Mira que eres exagerado, Petru, anda, dame la mano!

-¿Es que no sabes saltar al suelo sin ayuda?

-¡Qué no se trata de eso, tonto, venga, dame la mano!

Hice lo que me pedía y en el mismo momento que rocé su patita sedosa, ocurrió el milagro... ¡Volvía ser Petrusky!... Volaba... y me acurruqué al lado de Lilí temblando de emoción.

-¿Y ahora qué, periquito cascarrabias?

Le di un cariñoso picotazo en su rosada naricilla.

-¡Menudo susto!... Creía que me iba a quedar para siempre aquí... Y ya que he hecho mi buena obra, ¿cuándo nos vamos?

-Cuando usted quiera, caballero –dijo Lilí y dando un salto desapareció como por ensalmo.

Yo eché a volar.

Supongo que en los anales del reino, liberado del encantamiento gracias a mí, el recuerdo de aquel día rico en prodigios, quedaría como la huella de un hecho imborrable y maravilloso, y el Caballero Azul del Amor pasaría a integrarse en sus leyendas cual una especie de San Jorge salvador de princesas; era de esperar que en lo sucesivo, Amarilis tuviera mejor suerte con sus galanes.

 

Continuará...

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