11. EL CABALLERO AZUL DEL AMOR (II)

Un revuelo inesperado en el extremo opuesto del campo, le hizo volver la cabeza con sorpresa, siendo ésta compartida por todos la concurrencia, y no era para menos, ya que un gallardo caballero de brillante armadura, yelmo calado, banda azul celeste cruzándole el pecho a modo de enseña y penacho de igual color ondeando sobre su casco, avanzaba sereno y altivo montado en un corcel blanco como el mismísimo Pegaso, mientras en el guantelete de su diestra empuñaba una lanza que semejaba estar hecha de plata por lo que destellaba bajo el sol.

Los asistentes al acto, dejaron escapar un largo ¡Oooooooooh!, de asombro y también, ¿por qué no?, de oculta esperanza.

Amarilis, que no dejaba de juguetear con el rico joyel que llevaba prendido al pecho entre sartas de perlas que rodeaban su esbelto cuello, observó con impertinencia:

-Me parece, señor, que, por lo visto, aún queda algún caballero dispuesto a medir sus armas con las vuestras.

-¡Voto a tal! –rugió el disfrazado Glagól, más esforzadamente dio media vuelta y se lanzó al galope para encararse con el inoportuno y desconocido caballero.

Una nube de escuderos detuvo el corcel del recién llegado,

y el Gran Senescal, aproximándosele, increpó furioso:

-¿Quién eres tú que aquí te presentas sin haberte anunciado previamente?

A lo que el forastero repuso con altivez:

-Soy el Caballero Azul del Amor, y vengo a romper una lanza a favor de la princesa Amarilis, a la cual proclamo desde este instante mi dama y a quien juro defender y por quien juro luchar empeñando en ello mi preclaro honor de caballero... ¡En guardia pues, Senescal, que ya el suelo se halla ansioso por abrazarte!

Glagól soltó un bufido que ponía la piel de gallina y espoleó su cabalgadura galopando hacia el otro extremo del campo. Nuevamente los trompeteros hicieron sonar los clarines, el populacho se animó y los cortesanos también.

El caballero Azul del Amor, libre de la turba obstaculizadora de escuderos, avanzó solemne hacia el estrado en el cual aguardaba Amarilis, y así que llegó, quitóse el yelmo frente a la princesa, descubriéndose entonces su rostro joven, hermoso, de noble expresión y coronado por negra cabellera –lo que fue causa de que más de una de las presentes, aristócrata o plebeya, se dijera callandito: “¡Qué suerte tienen algunas!-”, pero la mirada que lanzó en dirección a Amarilis era de auxilio y sólo ella supo captarla, afortunadamente.

Alzándose, la princesa dijo con voz clara y sonora:

-Caballero Azul del Amor, yo te acepto como mi campeón y en prenda de confianza te entrego este pañuelo con mis colores, llévalos dignamente.

El caballero Azul del Amor, sin desmontar, se acercó al píe de los escalones que conducían al estrado y alargó la lanza, según costumbre, para que Amarilis, la más bella entre todas las bellas, anudase en él la prenda que ostentaba sus colores; en apariencia nada más se trataba de un pañuelo un poco grandote, de esos que sirven como echarpe en ocasiones o para ocultar el rostro igual que un velo, pero los dos sabían, el apuesto Caballero Azul del Amor y la encantadora princesita, de que en realidad de lo que se trataba era de un amuleto destinado a proteger contra los ardides del pérfido Glagól.

Ceremoniosamente el caballo del esforzado paladín, atravesó el campo, yendo a colocarse en el otro extremo, frente por frente al Gran Senescal, cuya negra cabalgadura caracoleaba entre vanidosa e impaciente. El campeón de la princesa se colocó el yelmo y Glagól bajó la celada del suyo, ocultando entonces esos sus ojos tenebrosos, brillantes como ascuas que parecían despedir rayos mortíferos.

(¡Si las miradas matasen!... Debo confesar que Petrusky se hallaba sinceramente espantado, pero el Caballero Azul del Amor, de corazón tan puro como sir Galahad, no podía estarlo).

La multitud contenía el aliento, no todos los días se disfrutaba de un espectáculo como aquel tan lleno de colorido y emoción. Por tercera vez se escuchó el sonido de los clarines, y, a la señal establecida, arrancaron al galope, lanza en ristre y cabeza en actitud de embestida, los dos belicosos contrincantes.

¡Potóm, potóm, potóm!, resonaban los cascos de ambos corceles al golpear desenfrenadamente la arena del campo, y ¡plok, crash!, hicieron las lanzas al entrar en colisión; el encontronazo fue terrible, hasta el punto de que ambas lanzas echaran chispas y se partieran estruendosamente, mas ninguno de los dos quedó desarzonado –que bien me expreso, ¿no es cierto?-, y,¡hala!, otra vez a la carga.

Los espectadores, pueblo y nobleza, aullaba a más y mejor y se puede afirmar, sin miedo alguno a incurrir en error, que era de alegría, ya que, por primera vez, el Gran Senescal no había derribado a su rival apenas entrar en liza.

Los escuderos procedieron a entregarles lanzas de repuesto y nuevamente volvieron a enfrentarse los caballeros y otra vez trastazos, chasquido, frenazo y lanzas nuevas.

(Yo estaba molido, y me dije para mis adentros que si el jueguecito de golpazo y tente tieso duraba mucho, no iba a hacer falta que Glagól me derribase, estaba seguro de que me caería solo y sin menester su ayuda. ¡Ánimo, Petrusky, me alenté haciendo de tripas corazón, que a la tercera, dicen al menos, va la vencida!)

A estas alturas del torneo el público rayaba en el delirio y se habían empezado a cruzar apuestas. Glagól en tanto, huelga señalarlo, estaba que botaba, y no es que hablara mucho pero se le notaba en su forma de galopar y en la manera como enristraba su lanza al ataque, por supuesto que debía estar preguntándose que demonios estaba sucediendo.

Se desprendía de la figura de Glagól, como un aura de malignidad que, aunque invisible se hacía notar, era algo angustioso y aterrador que calaba en el alma igual que una lluvia helada, o un hálito ponzoñoso; la verdad, había que ser muy valiente para enfrentársele.

Ambos contendientes se encararon por tercera vez, ¡ahora o nunca!... Lo cierto es que el oficio de caballero de torneos no es de lo más seductor que digamos, pensaba Petrusky en su pintoresco avatar, y allá va que voy, hala otra vez a repetir: ¡ploff, catacrok y pumba, plaff!

Los dos rivales se encogieron como un par de jugadores de rugby, las lanzas se apuntaron mutuamente, los corceles iban a toda máquina... Amarilis sonreía en tanto jugueteaba con su joyel distraídamente, la multitud, azul, verde, rojo, amarillo, marrón, blanco, púrpura, se estremecía en un vaivén de pleamar, como un campo de trigo que ondulase bajo el viento... Y faltaba menos de medio metro para que las lanzas entrechocasen horrísonamente, cuando el Gran Senescal, arrojó veloz su lanza y con la mano libre atrapó al vuelo un extremo del suntuoso pañuelo de la princesa, largo igual que una bufanda, lo agarró con sus dedos y tiró con determinación. Ante aquel gesto inesperado, el caballero Azul del Amor exclamo algo ininteligible entre dientes... ¡Glagól podía ser un malvado, pero jamás un estúpido ya que debía de haber reparado en que su aguerrido contrincante anudaba cuidadoso, en cada lanza repuesta, el pañuelo con los colores de la princesa Amarilis, que para eso era un mago y de los buenos!

(Habría supuesto que allí había gato encerrado, ¡y nunca mejor dicho!)

Estruendosamente, el público se levantó como un solo hombre, y Amarilis dejó que el rico joyel se escurriese de entre sus dedos... Luego sobrevino el silencio, un silencio tan denso que casi parecía un rugido.

¡UNO DE LOS CONTENDIENTES HABÍA CAÍDO AL SUELO!

 

Continuará...

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