| 10. AMARILIS (II) | |||
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-Escúchame
pues... A primera hora de la tarde va a tener lugar el torneo... Es decir,
no tendrá lugar, según lo planeado por el Gran Senescal, porque nadie
va a presentarse... Declarándose desierto, no tendré más remedio que casarme
con ese intrigante, justo antes de que mis hermanos lleguen de Tierra
Santa adonde fueron a combatir a las Cruzadas... Glagól lo sabe y por
eso pretende que nos casemos, porque de esta manera cuando regresen mis
hermanos, yo seré reina y si ellos reclaman sus derechos, el primogénito,
y luego, por orden de sucesión, los demás, los declarará usurpadores por
atentar contra el poder legalmente instituido y los matará.
(Eso sí que era un plan retorcido). -¡Qué malos! -¿Quiénes? -Pues Glagól y el Gran Senescal... Amarilis volvió a sonreír divertida. -Mira que eres inocente, Petrusky, ¿es qué no te has dado cuenta de que el Gran Senescal y Glagól son una misma persona? ¡Recórcholis, de poco va que me caigo de espaldas al valle!... ¡El Gran Senescal era Glagól!... ¡Caramba, caramba, caramba, ¿quién iba a pensarlo?! -¿Glagól quiere ser rey? –inquirí estupefacto. -Glagól quiere serlo todo... Le gusta mucho mandar y ser obedecido. -¡Pero si ya es un mago poderoso! -No le basta. Él desea hacer y deshacer, siempre a su antojo. Tuve un momento de duda, ¿sabría Amarilis algo de la estrella robada? La verdad es que no me atrevía a preguntárselo. -Me estabas contando que no habrá torneo. -Si que lo habrá. -¿Cómo es eso? -Por que se va a presentar un caballero desconocido que luchará contra el Gran Senescal, es decir, Glagól, y le vencerá. Me sentí muy aliviado. -¡Qué guayses!... ¿Y ya no convertirá el reino en un desierto? -No, no lo convertirá. De repente me vino a la memoria un determinado comentario de Farfor. -Oye una cosa, a mí me han dicho que lo convirtió en erial porque algo no le salió como él quería y se enfadó y... -Sí, claro, la cuestión es que no le vamos a dar tiempo de enfadarse. Me tranquilicé de golpe. -¡Pues todo arreglado!... Y, dime, ¿dónde entro yo en esta aventura, en que puedo ser útil, debo llevar algún mensaje urgente a determinado príncipe encantador o bien se trata de que parta en busca del campeón invencible? Amarilis se apartó del ventanal y me condujo frente a un gran espejo ovalado de plata bruñida, que la reflejaba de cuerpo entero. El espejo, sobre una base que era una pura filigrana digna de algún afamado orfebre, se apoyaba sobre el muro que no se mostraba desnudo sino, todo lo contrario, encortinado de damascos. -Observa en el espejo –me dijo con aire misterioso, aunque la risa bailaba en el fondo de sus ojos. Observé. En el interior del espejo, al lado de Amarilis, cogiéndole de la mano estaba un caballero armado de punta en blanco, por cierto que su armadura despedía destellos azulados, con yelmo y celada sobre el rostro y una amplia banda azul celeste cruzándole el pecho, era un caballero alto y fuerte y en el penacho de su casco ondeaban también plumas azules. Acostumbrado como me hallaba a las cosas mágicas, supuse que el espejo debía reflejar el pasado y que aquella visión pertenecía a cierto enamorado secreto de la princesa Amarilis, quien, avisado a tiempo, llegaría raudo a solucionar los problemas. Me volví hacia la joven y cándidamente le pregunté: -¿Es éste tu campeón? Pero, ¡horror!, la princesa había desaparecido, y en su lugar había un gato blanco y pardo... ¡LILÍ! ¡ERA LILÍ, LA MISMÍSIMA LILÍ! Creí que me daba algo. ¿Qué significaba todo aquello? -¡Lilí, demontre, ¿qué haces aquí tú?!... ¿Y dónde está Amarilis? Lilí se contoneó satisfecha. -Sigue mirando el espejo, so tonto. Hice lo que indicaba y allí estaba a mi lado Amarilis otra vez sonriendo muy divertida al lado de su caballero. Desvié la mirada al suelo y Lilí continuaba ahora sentadita en el lugar que había ocupado la princesa. Volvía mirar el espejo y el reflejo de Amarilis me guiñó un ojo picarescamente, de nuevo contemplé el suelo... cayendo en la cuenta de QUE YO MIRABA A LILÍ DESDE LO ALTO sin volar ni estar apoyado en la mano de nadie... Y entonces me repasé a mí mismo de arriba abajo y de poco que no doy contra el pavimento desmayado, al descubrir que el caballero que tan gentilmente le daba su diestra a la princesa era yo en persona. Con un movimiento de terror involuntario, levanté la celada del yelmo y pude contemplar por fin mi nuevo semblante, un rostro humano. Los poderes mágicos del mundillo en el cual me desenvolvía ahora me habían transformado en un hombre, debo reconocerlo, bastante agraciado por cierto ya que recordaba al Mel Gibson de sus primeros tiempos.... Y ese era yo, el paladín de la princesa Amarilis... A todo esto, ¿cuál era la identidad verdadera de la susodicha princesa? -¡Miau! –maulló dulcemente Lilí desde el suelo- ¿Muy asombrado, sir Petrusky?
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