| 10. AMARILIS (I) | |||
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Por
descontado que no aterricé en las cocinas –igual me confundían con una
especie rara de perdiz-, sino que en cuanto pude me escurrí de la cesta
corriendo escalinatas arriba por aquellas que parecían menos cuartelarias
e iban refinándose de pelín en pelín dejando paso la soldadesca guardiana
a una acicalada servidumbre, e, intuición que tiene uno, ¡bingo!, al final
desemboqué por una puerta entreabierta, en cierto rico aposento cuyas
paredes se mostraban cubiertas de suntuosos tapices y en la que, frente
a un alto ventanal, sentada ante un bastidor de ébano, una joven ataviada
como cuadra en la alta sociedad cortesana, se hallaba bordando lánguidamente
en principesca costumbre.
-¡Tate –me dije-, has acertado por churra, esta es tu princesa! (Claro que podía equivocarme, mi metedura de pata con Liriam aún me escocía). Por fortuna, se encontraba en esos momentos sola y ello me envalentonó aún más, entonces, libremente, volé posándome sobre una esquina del bastidor y me planté delante de la princesa. Como uno ya tiene costumbre en tratar princesas, le hice un gran saludo con el ala y luego, levantando la cabeza, la contemplé directamente. Todos mis movimientos habían sido realizados con una celeridad pasmosa y en mucho menos tiempo del que estoy empleando al contarlo, así que al mirar a la muchacha, ella entonces me descubrió. -Princesa Amarilis –exclamé yo muy finamente mientras pensaba si ésta sería tan redicha como mi querida princesa Liriam-, permitidme que me presente, me llamo Petrusky y soy un periquito azul del amor, vuestro más rendido servidor. La princesa tenía una carita breve en la que destacaban sus grandes ojos entre verdosos y dorados, lindísimos, el cabello era castaño leonado y lo cubría una cofia, su piel blanca como la nieve y los labios del color autentico de las rosas, o sea, rosa. Vestía un traje de brocado color de oro viejo y las mangas y la blusa que salía de su corpiño, eran del más fino hilo. Pocas joyas llevaba, pero todas de calidad y buen gusto. Era una princesa muy bonita, ¿acaso hay alguna que no lo sea?, pero había en su expresión un no sé qué de picardía que en cierto modo me sorprendió. No es normal que una persona en apuros tenga cara de estar pasándoselo pipa. Su aspecto de languidez me había engañado, debía estar más aburrida que no triste, ¿que no triste?, muy raro, ¿verdad? -Hola, Petrusky –saludó tan pancha y su acento me resultó vagamente familiar-, te has retrasado, te esperaba mucho antes. Me quedé de una pieza, todo lo hubiera imaginado menos esto. -¿Cómo que me esperabas? –le dije tuteándola de puro sorprendido. Ella sonrió divertida. -No creo que lo que te esté sucediendo últimamente sea muy normal, tú dirás si me equivoco, entonces, ¿por qué te sorprendes si te digo lo que acabas de escuchar? Tenía razón. -De todas maneras, princesa, tienes que reconocer que... -No lo comprendo, Petrusky, estás aquí, conmigo, después de recorrer los mares, combatir a los piratas y... y otras cosas, y aún tienes capacidad para sorprenderte... Te aconsejo que no me hagas preguntas innecesarias. -Pe... pero yo venía a salvarte de las maquinaciones del Gran Senescal –me sentía muy humillado-, eso es lo que... Amarilis sonrió ahora con ternura. -Eres un amor, Petrusky... Tú siempre tan dispuesto a ayudar a todo el mundo, deberían darte un premio... Por eso sabía que vendrías, porque yo estaba en apuros. -No entiendo ni torta. -Mira, no hablemos en plan rompecabezas, que ya bastante complicado es todo en la presente situación, lo importante es que has venido porque yo te necesitaba. -Pero, tú, ¿cómo lo sabías? -¿Qué estabas en camino? –hizo un mohín malicioso-Tal vez me lo dijo alguna paloma mensajera. -Está bien, está bien, me rindo... Aquí estoy, dime que puedo hacer para salvarte de ese malvado del Gran Senescal. Ella clavó la aguja en su bordado y me ofreció el dedo para que me subiese en él, luego se incorporó y llevándome consigo, acercóse al ventanal que se abría sobre el fértil valle. -Fíjate que panorama, no me puedes negar que es magnífico, ¿cierto? ¿Te imaginas aquí una urbanización? Yo me quedé de una pieza, ¿acaso en sus ratos de ocio Su Alteza se dedicaba al negocio de las inmobiliarias?, si no, ¿a qué venía ahora el ponderarme las exquisiteces del paisaje complementado con una hipotética urbanización? Resultaba de lo más anacrónico y absurdo. -Sí, sí, monísimo, las casitas y todo eso... Ella me observó con aire risueño. -Sé en lo que estás pensando, que si es el momento de entrar en acción por qué estoy hablando de una manera tan estrambótica... Pero, pero no te precipites, amiguito, lo uno no tiene nada que ver con lo otro... Este reino es muy hermoso, según puedes apreciar y sería una pena que desapareciese como tal convirtiéndose en un árido desierto, ¿me sigues? De repente se hizo la luz en mi cerebro, que aunque pequeño sabe pensar. -Espera, ¿qué sabes tú de Glagól? Amarilis me lanzó una mirada triunfal. -Lo sé todo –afirmó despacio-, completamente todo... Y no deseo que convierta el reino en una isla perdida y desierta llena de peñascos áridos que sólo azote el viento. -¿Quieres decir que he llegado a punto de impedirlo?... bueno, ¿qué puedo impedirlo? Amarilis se puso tan seria y solemne que entonces si parecía una princesa de esas de trono y baldaquino. -Puedes... Porque aunque te parezca mentira, tú, pequeño Petrusky, “puedes cambiar el destino de un reino”.? ¡Toma ya, esto si que... Sopla, es que no tengo palabras! Con un hilo de voz, estaba impresionadísimo, quise saber: -¿Y qué puedo hacer yo?... Tengo muchas ganas de ayudar, pero no sé cómo podré hacerlo a menos que tú me lo indiques. -A eso viniste. -A eso vine... –repetí yo como un eco, ¿realmente había ido yo allí a que Amarilis me enseñase como librarla del monstruo?... ¡Ay, caray, vaya lío!
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