| 9. ¿ISLA O CONTINENTE? (II) | |||
|
|
|||
|
-Consiguió un reino con sus malas artes y como es perverso se enfadó mucho por algo que no salió como él quería y lanzó un encantamiento que todo lo convirtió en piedra. -¿Y ha vuelto al pasado, a ese pasado? -Sí, justo a la fecha anterior en que realizó el malvado hechizo, se ve que le gusta recrearse en sus fechorías. -¡Ah, vamos, como en un video, rebobinando para contemplar escenas anteriores! -¿Qué dices? –preguntó Farfor sorprendida. -Nada, nada, cosas mías... ¿Cómo se puede ir a esa época? -¡Qué audaz eres Petrusky, y muy valiente! –exclamó ella con admiración, manifestando, compungida, pasado el halagador arrebato- Pues no lo sé, yo soy un búho encantado y no un brujo, y por aquí no hay nadie que sepa magia y nos pueda ayudar. ¿Nadie? Sin saber el motivo me vinieron a la memoria las palabras del hada Ámbar: “a medida que cantes, el futuro irá surgiendo delante de ti”... ¡Esa era la fórmula mágica y yo la tenía, mira que a veces llego a ser zoquete, si me hubiera acordado a tiempo me podía haber ahorrado el “crucero de placer” en la trasatlántica Timoteo&Company! Con ojos brillantes le dije a Farfor: -¿Te gusta la música? Y me puse a gorjear. La canción hizo su efecto -¡lástima, lástima grande no haberla recordado antes!-, y en un instante de despiste que me embobé contemplando el vuelo de una infatigable paloma mensajera, surcaba los aires a nuestra altura, cuando me volví a mirar hacia Farfor ya no la encontré, ella no estaba, pero es que todo había cambiado en menos de un santiamén. Habíamos estado sobrevolando un valle de tierra cuarteada por la sequía, en cuyo centro erguíase un macizo rocoso muy similar a ese tan célebre que estamos cansados de ver en las películas del oeste americano, aquel que recuerda una fortaleza en medio de un descampado –más o menos para que os deis una idea-, y corren los buenos perseguidos por los indios –a quienes siempre se les otorga el papel de malos injustamente-, y en eso llegan los del Sexto de Caballería y:¡nanana, nana, nana!... ¿A qué ya os habéis situado?... Bueno, pues aquella mole de piedra esbelta y almenada, seguía estando ahora en su mismo sitio mas el paisaje había cambiado totalmente, el castillo petrificado era en esos momentos de verdad, con flotantes gallardetes y banderolas al viento y las áridas tierras que lo circundaban aparecían transformadas en campos de labranza, prados y bosques y hasta había una pequeña villa hacia la izquierda del castillo. Al tener yo alguna experiencia en esta clase de lances maravillosos, no me sorprendí demasiado ya que comprendía como mi deseo me acababa de llevar en el acto al pasado aquel en el cual se ocultaba el taimado Glagól. Por supuesto, del hombre de la capa de pieles de lince ni rastro, o bien un rastro perdido, mas su pista habíame conducido hasta la guarida de Glagól –experto el mago en jugar al escondite-, lo que a fin de cuentas era lo que interesaba, ahora, si la estrella estaba allí o no estaba, ese era ya otro cantar, nunca mejor dicho. Un sinuoso camino ascendente conducía desde el llano en dirección al altivo castillo, claro que no lo necesitaba dado que mis alas también podían ser mágicas de requerirlo la ocasión, y, haciendo uso de ellas, me colé bonitamente en la fortaleza. Siendo pequeñito y ágil, me pude camuflar con suma facilidad, porque no era en modo alguno conveniente alertar a nadie con mi presencia allí a batir de alas desplegadas; como sabéis más que bien, mi hermoso colorido me ha traído problemas en variadas ocasiones. Así pues me escurrí sigilosamente entre piedras, esquinas y quicios y de esta manera pude ver y oír muchas cosas interesantes. Al parecer se estaban haciendo los preparativos de un torneo en el que el premio era la mano, y el reino con ella, se sobreentiende, de la princesa Amarilis. Muchos nobles caballeros habían concurrido ya en otras justas semejantes para lograr el preciado trofeo habiendo sido derrotados por el hasta hoy, todopoderoso Gran Senescal del reino, quien prácticamente había usurpado el poder desde que hacía tres años los hermanos de la princesa Amarilis partieran a Tierra Santa en una de las tantas Cruzadas que por aquel entonces estaban de moda llevar a cabo. Dados por muertos los hermanos de Amarilis, el Gran Senescal decidió realizar el simulacro de una serie de torneos, y, se decía, que por malas artes había conseguido derrotar siempre a los más esforzados caballeros que aspiraban a la mano de Amarilis, porque en aquel tiempo, sin rey en el trono de un reino, si la herencia recaía en una princesa de sangre, era menester buscarle marido, y por lo visto y oído, el Gran Senescal había pensado que él era el candidato idóneo. De lo cual se deduce que la pobre princesa lo debía estar pasando pero que muy mal, ya que no quedaban campeones; el Gran Senescal había despachado a todos cuantos pudieran liberarle de semejante Destino tan poco grato, o sea, el de casarse con aquel aprovechado que simulaba cumplir las leyes infringiéndolas, aunque muy legalmente, y si en el último torneo no se presentaba nadie, cosa que por las trazas resultaba lo más probable, pues, ¡velay!, el Gran Senescal se quedaba con la princesa y con el país entero. Apenas me enteré de toda la historia me sentí muy mal, ¡pobre Amarilis!, condenada de antemano a desposarse con un malvado sin escrúpulos que no jugaba limpio –claro que cuando no se tienen escrúpulos no se acostumbra a jugar limpio-.Toda mi sangre de periquito azul del amor hirvió de indignación y como soy una especie de Quijote emplumado, al que avalaban pasadas aventuras, la más reciente de ellas el haber reducido al feroz pirata Timoteo, me sentí lleno de suficiente energía como para derrotar yo solito a un batallón de Grandes Senescales; lo bueno es que no sabía cómo, pero lo que es moral no me faltaba. Debo reconocer que en aquellos momentos ni me acordaba de Glagól, habiendo sido lo prudente no olvidarlo, ni de la misión que me llevara hasta allá, me urgía rescatar a la princesa de las garras del usurpador, y como pese a todo soy un periquito muy metódico, decidí empezar por el principio e ir directamente a la busca de Amarilis para tener con ella una charla en vivo y en directo y ver de que manera se podían hacer las cosas para liberarla. De modo es que, despacito, despacito, empecé a escurrirme por todos los rincones hasta que la presencia de una criadita que se dirigía a las cocinas con una gran cesta de lechugas, me permitió medio de transporte, y, acceso al interior del castillo.
|