| 9. ¿ISLA O CONTINENTE? (1) | |||
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El Corsario Blanco estudió sus mapas concienzudamente, y yo, sobre su hombro, también. El segundo y el piloto con nosotros, entre todos nos esforzamos por aclarar la identidad de aquellas costas desconocidas. -Según estas cartas –comentaba el Corsario Blanco-, en esta latitud y en esta longitud no puede haber ninguna tierra ya que en el mapa sólo se ve el océano. Y, no obstante, ahí la veis, delante nuestro. Todos teníamos un nombre en la punta de la lengua. -¿No podría ser –aventuré yo tímidamente-, no podría ser La Isla Perdida? El Corsario Blanco frunció el ceño pensativo. -Tal vez, tal vez lo sea. Nadie ha cartografiado nunca La Isla Perdida. El piloto se santiguo. -Igual –dijo con temor supersticioso-, igual es como la de San Barandán. ¿En dónde había yo oído tal nombre? De pronto di un respingo que me hizo perder el equilibrio y caer en medio del mapa. -¡San Barandán! –exclamé alborotado- Esa es la isla que aparece y desaparece, como las islas de las hadas, en el reino de el Otro Mundo –me di un aletazo en la frente-¡La niebla!... Ahora comprendo... ¡Amigos –dije sintiéndome muy importante-, creo que estamos frente a una de las islas que pertenecen al Reino de las Hadas, que yo de eso sé algo pardiez! Y aquellos aguerridos lobos de mar se miraron entre sí y pude advertir que palidecían bajo su curtida piel. Por fin, el segundo de a bordo, rompió el silencio con una risita nerviosa. -Tiene que ser La Isla Perdida, que no se sabe a ciencia cierta si es isla o continente. -Las islas de las hadas son inaccesibles -murmuró el piloto. Yo me crecía ante las dificultades. Me pavonee. -No tanto, señores, no tanto, yo las he visitado, de ello hace algún tiempo y puedo asegurar que son perfectamente accesibles. -Pero el Reino de el Otro Mundo... –dijo lentamente el piloto. -La Tierra de los Jóvenes, la Tierra bajo las Olas, la Tierra de los Vivos, la Gran llanura, la Llanura Placentera, la Llanura de la Felicidad... –enumeró pensativo el Corsario Blanco- Esas islas son legendarias y pocos han regresado... Yo aletee seguro de mí mismo y muy contento. -¡Bah, tranquilos, un servidor aquí presente es muy amiguete de las hadas!... En una de esas islas vive mi amiga Falena... No hay nada que temer. El Corsario Blanco sonrió. -Puesto que tú lo aseguras, Petrusky, te creeremos. -Debéis hacerlo, porque si esas costas que vislumbramos desde cubierta no pertenecen a La Isla Perdida, entonces son de las hadas y ellas, bueno, Falena, nos puede ayudar... –y como los allí reunidos me contemplasen con cierta duda en sus semblantes, añadí:- Falena es la guardiana de las islas mientras las hadas permanezcan en el Mundo Real, os encantará, de verás. ¿Isla o continente? Como aquel personaje de Julio Verne –a la Niña le gustaba leerme en voz alta sus novelas-, que se hacía esa misma pregunta, vimos acercarse los arrecifes de la isla entre la algarabía de los albatros y las gaviotas. Sus costas recordaban una muralla inexpugnable, ya que no se abrían en fondeaderos o recoletas playitas, por lo que el Corsario Blanco fue de la opinión de que la rodeásemos hasta encontrar un sitio en el cual poder atracar la nave, pero como ello resultó de todo punto imposible, prefiríose dejar el barco en alta mar y embarcarnos cinco miembros de la tripulación, y yo, ¡faltaría más!, con el Corsario Blanco, en una chalupa que al ser de pequeño calado, podía fácilmente varar en cualquier mínima franja de arena. La incógnita era que quién habitaría esas tierras misteriosas: ¿hadas, salvajes, buenas gentes, el mago Glagól? ¡Cuán emocionante, esto si que era vivir una gran aventura a todo trapo! Desembarcamos y los corsarios echaron a trepar peñas arriba entre arbustos semi marinos y arbolitos raquíticos, mientras yo prefería volar, que después de todo era lo mío, y así fui de avanzadilla para divisar lo que pudiese desde las alturas. Y he aquí lo que vi sorprendiéndome bastante. Tratábase de una isla rara, con tan poco verde que parecía pelusa gris y muchas rocas de tipo marciano –no nos habíamos movido del planta Tierra, ¿eh?-, que semejaban talladas por la mano de algún gigantesco escultor. No había montañas ni cordilleras, pero sí inmensos bloques que recordaban castillos o palacios, ciudades, pueblos, todo pétreo, simulando puertas y ventanas, almenas, torres y techumbres, pero si te acercabas no era más que piedra la que ofrecía esa engañosa similitud. Daba la impresión de ser un mundo extraño en el que hubiera caído un maleficio dejándolo todo desértico y petrificado. Se me encogió el alma, ¿sería “aquello” el reino de Glagól?, la verdad es que la pinta era de alucine, o, dicho en otros términos mejores, inquietante y sobrecogedora. Me disponía a regresar junto a mis amigos los corsarios, cuando para pasmo mío, un búho me vino al encuentro a plena luz del día, era un búho pequeñito de color ceniza. -¡Farfor! -¡Hola, Petrusky! -¿Qué haces tú aquí y bajo el sol? -Sabes muy bien que no soy un búho normal y puedo soportar la luz del sol sin pestañear. -Bien, bien, pero, ¿qué haces aquí? -Lo mismo que tú, creo. Las alas me empezaron a temblar. -¿Buscas a Glagól?... O... Oye, ¿es aquí dónde vive Glagól? Farfor asintió moviendo la cabecita de arriba abajo. -En cierto modo, mas si lo que tú quieres saber es si estamos en La Isla Perdida, te responderé que, en efecto, en ella nos encontramos. Hice de tripas corazón, uno no puede ir por la vida de héroe, sin serlo al final; las circunstancias empujan. -¿Dónde está? Farfor gimió. -El muy astuto se ha ido al pasado para que nadie lo encuentre. -¡Recórcholis! Semejante noticia me dejó anonadado, y nuevamente pensé en la conveniencia de tener una Máquina del Tiempo portátil y no fabricada made in Cosmogónico precisamente. -¿En qué época se ha ido a esconder? -Creo que en la Edad Media, o algo así... Cuando en esta isla había castillos y ciudades, antes de que la maldición de Glagól lo cambiase todo. (¡Vaya, mi intuición había sido acertada!) -¿Qué hizo?
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