| 8. EL CORSARIO BLANCO (2) | |||
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Muy decepcionado volví con mis nuevos amigos y la cosa ahí quedaría en otro misterio que añadir a los que ya coleaban, de no ser porque un miembro de la tripulación corsaria, acercándose a su jefe después de hacer un rápido inventario de lo que se encontraba en el barco capturado, le dijo: -Llevan el botín de varios galeones hundidos,50 barriles de pólvora china, comida y agua para un mes de travesía sin atracar en puerto alguno. En el camarote de Timoteo hemos hallado un inexplicable barril repleto de bolsas llenas de arena -¡tramposo Glagól-, y, aparte de este valeroso periquito, tenían una urraca domesticada que se ocultaba en el castillo de popa y que ha escapado volando en cuanto la hemos descubierto, ¡ah!, y la muy ladrona se ha llevado, arrebujada entre las garras, una espléndida capa de pieles de lince gris... Lo que no deja de ser raro porque esas aves suelen robar objetos de metal. ¡Una urraca!... El enigma acababa de resolverse... ¡Claro, el castillo de popa, qué tonto fui, debía de haber supuesto que allí se encerraba el enigmático personaje con capacidad para transformarse en urraca o lince a voluntad! Por la noche, y durante la fiesta que se organizó para celebrar la victoria, mientras los bravos corsarios cantaban aguerridas canciones de naves aventureras y hermosas sirenas plateadas -¡qué diferencia con las sanguinarias coplillas de la piratería!-, le narré al Corsario Blanco la historia de mis andanzas y a quién yo andaba buscando en realidad. El Corsario Blanco me escuchó con asombro creciente. -Es una historia increíble –manifestó al final-, y si no fuera porque eres tú quien me lo cuenta, te aseguro que no me lo creería. ¿Puedo ayudarte en algo? -Sí, creo que sí. Timoteo navegaba rumbo a La Isla Perdida, supongo que debe ser allí en dónde tiene su morada Glagól. El Corsario Blanco frunció el ceño con preocupación. -La Isla Perdida pertenece a la secuela de islas tenebrosas, aquellas en cuyos mares nadie quiere navegar. -¿Qué sucede para que no quieran ir? -Se dice que estas islas flotan sobre aguas hirvientes, que, además, pueblan monstruos inimaginables, serpientes de mar grandes como montañas, entre otros. -Ellos no parecían tener mucho miedo a los monstruos, sino a la isla de la que oí murmurar a unos marineros, que estaba embrujada... El pirata Timoteo les arengó a que tenían que darse prisa en alcanzar el Cabo Doblado antes de la época de las tormentas, pero en ningún momento percibí que estuviesen demasiado asustados por navegar hacia La Isla Perdida. El Corsario Blanco reflexionó durante unos instantes. -¿Quién sabe?, igual ha circulado una leyenda engañosa con objeto de apartarnos de un rumbo que era necesario mantener ignorado. Porque si afirmas que los piratas no tenían miedo de navegar hacia la Isla Perdida, eso significa que aquella ruta la conocen bien y no les causa ningún temor ya que no existen todos esos peligros legendarios. Se levanto de un salto. -¡Muchachos –exclamó con voz sonora –en el mar así hablan los capitanes, con voz tonante-, vamos a poner proa rumbo a La Isla Perdida. Me parece que estamos a punto de inaugurar una nueva ruta para todo el mundo! Muy agradecido, dije. -Si lo haces por mí, por ayudarme, no es preciso que os molestéis, ya habéis hecho bastante, además, vuestras familias os deben esperar en algún puerto y sí por mi causa... El Corsario Blanco sonrió con cierta melancolía. -Muy considerado de tu parte. Nosotros somos hombres de mar, periquito azul, y el mar es nuestra vida y nuestra aventura diaria. Muy pocos de entre nosotros están casados y tienen hijos. No nos gusta la idea de dejar viudas, ¿comprendes? Yo me sentí muy apenado. -¡Qué triste, sois buenos y valientes y estáis solos! -No del todo, nos quedan nuestras ilusiones y los sueños... Sin ánimo de cotilleo y movido por la sana intención de relajar la tensión que los recuerdos sentimentales pudieran haber creado, exclamé alegremente: -¿Y cuáles son tus ilusiones y tus sueños, Corsario Blanco? El Corsario Blanco miró sin ver un punto inconcreto en el horizonte; sobre nuestras cabezas brillaban las estrellas, lentamente repuso: -Amo a una hermosa joven, bella como la misma primavera. -¿Entonces? –interrogué muy contento; las historias de amor son lo mío. Él giró el rostro, contemplándome nostálgico. -Ella forma parte de un sueño imposible, inalcanzable, pero su recuerdo me acompaña siempre. ¡Bueno, hasta los más bravos corsarios tenían su corazoncito, que no todo iban a ser batallas navales! Más días de navegación transcurrían felices; yo estaba en trance de convertirme en algo así como el periquito errante haciéndole la competencia al holandés de la leyenda. La diferencia estribaba en que viajar en EL DELFÍN con trato de amigo y camarada, no era lo mismo que ir enjaulado en EL TESORO Y EL COFRE. Me había convertido en un buen marinero y ya no me mareaba y como no me gusta la ociosidad, que siempre es mala consejera, correspondía a la hospitalidad de mis compañeros, turnándome con los vigías en el puesto de guardia, y dado que gozo de una visión excelente, podía advertirles de cosas, pormenores, que ellos no acertaban a distinguir. (Además, ¡ejém!, mi look había cambiado bastante; llevaba un pañuelo corsario en la cabeza, y una ajorca de oro alrededor de una de mis patitas, lo que se dice todo un lobo de mar, vaya). EL TESORO Y EL COFRE marchaba ya conducido hacía la isla de El Gran Galápago con su cargamento pirata y ahora EL DELFÍN navegaba rumbo a lo desconocido en busca de La Isla Perdida. Pronto alcanzamos, y pasamos, Cabo Doblado y el mar no se tornó por ello hirviente ni espumoso, ni se abrió ningún espantable abismo bajo la proa de nuestro bajel. Las aguas seguían siendo verde-azuladas y el cielo puro y sin mácula -¡caramba, me estoy volviendo un poeta!-, y los días transcurrían serenos, con buena brisa y mejor moral puesto que nada temible surgía importunándonos. Pero cierta jornada, cuando menos nos lo esperábamos, vino la niebla, una niebla suave y casi transparente en un principio, que poco a poco, fue convirtiéndose en espesa. El Corsario Blanco mandó echar el ancla y nos detuvimos a la espera de que se desvaneciera. Sin embargo, el ancla no tocó fondo y pronto advertimos como el barco se iba moviendo con lentitud, fuera del control del piloto. La niebla se apelotonaba en las velas y, sin viento, éstas se inflaron y el barco, resbalando sobre la superficie del océano, empezó a navegar, más como si le empujaran o tirasen de él, que otra cosa. Yo estaba muy asustado, ¿para que voy a mentir?; aquello recordaba la niebla precursora de la isla de King-Kong, versión blanco y negro. En cuanto al resto de la tripulación, tampoco las tenía todas consigo aunque procuraban disimularlo. Al Corsario Blanco se le adivinaba preocupado, pero, como era muy valiente, se mostraba animoso intentando restar importancia a lo que estaba sucediendo. -Con las famosas nieblas de Cabo Doblado hemos ido a topar, muchachos... Cuando regresemos podremos contarlo y nadie se lo creerá. -Sí, capitán. -Claro, capitán. -Naturalmente, capitán. Y yo, para no ser menos: -¡Por supuesto, capitán! Pero no todo era tan por supuesto. La niebla resultaba más densa que el puré de guisantes londinense en sus buenos tiempos, y lo más seguro es que nos la fuésemos a pegar contra el primer escollo que surgiera invisible en aquel mar que no veíamos y por el cual nos deslizábamos. Mas de pronto, y como por arte de encantamiento –algo de eso debía haber-, la niebla se disipó y con ella nuestros temores, al parecer infundados. De nuevo, pues, brillaba el sol, el viento soplaba en las velas, y en el mar, bajo su superficie, nadaban felices como siempre, las sirenas, los tritones y los delfines. Había vuelto la normalidad. Regresé a mi puesto de vigía, era mi turno en aquella ocasión, y a poco de instalarme, vi brotar en lontananza la sierra dentada de unos acantilados de tierra rojiza. -¡Tierra! –vociferé lleno de emoción. -¡Tierra! –repitió como un eco la marinería alborozadamente. Era tierra, en efecto, pero ¿cuál?
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