Alrededor de las once del día siguiente, Lilí
compareció llevando a Negri. Yo me había alisado cuidadosamente las
plumas con fin y objeto de estar de lo más presentable y acicalado posible
–recordad que los animalitos no nos cambiamos de traje-, y fingía estar
distraído contemplándole paisaje desde el palito más alto de la pajarera,
cuadrangular y vertical. Los vi llegar, claro, porque iban hablando
entre sí por medio de suaves maullidos. Mamá estaba escribiendo a máquina
en el piso superior, la Niña en el colegio y Papá en la ciudad preparando
los últimos detalles de una exposición –recordaréis que papá es un famoso
pintor-, por tanto, el escenario se hallaba dispuesto ya para la representación.
Primero entró Lilí en el mirador, y he de reconocer
que aquella no era mi Lilí sino otra muy diferente, nerviosa, tímida,
balbuceante... ¡Vaya, que hasta me hubiesen dado ganas de reírme si
el asunto no fuera tan serio!
-Petrusky...
Me volví con afectada indiferencia.
-¿Decías?
Entonces vi a Negri de cerca... Venía detrás
de ella y, la verdad, no era el matón ni el gato cachas que yo me temía.
Un poquito más grande de tamaño que Lilí eso sí, y rechonchito, lo que
indicaba que se alimentaba bien; de orejas a rabo tan negro como la
noche, pasando por patas, lomo y barriguita, y dueño de unos increíbles
ojos azul porcelana que parecían dos farolitos en medio de tanta oscuridad.
No demostraba recelo alguno ni desconfianza, caminaba con la suavidad
típica de los gatos y su aspecto no era barriobajero sino reservado
y seguro de si mismo, también se le advertía satisfecho de la vida lo
mismo que un pequeño burgués en bata casera y zapatillas de felpa.
Tuve que reconocer que no estaba mal como gato
foráneo, pero otro cantar era que resultase la adecuada compañía de
Lilí, y yo, usurpando las funciones de un padre o tutor, tenía que arreglar
aquello.
-Pe... Petrusky, te presento a Negri, Negri, éste es Petrusky de
quién tanto te he hablado.
(¡Caramba, caramba, así que yo era tema de
sus charlas!)
Negri avanzó calmosamente hasta colocarse delante
de mí, muy educado. Mal que me pese no se trataba de un patán; hizo
una inclinación de cabeza y maulló con voz suave y profunda, ronroneante:
-Encantado de conocerle, señor Petrusky, la señorita Lilí me ha
dicho que es usted el miembro no humano, más importante en este hogar
feliz, una verdadera institución en lo que respecta al clan familiar.
Bueno, debo reconocer que me sentí muy halagado;
¿a quién no le gusta que lo cepillen?
Carraspee dándome importancia –convenía impresionarle.
-Sí, ejém, ciertamente... ¿De modo que tú eres el famoso Negri?
-No creo ser muy famoso –afirmó él con modestia-, lo que si puedo
decirle es que allí en donde he estado, he dejado un grato recuerdo...
Lo cual no deja de tener su importancia... –y al afirmar esto último,
obsequió a Lilí con una mirada de borrego que tuvo la virtud de alertarme.
-Lilí me ha dicho que vives en una granja ahora –dije con severidad,
porque me había propuesto mostrarme intransigente en ese sentido. Lo
siento, pero alguien había de mostrarse severo.
-¿Me permite usted que tome asiento?, muchas gracias... Sí, en
efecto, presto ahí mis servicios, claro que eso no significa que piense
que mi futuro es el de ser granjero, yo tengo aspiraciones.
¡Sorprendente el gatito!
-¿Cuáles son tus proyectos?
-Establecerme y formar una familia, procedo de una muy numerosa
y bien avenida...
-De la cual te alejaste –interrumpí yo deseoso de encontrar alguna
mancha en aquel currículum.
-Verá usted, no fue exactamente así; al tratarse de familia numerosa,
por ley de vida, todos los hermanos marchamos e casa a hacer fortuna,
iniciativa nada vituperable puesto que ello siempre ha engrandecido
los linajes gatunos, pero no he olvidado a los míos y de vez en cuando
hago una visita a mi madre. Mamá es siamesa y papá igual que yo, según
ella me dijera en su momento.
A Lilí se le llenó la boca metiendo baza al
explicarme:
-Su madre reside en la mansión de unos fabricantes de alimentos
para felinos y ella es la que sale fotografiada en los envases, bueno,
cuando era joven, ¿sabes?
Negri miró hacia otro lado con humildad.
-No me gusta alardear de mis orígenes, pero, en esta ocasión he
supuesto que era importante revelárselos a la señorita Lilí con fin
y objeto de evitar malos entendidos. Yo poseo casta y linaje; no soy
un gato vagabundo.
(¡Ay Lilí, Lilí!)
-Vale, está bien, ahora ya sabemos que eres un chico con credenciales.
De pronto me quedé mudo. Había estado a punto
de cometer el error más grande de mi vida, pues, ¿no iba a preguntarle
a Negri cuáles eran sus intenciones respecto a Lilí? ¿Pero, cómo podía
yo ser tan memo? Sin darme cuenta, Negri me estaba dando la vuelta y
si yo no reaccionaba era muy capaz de acabar logrando mi bendición para
sus relaciones amistosas con Lilí, y eso no podía ser, no podía ser.
-Lilí me contó que te enfrentaste a un lince y a un hurón.
Negri restó trascendencia al hecho.
-¡Oh, eso!... Con el hurón estuve a punto de dejar la piel, con
el lince fue otra cosa... Primero nos enseñamos los dientes y después
nos hicimos amigos. El pobre estaba solo, es una especie en vías de
extinción, y me explicó como resulta muy triste el ver que cada día
son menos los de su raza porque el hombre les somete a una caza despiadada
ya que su piel es preciosa. Me confió que pensaba emigrar a una zona
protegida ya que allí se les deja vivir en paz, lo difícil es llegar
hasta la reserva, ya que por el camino existen muchos peligros, trampas,
cazadores... Todos los animales del mundo tenemos nuestros derechos
inalienables, establecidos por la propia naturaleza y deberíamos constituirnos
en magna asamblea hasta hacer comprender al ser humano que debe aprender
a respetarnos que no somos ni sus juguetes ni sus víctimas y que poseemos
una dignidad que debe ser tan tenida en cuenta como la suya.
(¡Aquel michino era una caja de sorpresas!;
¿quién iba a imaginarse que se erigiera en portavoz de la sociedad protectora
de animales?)
Lilí le escuchaba hablar con mal disimulada
admiración, y yo empecé a inquietarme, porque si Negri no me parecía
a mí un mal tipo, con Lilí tenía ganados todos los puntos.
-¿Qué opinas de los pájaros en general y de los periquitos en particular?
Negri respondió con la mayor inocencia:
-Son hermosos todos, y en cuanto a los periquitos, les admiro por
sus exóticos orígenes. Según tengo entendido usted procede de un inmenso
continente poblado de bosques de eucaliptos, ¿no le gustaría volver
algún día a la patria?
Negri era muy hábil y yo empecé a sentirme
acorralado.
-Sí, claro, algún día, pero no deja de ser un sueño imposible,
además, mi procedencia australiana es remota, hace muchas generaciones
que mi familia ha criado aquí.
Lilí volvió a intervenir.
-La madre de Negri no, a su madre fueron a buscarla a Siám.
Comencé a experimentar una sensación de acoso.
-¡Vaya, pues que lujo!
Negri se apresuró a desmitificar la situación.
-Una casualidad, la familia con la que vive mi madre fue allí en
viaje turístico.
-Su madre es muy guapa, espera un momento, Petrusky, y te traeré
un envase para que le veas fotografiada.
Y sin esperar respuesta, Lilí salió zumbando
para traerse el dichoso envase que a mí me importaba un bledo contemplar.
Quedamos solos Negri y yo, y entonces, desesperado,
decidí lanzarme de cabeza al abismo. (¿Qué hacía Mamá que tardaba tanto
en bajar?)
-Negri, compruebo que eres un gato que ha vivido y tienes experiencia.
Lilí es muy jovencita y con la cabeza llena de fantasías propias de
la edad, no afirmo con eso que sea tonta, que no lo es y sí muy lista
y... Vaya, que no me gustaría nada que sufriera alguna decepción o disgusto...
Yo... –me eché un farol- Yo, aparentemente no soy más que un periquito
igual que muchos, pero las cosas no son lo que parecen ser... Aquí donde
me ves he vivido aventuras inimaginables y tengo amigos, amigos importantes
y muy poderosos... Con todo esto quiero decirte que si a Lilí le sucediese
algo poco agradable, pues... el que lo hiciera se iba a arrepentir –concluí
de forma truculenta a lo “padrino” mafioso.
Negri me miró con sus límpidos ojitos azules
y dijo muy solemne:
-Le comprendo, señor Petrusky, y entre animales de honor sobran
las palabras. A usted y a mí nos anima el mismo pensamiento respecto
a la señorita Lilí, los dos somos sus acérrimos paladines.
Lilí irrumpió en aquel momento.
-¡Mira Petrusky –maulló triunfalmente-, mira a la madre de Negri!
Entraba haciendo rodar el envase que dejó plano
para que yo pudiera verlo cómodamente. Enmarcado en un círculo del cartón
metalizado, se veía la redonda carita de un gato siamés, orejitas y
morrito negro, ojazos de aguamarina e inconfundible pelaje lustroso...
Debo reconocer que era un hermoso ejemplar de felino.
-¿Ves?, Negri ha heredado sus ojos.
-Sí, ya lo veo.
Negri intervino zalamero:
-La señorita Lilí podría ser una digna sucesora de mamá en esa
foto.
Lilí le contempló arrobada.
-¿Tú crees?
-Todo es proponérselo.Fruncí el ceño, ahora vendría aquello de “ven
a casa de mamá y cuando todos te vean tan bonita seguro que...”
-¡El mundillo de las modelos es muy fatigoso! –salté alarmadísimo.
-¡Oh, Petrusky, calla, no seas aguafiestas! –a Negri-¿Te imaginas
que me contratasen para hacer spots publicitarios? De los tiempos
de tu madre a hoy en día todo ha cambiado mucho, podría convertirme
en una top model famosa.
-¡Lilí! –chillé yo muy asustado; la situación se me estaba descontrolando.
-¿Qué pasa ahí abajo?
¡Bendito sea el Cielo, era la voz de mamá!
Escuchamos sus pasos descender por la escalera,
y yo, en un instante de loca alegría, pensé que Negri iba a saltar por
la ventana ante la proximidad de la dueña de la casa, mas para mi gran
chasco no fue así; Negri siguió sentado tan tranquilo e imperturbable.
-¿Qué sucede, por qué alborotáis de esa forma?
Lilí se puso a hacerle la rosca a mamá restregándose
contra sus tobillos mientras ronroneaba, en tanto Negri la miraba sin
pestañear.
-Hola, hola, la gatita mimosa... ¿Qué es esto? –acababa de descubrir
a Negri- ¿Qué hace este gato aquí?
Yo les di la espalda en un arrebato de dicha
histérica, pero queriendo evitar ser testigo de lo que se avecinaba,
sin embargo la contraventana abierta me hizo de espejo y no me perdí
detalle, claro que podía haber cerrado los ojos, pero no lo hice.
Negri se levantó sin prisas y ondulante acercóse
a Mamá sin demostrar miedo alguno... ¡Había llegado el momento!
-¿Es un amiguito tuyo, Lilí?
-¡Meu, meu!
-¡Miau, miau, miau! –maulló Negri cortésmente.
-¡Qué gatito tan precioso, todo negrito, y que ojos tan lindos!
Mamá se acuclilló para acariciar a Negri, ¡ACARICIAR
A NEGRI!
Negri se tiró de espaldas enseñando la pancita.
-¡Que monada de gato, que cariñoso, que simpático! –Mamá le rascó
la barriguita entre un dúo de satisfechos ronroneos- ¡Ah, pero tienes
dueño, llevas un collar antiparasitario!
Mamá se incorporó.
-Lo siento, Lilí, no nos podemos quedar con
él porque tiene dueños y sufrirían mucho si no volviera.
(¡Ay, gracias, gracias, gracias, de qué poco
no me da una parada cardíaca1)
-¿Meu, meu, meu?
-Pero, cariñito, tu amigo puede venir a visitarte siempre que lo
desee.
(¡OH, NO, ESO NO!)
-¡Miau, miau!
-¡Meu, meu, meu!
¡Narices, buena la había hecho yo! Desde luego, el que no ha nacido
para intrigante...
-¿Verdad que vendrás a visitar a nuestra Lilí?, ella estará muy
contenta y como se ve que eres un gatito bueno te voy a traer un platito
de leche para que desayunes si no lo has hecho todavía. Claro que mejor
será que te lo tomes en la cocina, ¿no te parece Negrito?... ¿Vamos,
bonitos?
Mamá dio la impresión de acordarse de mí entonces.
-No tengas miedo, Petrusky, el amiguito de Lilí tiene aspecto de
ser un gatito muy dulce y estoy segura de que no te hará ningún daño,
así que tranquilo, luego te traeré una barrita de miel.
Y se fueron, se fueron los tres tan campantes
y felices y yo me quedé en lo más alto de la pajarera renegando de la
maldita ocurrencia que había tenido.
Continuará...