8. EL CORSARIO BLANCO (1)

-¡¡¡Al abordaje, al abordaje!!! –clamoreó la tripulación de EL TESORO Y EL COFRE corriendo a maniobrar en las velas para abordar al otro navío.

Yo no sabía mucho de barcos ni de leyes del mar ni de bucaneros, pero creí adivinar que por algún extraño motivo, corsario no era lo mismo que pirata, y pudiendo ver en lontananza al otro velero cuando maniobró la nave pirata en la que me hallaba, comprendí instintivamente que si éstos –Timoteo y sus hombres-, eran los malos, aquellos tenían que ser los buenos, al menos su barco así lo dejaba traslucir en contraste con el del pirata Timoteo, oscuro y siniestro, aunque, bien mirado, cuando iba con las velas desplegadas podía ser hasta hermoso.

El navío del Corsario Blanco, como su nombre indica, era todo blanco, semejaba tallado en marfil y sobre el majestuoso velamen ondeaba su bandera, nada de calavera y tibias cruzadas en campo negro, sino una resplandeciente enseña de alegre colorido en la que se hallaba inscrita su divisa –que más tarde leería de cerca-: POR EL BIEN Y LA JUSTICIA.

Sólo faltaba la música de fondo y el reparto en elegante letra inglesa para hacerme creer que estaba en casa, cómodamente instalado ante el televisor, viendo una película de esas de bucaneros de entre los años 40 y 50 y a las que tan aficionada es la televisión últimamente, recreando ciclos olvidados.

Pude advertir como el barco del Corsario Blanco, que por cierto se llamaba EL DELFÍN, no huía al avistarnos, sino que decidido avanzaba hacia nosotros –de hecho venía en busca nuestra-, con mayor velocidad.

Los piratas lanzaron una andanada de pólvora entre risotadas, a lo que EL DELFÍN replicó con gallardía, cosa que enfureció a los tontos de los bucaneros cuando ellos habían sido los primeros en atacar.

Timoteo vociferó:

-¡¡¡Adelante, muchachos, que no quedé ni un solo corsario para contarlo!!!

-¡Sí, capitán, nos los vamos a comer!

Los navíos se balanceaban uno delante del otro, y el aire olía a humo, yo empecé a toser.

-¡Mirad como tose la cotorra enana –rugió el pirata Timoteo muy regocijado-, va a vivir su primera batalla y lo único que se le ocurre es constiparse, jo, jo, jo, jo!

-¡¡¡Jo, jo, jo, jo, jo!!! –repitió como un eco la patibularia tropa.

Yo maldije por lo bajo; se me estaban contagiando sus malos modos.

-¡Ríndete, Timoteo! –gritaron desde EL DELFÍN.

-¡Ríndete tú! –aulló Timoteo enfurecido.

-¿No he venido a eso!

-¿Pues a qué has venido?

-¡A barrer de los mares esa sucia carcasa que es EL TESORO

Y EL COFRE!

-¡Anda que gracioso, mira como me río, ja, ja, ja!

-¡Quien ríe el último reirá mejor, Timoteo!

-¡No me das miedo, Corsario Blanco!

-¡Eso lo veremos!

Pronto los dos barcos entraron en colisión en medio de un gran estruendo, y mi jaula saltó por los aires conmigo dentro, con tan buena fortuna que dio en caer sobre un montón de sacos de harina y no sólo no me hice ningún daño sino que de resultas del trastazo, la puertecilla se desencajó y yo pude salir sano y salvo de allí dentro, corriendo, como es natural, a esconderme en sitio seguro.

Asistir, in situ, a un combate entre bucaneros y corsarios, es de lo más extraordinario que os podáis imaginar, la cabeza te va como en un partido de tenis, de aquí para allá, mientras los ves saltar y correr, cruzando sus espadas en el aire, tajo va, tajo viene y haciendo los más curiosos comentarios que menos esperarías oír en esos momentos.

-¡Muere!

-¡Todavía no!

¡¡¡CATACROK... PLOFF!!!

-¡No me gusta tu fea cara!

-¡Ni a mí tu sonrisa!

¡¡¡PLOM... TRAK... PLAFF!!!

-¡Esta noche EL TESORO Y EL COFRE dormirá con los peces!

-¡Pobre DELFÍN, va a ser la última vez que flote sobre el mar!

-¡Por Júpiter que lo veremos!

¡¡¡ZUUUM... CHASSSS... PATAPÖM!!!

-¡Por cien mil congrios errantes que lo veremos!

-¡Adelante, mis valientes!

-¡En proa, muchachos, el terror de los 7 mares!

-¡Viva el capitán Timoteo!

-¡Hurra por el Corsario Blanco!

Y así podría llenar tres volúmenes, pero, la verdad, poca utilidad habría de tener para esta historia.

A mí se me contagió el ardor bélico y no pensando en lo que hacía, me lancé de cabeza al fragor de la batalla con un excitado grito:

-¡¡¡COMBOPALONGO!!! –que, ciertamente, no es que sea muy guerrero, mas no se me ocurrió nada mejor y la verdad es que como sonoro no puede negarse que lo sea.

Era una solemne tontería lo que acababa de hacer, porque no tenía armas ni sabía luchar, pero dejé que los acontecimientos me arrastraran y hete aquí que en un santiamén me encontré dando aletazos y picoteando a la desesperada entre la masa de los combatientes, cuidando, en todo momento, por supuesto, de no atacar a los corsarios a quienes, indirectamente, debía mi liberación.

-¡Vaya con la cotorra enana, conque te has escapado, ¡eh?!... ¡¡¡Cuidado, bicho, será imbecil, ¿pues no me pica?!!!

Ahí, frente a frente el pirata Timoteo y yo, quise demostrarle que no se ofende impunemente a un periquito australiano llamado Petrusky, y le di fuerte en su narizota hasta hacerle retroceder berreando de dolor.

-¡¡¡Huy, huy, huy, iiiiiiiiii, para ya, cotorra enana, no me piques más!!!

-¡De cotorra enana, nada, pirata de guardarropía, y de “capitán Timoteo guapo” menos que menos!... Yo soy Petrusky y para ti siempre, ¿me oyes bien?, señor Petrusky... ¡Toma, toma, toma!

-¡Bravo, periquito azul! –exclamó una voz a mis espaldas y acto seguido la acerada punta de una espada se colocó sobre el pecho del pirata Timoteo.

-¡Ríndete, Timoteo!

Viéndose así intimidado, el susodicho hizo una mueca feísima.

-¡Por cuatrocientos pares de galernas tropicales, qué deba mi derrota a una cotorra enana! –se lamentó estruendosamente el malvado pirata.

-¡Y dale, otra vez!... Yo no soy...

El corsario, un apuesto joven vestido del color que su nombre indicaba y cuyos alborotados cabellos rubios brillaban bajo el sol, me sonrío amistosamente.

-El pirata Timoteo es muy terco y nunca reconocerá que eres un periquito azul... –y al bucanero en otro tono- ¡En efecto, has sido vencido, y, para tu deshonra, por un pajarillo que abulta menos que tu dedo meñique!... Recuerda Timoteo, que el mal jamás triunfa.

Me hinché de satisfacción, ¡por fin se me reconocían los méritos, y, además, el Corsario Blanco no mentía, ya que sino hubiese sido por mí, confundiendo a picotazos al pirata Timoteo y forzándole, de esta manera, a bajar la guardia, al corsario le hubiese sido muy difícil reducir a su enemigo, porque, noblesse obligue, con todos sus defectos, Timoteo era un pirata valiente y un antagonista nada despreciable, hay que ser justo.

Aquella noche hubo una gran fiesta en EL DELFÍN. El pirata Timoteo y toda su pandilla de indeseables, estaban a buen recaudo encerrados en el sollado de EL TESORO Y EL COFRE, sirviéndoles su propio barco de prisión.

El Corsario Blanco había decidido que serían deportados a la isla de El Gran Galápago en donde pasarían el resto de sus vidas trabajando en los campos de cultivo y en donde sólo por buena conducta podrían ser dispensados del castigo. Encontré que era una solución muy razonable al problema y admiré aún más si cabe, a mi salvador, quien, pese a su juventud, demostraba tener ideas muy sabias.

El Corsario Blanco y yo simpatizamos desde el primer momento en que nos vimos, y así pasé, con todos los honores, al DELFÍN, sobre su hombro y entre aclamaciones, cosa que revigorizó grandemente mi, hasta el momento, maltratado ego.

Debo relatar sin embargo, algo de lo que ya me estaba olvidando y es algo muy, pero que muy importante. En cuanto se redujo a la piratería, caído Timoteo cayeron todos, volé por mi cuenta y riesgo al camarote del vencido esperando encontrarme con el misterioso forastero, pero me llevé el chasco más grande de mi vida, al hallarlo completamente vacío; allí no había nadie, ni rastro que no perteneciera al pirata Timoteo.

¡Anda, pues estaría chusco que después de tantas angustias, el esbirro, o quién fuese, sólo hubiera estado de paso y yo, enrolado a mi pesar, haciendo el canelo en EL TESORO Y EL COFRE todos aquellos días!

 

Inicio