7. EL PIRATA TIMOTEO (2)

El pirata Timoteo colgó la jaula en un gancho del palo mayor y rugió en mi oído, dejándome casi sordo por ello:

-¡A ganarte el rancho, cotorra enana, a ver si aprendes a repetir cosas y nos haces reír! –se volvió a un pirata que llevaba dos aros gruesos de oro macizo pendientes de las orejas y lucía un ostentoso sombrero de color escarlata-. ¡Señor Trinquete!

-¡¡SI, SEÑOR!!

-Primera lección, enséñele a la cotorra enana a decir algo interesante.

(Indudablemente el señor Trinquete debía ser el segundo de a bordo).

El otro bucanero, también renqueando, se me acercó, y con las narices aplastadas contra los barrotes, empezó a repetir:

-¡Capitán Timoteo guapo, capitán Timoteo guapo!

Yo me quedé de una pieza ¡serían ridículos los piratas!, claro que, ¿a ver quién era el guapo, y valga la redundancia, para negarse a hacerle la pelota a la fiera aquella del capitán Timoteo?

¡Vaya un final!, Petrusky encarcelado con fin y objeto de servir de diversión a una horda de sanguinarios piratas. ¡Cómo me hubiera gustado tener allí una Máquina del Tiempo, buena, eso sí, para viajar al pasado justo en el momento en que Negri y Lilí acarreaban la estrella de Laurisilva hasta casa! Pero, ¡ay!, cuán lejos quedaba ya todo...

Mantuve el pico bien apretado, si es que pensaba semejante hatajo de bribones que la máxima ambición de mi vida radicaba en declamarles las dudosas “gracias” del pirata Timoteo, lo tenían claro, ¡antes morir que claudicar!

Las risotadas del capitán atronaron de nuevo la cubierta siendo coreadas en esta ocasión por sus subordinados, incluido el señor Trinquete.

-¡Mirad a la cotorra enana, si parece que le vaya a dar un síncope! Señor Trinquete, dejemos por el momento las lecciones y venga conmigo al camarote, que tenemos que discutir algunos asuntos importantes.

-Sí, señor... Y respecto al via...

El pirata Timoteo le interrumpí bruscamente:

-¡Chitón, señor Trinquete, que hasta el palo de mesana tiene oídos y no conviene que ni el viento sepa nuestros planes! –reprendió severamente el patrón de la nave mientras su único ojo fulguraba con brillo amenazador.

El corto diálogo me dejó muy pensativo, tanto, que incluso pasé por alto “el que a la cotorra enana pareciera que estaba a punto de darle un síncope” –cada cosa a su tiempo-. Evidentemente allí se trataba algo y todo debía de estar en relación con el hombre de la capa de pieles de lince, ¿hallaríase aún en el barco, viajaría con nosotros rumbo a La Isla Perdida?

Los días que siguieron, monótonos y aburridos para mí, ya que continuaba prisionero en la jaula –agravados por un mareo intermitente y pertinaz cuyo recuerdo me abochorna-, no encerraron aliciente alguno que me animase, ya que las tontas lecciones, que yo me negaba heroicamente a repetir de “capitán Timoteo guapo”, o “señor Trinquete simpático”, qué no sé dónde veían ellos la simpatía, y otra sarta de estupideces por el estilo, me deprimían más que otra cosa.

Por fin, al tercer día, en los cuentos todo pasa el tercer día, puntualizaré que era de noche, y en el transcurso de una guardia, mejor dicho, de su relevo, pude escuchar el fragmento de una conversación que despejó mi melancolía inyectándome nuevas energías; falta me hacían sea dicho de paso.

Un bucanero apodado Bogavante, quien, y pese a ese nombre tan largo, era muy chiquitajo, vino a reemplazar al vigía en la cofa de proa, un tal Marrajo y en el entretanto del cambio hablaron de esta suerte:

-Estoy deseando llegar a aguas cálidas, Marrajo, estas noches a la serena en alta mar son más frías que un iceberg flotante.

-Y que lo digas, Bogavante, no todos tenemos buenas capas de piel de lince para envolvernos.

-Algunos son afortunados.

-Sí, muy afortunados, ricas pieles, buena comida y mejor bebida, honores y trato deferente... El poder del oro Bogavante, el poder del oro.

-Si Marrajo, el oro, ¡bendito sea!, eso lo puede todo... Diez bolsas de oro le entregó el hombre de la capa de piel de lince a nuestro capitán que yo lo vi, Marrajo, con estos mismos ojos que se han de comer los peces... Te acordarás que embarcó la misma tarde que el capitán capturó a la cotorra enana -¡y dale!-, se encerraron en el castillo de popa donde estuvieron hablando mucho rato, luego el capitán me llamó ordenándome que le llevase un barril vacío, ¡ni qué yo fuera tonto!, al devolverlo a su camarote pesaba como el plomo, así que abrí la tapa, Timoteo sólo la había ajustado, y, ¡por las barbas de Neptuno!, te juro que conté diez bolsones de oro... ¡Pero bien que se lo ha callado nuestro capitán, Marrajo, bien se lo ha callado, y a nosotros, para tenernos contentos, cuatro doblones mal contados y a endilgarnos la historia de que le hace un favor a un viejo amigo, como si eso a nosotros nos importase, que somos piratas, Marrajo, no damas de compañía, y sus amigos no tienen por que ser los nuestros!

A Marrajo se le avinagró el gesto.

-Ya, ya, como que EL TESORO Y EL COFRE iba a zarpar en dirección a La Isla Perdida así, por capricho.

-Es demasiado arriesgado.

-Y tanto, a mí que me den abordajes y asaltos, cualquier cosa menos poner los pies en esa isla embrujada.

La inconfundible voz del pirata Timoteo resonó en el desierto puente.

-¡A de estribor!, ¿qué hacen dos fieros bucaneros chismorreando como un par de viejas acatarradas?... ¡Marrajo, Bogavante, por los dientes de un tiburón, menos parloteo y a lo vuestro, que en mi barco no se está para perder el tiempo!

Bogavante, temblado de pavor, que lo vi yo, trepó como un mono hasta su puesto de vigía en la cofa y Marrajo escurrióse entre las sombras desapareciendo. Después silencio y más tarde el golpeteo irregular de la pata de palo del pirata Timoteo que parecía efectuar una ronda fantasmal por su navío.

¡Toc, toc, toc!

Vi surgir a Timoteo fumando en su cachimba con aire meditabundo y como si no reparase en mi presencia, al menos no me importunó con boberías, procedió a sentarse debajo de mi jaula con un suspiro, luego le oí murmurar –aquella noche iba yo de sorpresa en sorpresa-:

-La tripulación está inquieta, ¡maldita sea!, a ver si por este asunto de La Isla Perdida los hombres se me van a amotinar... El mejor negocio de mi vida y...

Estuve tentado de preguntarle: ¿de qué se trata, pirata Timoteo?, pero, naturalmente no lo hice, ¡no era cuestión de delatarme de una manera tan tonta!

Al día siguiente, y ya ojo avizor, pude advertir como varios piratas señalaban, en algún momento, en dirección al capitán y cuchicheaban entre sí con aspecto torvo y descontento. ¡Sería divertido que estallase una rebelión como la de la Bounty y yo en medio del fregado!

Misterios y resentimientos, ya no me cupo la menor duda: el hombre de la capa de pieles de lince era el invisible huésped de Timoteo, sólo una incógnita persistía, ¿cuál era la auténtica personalidad del enigmático individuo, se trataba de  Glagól acaso? Y si de Glagól se trataba, ¿llevaría consigo la estrella?

¡Resultaba indispensable que yo escapara de la jaula y lo averiguase!

Mas, ¿cómo?, lo ignoraba y me estaba devanando los sesos cavilando sobre el mejor modo de cumplir con lo que se esperaba de mí, cuando el azar vino a brindarme la solución de manera totalmente inesperada.

De repente escuché al vigía de turno gritar:

-¡Barco a babor! –y acto seguido con verdadero sobresalto-¡El Corsario Blanco, el Corsario Blanco!

En el momento se formó un terrible pandemonium en EL TESORO Y EL COFRE ya que todos los piratas chillaban y corrían desordenadamente de un lado para otro blandiendo sus armas. El pirata Timoteo apareció enseguida sobre el puente de la nave, calmo en contraste con tanto alboroto.

-¡Eh, marineros de agua dulce! –gritó con fiereza-, ¿somos acaso mocosos llorones para asustarnos así por la presencia de un barco enemigo?... ¡Si al Corsario Blanco le llaman El Invencible, hora es ya de que se enfrente conmigo para que el sobrenombre cambie de lobo de mar!

-¡Viva el pirata Timoteo! –aulló la tornadiza marinería.

Yo lo contemplaba todo con los ojos redondos como platos, ¿qué iría a suceder ahora?

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