7. EL PIRATA TIMOTEO (1)

Empleando un símil marinero, iba a bordo de mi nuevo amigo, el poderoso perro huskie quién en lugar de correr parecía volar entre la multitud cual si tirase no de uno, sino de veinte trineos, y ello me producía una sensación de tranquilidad enorme aunque tuviera que agarrarme fuertemente con mis patitas a su grueso pellejo, porque, en cierto modo, el perro de las nieves me recordaba un poco a mi amigo el Viento por lo acelerado que marchaba.

En un periquete, medida de tiempo no muy académica, recorrimos el paseo de los muelles buscando una taberna que se llamara EL TESORO Y EL COFRE y ya desesperábamos, cuando mi amigo perruno, impaciente, atrapó por su largo rabo a una rata portuaria y le gruñó amenazadoramente:

-Si en algo aprecias tu miserable  existencia, dime dónde puedo encontrar la taberna EL TESORO Y EL COFRE.

La rata, que poseía expresión de taimada, y, que, dicho sea de paso, no daba la sensación de sentirse demasiado asustada, replicó:

-Es que no buscas donde está... No es una taberna, es un barco.

-¡¡¡UN BARCO!!! –gritamos al unísono el huskie y yo.

Y tan conmocionado quedó mi amigo que incluso soltó el rabo de la rata a lo que ésta escapó corriendo como alma que lleva el diablo, y, tras esconderse en el agujero de una pared, nos gritó desagradablemente:

-¡Sí, perro estúpido, y tú, pajarraco ridículo, es un barco, y un barco pirata, para que os enteréis, subid a bordo y el pirata Timoteo os venderá como esclavos en Jamaica, eso si tenéis suerte de que no os hagan servir de pasto a los tiburones!

¡Conque se trataba de un barco, y, encima, de un barco pirata!... Entonces, ¿era el lince gris un esbirro del mago o era el propio Glagól en persona, y por qué había ido, quién quiera que fuese de los dos, a un barco pirata?

Muchas más preguntas me martilleaban en el cerebro igual que si de un tambor se tratase, y el huskie no se aclaraba más que yo, aunque los motivos no fueran los mismos.

-¡Un barco pirata!

Nos habíamos olvidado de la rata y de sus insultos.

-Periquito...

-Me llamo Petrusky.

-Petrusky, ese barco va a Jamaica y allí hace mucho calor.

El perro de las nieves había vuelto la cabeza para mirarme y me contemplaba con expresión triste en sus hermosos ojos azules.

Comprendí.

-Tú ya me has ayudado bastante, amigo –le dije haciendo de tripas corazón ya que perdía a un buen compañero-, a ti te aguarda el Gran Norte y a mi Jamaica o yo que sé dónde, todo dependerá de si lo que busco se halla en EL TESORO Y EL COFRE o no... Tengo que subir a bordo y tú debes marcharte porque nuestros caminos se separan.

Al huskie le gustaban menos que a mí las despedidas.

-Oye, mira, si el tipo ese, lince, esbirro o mago, no esta en el navío, vuelve, yo te esperaré aquí en los muelles por espacio de una hora y si no regresas sabré que tu aventura continúa... Ahora, si algún día quieres venirme a ver, abrígate que ya sabes en donde me encontrarás... ¡Ah, y me llamo Karel!

Sin embargo no era el adiós definitivo. Aún me acompañó a la búsqueda del barco pirata -¡qué emoción, yo en un barco pirata!-, y después de un rato de ir y venir por el puerto fisgoneando en todos los barcos para comprobar si el nombre que nos interesaba se veía escrito, dimos por fin con él, y ya era tiempo, la verdad, porque EL TESORO Y EL COFRE se estaba haciendo a la mar entre vocerío marinero y desplegar de velamen al viento, y hay que reconocer una cosa, que no existe espectáculo más maravilloso que el contemplar el lento movimiento de un barco con sus velas hinchadas bajo el soplo de la brisa mientras avanza mar adentro.

Karel y yo nos despedimos efusivamente, lo que no dejó de ser difícil porque yo era un periquito muy pequeño y el huskie un perrazo enorme, con todo nos dimos un gran abrazo y, húmedos los ojos, nos dijimos un “hasta la vista”, lleno de buena voluntad.

-¡Qué pronto estés en el Gran Norte, Karel!

-¡Y que tú consigas desencantar a la doncella!

Volé en dirección al velero que comenzaba a alejarse con suavidad del muelle, mientras Karel se quedaba abajo, haciendo guardia junto a un gran rollo de cables.

-¡Orzar más a barlovento!

-¡A todo trapo!

-¡A la cofa, vigía!

-¡Cuidado con el palo de mesana!

Aturdido por el clamoreo, me detuve un instante sobre una linterna de aceite, apagada en aquellos momentos. En torno mío, marineros de temible catadura maniobraban entre palabrotas y risotadas, algunos incluso cantando canciones terroríficas que hablaban de naufragios y pillaje.

-¡Jojoi, jojoi, jojoi, el barco embarrancó!

-¡Jojoi, jojoi, jojoi, que buen botín cobré!

-¡Jojoi, jojoi, jojoi, a su capitán colgamos!

-¡Jojoi, jojoi,jojoi, que bien nos lo pasamos!

¡Serenidad, Petrusky! Era necesario recordar a lo que había venido y no dejarme influir por el color local ¿En dónde podía estar el hombre con la capa de pieles de lince?

Un vozarrón detrás de mí, retumbó en la cubierta, imponiéndose sobre las demás gargantas.

-¡Por mil pares de tiburones, a ver si os movéis, gandules, que EL TESORO Y EL COFRE tiene que estar en la Isla Perdida dentro de dos semanas, de lo contrario, si nos retrasamos, nos cogerán las tormentas de El Cabo Doblado y serviremos de banquete a los peces!... ¡Vivo, ratas de sentina, no hagáis que me enfade o si no escucharéis la canción del látigo!

-¡No, capitán, no, la canción del látigo no!

-¡Bien, escoria de los siete mares, a trabajar!... ¡Venga!

Del susto me caí de la lámpara quedando sentado sobre un barril de pólvora, y allí me avizoró el patrón del barco, el temible pirata Timoteo, quien, ante mí, con la clásica pata de palo, su parche negro en el ojo y un sombrero de igual color en el que campeaba el bordado en plata de una calavera con las dos tibias cruzadas, me pareció, más que otra cosa, la encarnación de una pesadilla. Lucía frondosa barba oscura y bigotes de tirabuzón y su único ojo parecía un semáforo de lo reluciente y grande que era. Sonrió enseñando una dentadura mellada y amarillenta.

-¡Por cien mil orcas hambrientas, se nos ha colado un polizón, muchachos, y es una cotorra enana!

¿Yo cotorra enana?

¡Por un millón de salmonetes, a Petrusky el australiano, nadie le llama cotorra enana sin tener que lamentarlo!

Con la adrenalina a tope, se me nubló el entendimiento y cometí la tontería más grande que nunca podía haber realizado, me encaré con el pirata Timoteo y le dije cuatro cosas bien dichas, sí, pero que no me ayudaron en nada.

-¡Escucha, pirata de opereta, ni tú ni nadie, me han de llamar a mí cotorra enana, yo soy un periquito azul australiano, de noble linaje y...!

El pirata Timoteo se rió a carcajadas y entonces me di cuenta, porque lo miraba de cerca, que tenía una fea verruga cabalgando encima de su no menos fea nariz, ganchuda por más señas.

-¡Anda, que graciosa la cotorra enana, como berrea! Ven aquí, plumero con patas, a partir de ahora serás otro miembro de la tripulación en categoría de chiste viviente, y nos divertirás a todos desde el interior de... ESTA JAULA!

En así diciendo, me atrapó con su manaza y en menos tiempo del que yo empleo para contar esto, me vi cazado e irremisiblemente arrojado sin miramientos, dentro de una desvencijada jaula para cotorras, desvencijada, mas a prueba de fugas, de eso doy cumplida fe.. El “clic” de la puerta al cerrarse a mis espaldas mientras yo rodaba como una peonza por los suelos, me hizo comprender que efectivamente emprendía un viaje rumbo a la aventura más incierta –que bien me expreso, ¿verdad?-, e ignorando si aquel a quién seguía la pista viajaba en el mismo barco o ya no estaba. ¿Por qué siempre tendré que hablar más de la cuenta?

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