| 6. EN DONDE CONOZCO A BAM Y TAM Y AL PERRO DE LAS NIEVES (1) | |||
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Nuevamente
volando me alejé de aquel pueblo grande, o pequeña ciudad, un tanto decepcionado.
“-¡Qué pena –monologaba suspendido entre cielo y tierra-, un inventor que juega a mago, y, de cuyos inventos, la verdad sea dicha, no me fío un pelo, porque parece que está mezclando magia y ciencia a partes iguales, al menos en ese engendro que él llama Máquina del Tiempo!... ¡Vamos, que si me meto dentro igual llego al siglo 3000 o salgo centrifugado! Estaba tan absorto en mis tristes reflexiones que no me di cuenta de que tropezaba y me introducía en una nube de contaminación de la que salí tosiendo y estornudando al conseguir librarme de ella, y algo enhollinado, todo hay que decirlo, me apercibí de que el pueblo había quedado atrás, y muy atrás debía de haber quedado porque no veíasele ni de lejos, y yo me hallaba volando sobre una especie de carretera sin asfaltar en la que se marcaban profundamente las huellas de las ruedas de los carros. Se divisaban algunos árboles, campos y cercano un pueblo, pero lo que más me sorprendió, y gratamente, debo reconocerlo, es que encima de la línea del horizonte, relucía en lontananza el mar. Mi vista privilegiada me indicó que alguien andaba por el camino, y, al tratarse de plumíferos de mi especie, aunque un poco grandotes, decidí descender para pedir información. Se trataba de dos ocas muy blancas y rollizas, pero lo que me hizo comprender que eran aves poco comunes, fue el hecho curioso de que ambas llevaban sombreritos estilo cofia, anudados bajo el pico por un gran lazo. No, semejante pareja no podía pertenecer al Mundo Real. -Buenos días, señoras Ocas. Lo dije mientras revoloteaba sobre sus altas cabezas. -Buenos días. -Buenos días. -Me llamo Petrusky y soy un periquito azul australiano... las ocas me interrumpieron. -Yo soy la señora Tam. -Y yo soy la señora Bam. -¿Vendes algo? -¡Qué sucio estás!... ¿Te has caído por una chimenea? -¡Podías haberte ido a lavar al estanque! -Lo siento mucho, quiero decir el no estar demasiado presentable, pero la contaminación es algo terrible... Y no vendo nada señoras Tam y Bam, lo único que me interesa es saber en dónde me encuentro, y por lo que creo deducir, este pueblo es costero. -Acertaste... -... entonces no es necesario que te digamos nada más. -¡Eh, eh!... Claro que es necesario, amigas Tam y Bam... Si aquí hay puerto de mar eso por si sólo no me vale, ¿casualmente no habrán visto ustedes a un lince gris hace poco? Las dos ocas retorcieron sus largos cuellos, que recordaban a un par de blancas serpientes, y se quedaron pico frente a pico, bizqueando al mirarse indignadas. -¿A un lince gris? -¡Qué tontería! -¿Qué iba a hacer aquí un lince gris? -Tú mismo has reconocido que este es un pueblo costero, por tanto aquí hay albatros, gaviotas, petreles, cormoranes, y en el mar delfines, más linces, ¿qué se le ha perdido a un lince en un pueblo marinero? Suspiré. -Igual pienso yo, que no se le ha perdido nada, pero tengo la obligación de encontrarlo. -¡Pues vaya una obligación más tonta que tienes, podrías buscarte otro tipo de obligaciones más divertidas! Yo me molesté ligeramente. -No me la he buscado, me la han dado, es un encargo. Las ocas cuchichearon mirándome de reojo, luego Tam me espeto: -Nuestros caminos se separan, Bam y yo nos dirigimos hacia allí, al viejo molino, cerca de cuya alberca vivimos y no te podemos ayudar a encontrar al lince ese, además, tampoco nos importa, no es asunto nuestro. -¡Hombre, muchas gracias, sois la amabilidad personificada! –respondí asombrado por su grosería. Las ocas batieron las alas haciendo mucho viento pero sin volar. -Tenemos prisa –exclamaron después-, pero sigue adelante y tal vez puedas encontrar a alguien que te de alguna pista, aunque lo dudamos. Y sin más, me dejaron prácticamente con la palabra en el pico marchándose tan campantes mientras hablaban entre ellas riendo por lo bajinis. Yo ni me lo podía creer: en todas mis experiencias viajeras nunca me había encontrado con bichos tan maleducados. Con una depre como un piano, remonté el vuelo dirigiéndome a toda velocidad hacia el pueblo marinero. ¿Me habría conducido el azar al punto de encuentro del lince con el misterioso individuo que le aguardaba? Los pueblos de mar no se parecen a los de tierra adentro; vagabundean muchas gaviotas que son enormes y te miran con ojos enrojecidos y feroces, los desperdicios del pescado se hacinan por los rincones siendo disputados por las aves amarinas y las no menos terribles ratas urbanas, las cuales, para no desentonar en aquel ambiente, lucían tatuajes en las patas, algunas un ojo tapado con un parche, pendientes en las orejas y hasta pañuelo pirata anudado en la cabeza. ¡Vaya, lo que se dice el ambiente ideal para un periquito de buena familia llamado Petrusky y que lo único que deseaba era retornar la estrella de una varita mágica a su legítima dueña, si es que podía encontrarla! La verdad, en ese ambiente patibulario, cualquiera hacía preguntas, porque lo más fácil es que te respondiesen a mordiscos o a picotazos. Desolado, revoloteé sobre el puerto en el cual se anclaban barcos y barcazas. Allí todo era algarabía y gentes de aspecto poco tranquilizador que faenaban, iban y venían entre juramentos y risotadas. Sin saber que hacer en concreto –lo único que tenía claro es que quería alejarme de aquel bullicio-, me detuve en el quicio de una ventana, una ventana oscura y fea, triste, un ventanuco más bien, que daba a cierto callejón sin salida corto y estrecho. Las casas allí, como en el resto del pueblo, eran de piedra, algunas tenían las paredes encaladas y otras no y en todas se respiraba descuido y como una sensación provisional de decorado de teatro lo mismo que si sus habitantes estuvieran de paso, lo que tratándose de gentes de mar, por otro lado, nada tiene de raro. Suspiré de nuevo y ahora preocupado. Lo único bueno que había en aquel callejón que no conducía a ninguna parte, es que estaba vacío aunque no le faltaran las consabidas basuras desparramadas por un suelo de empedrado irregular y el ir y venir de las afanosas y malencaradas ratas que de vez en cuando levantaban la cabeza para observarme con mueca burlona, como quien dice “espera y ya verás” –todas las ratas sólo piensan en lo mismo-. En éstas me hallaba, yo descansando sin saber a ciencia cierta que hacer ni a quién dirigirme que me diese buen resultado, cuando acertó a entrar en aquel callejón un perro, pero,¡alto!, que no se trataba de un cachorro vulgaris sino de todo un magnífico ejemplar de perro de las nieves, de esos que se llaman huskies y que son tan preciosos con sus bellísimos ojos azules –uno posee su sensibilidad-, y ese abrigado pelaje lustroso de brillo plateado –uno también tiene algo de poeta-. Era joven, fuerte y no semejaba temer a nada ni nadie, ya me convenía una compañía así ya.
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