| 5. EL MAGO COSMOGÓNICO (1) | |||
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Empecé
a cantar cerrando los ojos, cuando los abrí era de día y yo volaba por
encima de una pequeña ciudad. Ni rastro de hadas, ¿lo habría soñado todo?
No, creo que no, de lo contrario, ¿qué pintaba yo danzando por aquellos
andurriales desconocidos?
La ciudad, un pueblo grande más bien, estaba bordeado por una sinuosa carretera asfaltada que flanqueaban altos pinos, así que el paisaje no podía ser más real, incluso los automóviles iban y venían por ella y eran modernos ¿eh?: Ford, Renault, Citröen -¡vaya, parece que esté haciendo publicidad!-, bueno, por esta vez no navegaba por cielos de cuento-ficción. Varias golondrinas, que volaban en dirección opuesta a la mía, me saludaron alegremente y yo respondí, porque a educado no me gana nadie. -¡Hola, hola! -¡Hola! -¿Te has escapado de la jaula? -No, ¡que va!, estoy buscando ayuda. -¿Para qué? En el Mundo Real podía hablar sin ningún miedo. -Estoy buscando a un mago. -¿A un mago? -¡Tienes suerte! Mira, en esta ciudad vive un mago. Yo me quedé patidifuso. -¿Un mago? ¿Aquí? Las golondrinas tenían prisa. -Sí... Busca la calle Quinta Mano a la Derecha, nº 19, 3º 1ª... Pero tendrás que pedir hora para que te reciba... Se llama Cosmogónico. A mi me chocó el nombre y exclamé: -¿El mago Cosmogónico? -¿Le conoces?... Sí, es muy famoso. -A él no, pero si he oído hablar de un antepasado suyo, quiero decir, un colega, un tal mago Gerineldo. Las golondrinas rieron mientras se alejaban. -No sabíamos que su abuelo hubiera sido también mago. -No, si no era su abuelo. -¡Adiós, adiós! -¡Chao! ¡Quinta Mano a la Derecha! ¡Vaya una dirección rara, y, ¿por dónde caería?! Lo malo es que yo era nuevo en aquel pueblo, o ciudad pequeña, para orientarme debidamente, pero, sensato que es uno, deduje que las casas de los magos, aun en nuestros tiempos, no pueden ser como las de los otros mortales y fue certero mi instinto, del que me vanaglorio sin ninguna falsa modestia ya que él me resolvió el problema. Volé muy alto y miré hacia abajo viendo lo que tenía que ver, o sea, el techo puntiagudo de una buhardilla en el terrado de una casa de vecinos. Era un tejado raro de color azul grisaceo y deslucido y de una entreabierta ventana salían a raudales burbujitas brillantes que estallaban bajo la luz del sol dejando una luminosa estela como de polvo de cristal, y, ¿quién podía vivir allí si no era un mago? Muy contento por la facilidad con que lo había descubierto, me apresuré a colarme de rondón dentro de la buhardilla. En un principio no vi ni torta, tal era la masa enorme de burbujas que lo invadía todo, luego, y abriéndome paso entre ellas –algunas se reventaron, lo siento-, pude ver, delante de un alambique, como cuadra en cualquier mago que se precie, aquel de quien me habían hablado. Tenía pinta simpática, era bajito, llenito, sin ser ni mucho menos gordo, llevaba gafas, era medio canoso, su nariz respingona y lucía una barba corta también entrecana. Me dio la impresión de que estaba absorto y excitado al mismo tiempo, con lo que se traía entre manos, fuere lo que fuese el tal invento. Vestía una túnica azul noche constelada de estrellitas y en ese preciso momento rebuscaba afanoso en un grueso librote polvoriento, mientras se sujetaba con la diestra el largo gorro. -Buenos días, señor mago Cosmogónico –dije yo cortésmente. A lo que el mago, sin sacar su curiosa nariz de encima del libro, me respondió con evidente distracción: -¡Buenos días, buenos días, has llamado al contestador automático de este número. Ahora no estoy en casa, no obstante, deja tu mensaje y teléfono y en cuanto pueda te responderé. Muchas gracias! Yo me quedé de una pieza; ¡anda la osa con el despistado del mago! Con cautela tiré de la manga de su túnica. -Señor mago, que estoy aquí. Él siguió como si nada. -Vale, vale, ya te he oído... Has llamado al contestador... Decidí ponerme delante de sus gafas. -¡Yujujú, señor mago, que estoy aquí mismo, en persona! Entonces, el mago no tuvo más remedio que verme y abrió unos ojos como platos cuando me descubrió. -¡Anda, pero si es un periquito parlanchín!... ¿Qué haces tú aquí, o mejor dicho, ¿qué quieres de mí? -Necesito su ayuda, señor mago. Y le relaté brevemente el problema en el que me hallaba metido. El mago Cosmogónico me escuchó boquiabierto lo mismo que el que oye hablar al muñeco de un ventrílocuo, y luego que hube concluido, él se sentó dando muestras de estar mareado o algo así. -¡Carape, vaya, vaya, con que existen las hadas y todo eso!... Nunca lo hubiera llegado a imaginar –dijo al final con desconcierto. -Sí, ya sé que cuesta un poco de entender, sobre todo en el Mundo Real. -¿En el Mundo Real?... ¿Sabes una cosa?, es la primera vez en mi vida que me pasa algo semejante. -¡Pero usted es un mago! –protesté. -¡Je, je!... Sí, sí... Pero un mago del Mundo Real... ¿Sabes?, resulta divertido eso del Mundo Real... A veces ni sé ni en que mundo vivo... Además, te diré una cosa, yo soy inventor de profesión y trabajo para una empresa, lo de mago vino después... Un día, rebuscando en una librería de viejo me encontré con un mamotreto lleno de fórmulas mágicas del año del catapún y que se llamaba El Gran Zifhandel y había pertenecido, entre otros, aparte del que le puso el nombre, a un tal mago Serapión, al parecer su último dueño, y, francamente, me interesó... Desde entonces, en mis ratos libres, me subo aquí arriba y practico con los conjuros. Yo me sentí muy decepcionado. -Entonces, ¿lo de mago Cosmogónico? -Naturalmente que es un seudónimo... Ese era el nombre de un antiguo hechicero y como me gustó lo adopté... En realidad él se llamaba Cosmogónicus, lo que yo he hecho ha sido modernizar el nombre. -¡Qué chasco!... ¿Así que usted no sabe hacer magia? Mi exclamación pareció herir su amor propio. -¡Claro que sé, faltaría más!... Siendo inventor profesional no es difícil para mí; la magia y la ciencia se parecen mucho más de lo que la gente cree, lo que sucede es que hoy en día la magia no está de moda. -Pero a usted le da por investigarla. -Recuerda que soy un científico, y, modestia aparte, dicen que muy bueno. Lógicamente tengo que investigar. -¿Y cómo le salen los conjuros? El mago Cosmogónico se rascó detrás de la oreja con aire de perplejidad. -Pues... de aquella manera, unas veces bien, otras no tanto... La culpa la tienen los ingredientes que son rarísimos y vete tú a buscarlos... Por eso la magia antigua es tan difícil de lograr, o si no, Fíjate, ¿dónde puedo encontrar polvo de cuerno de Unicornio Verde, o tres escamas de la cola del Dragón Furibundo? Quién rábanos fritos fuese el susodicho dragón y en dónde quiera que se encuentre actualmente, si es que se encuentra, ¿comprendes? -¡Caramba, si que es dura la vida de un mago moderno! -rezongué con fastidio. Él se animó considerablemente al oírme. -Mucho más de lo que te imaginas, primero las fórmulas, que, por otra parte, son bastante asquerosas de realizar según los ingredientes que necesites y después porque la gente se te ríe en las barbas. -Y eso que es usted inventor. El mago Cosmogónico puso cara de susto. -¡Eh, no lo vayas diciendo por ahí!... Pocos saben que el inventor y el mago sean la misma persona... ¡Estaría apañado si lo supieran; nadie me iba a tomar en serio! -Sin embargo, tengo entendido que es usted famoso como mago. El aludido me miró con sorpresa. -¿Y a ti quién te lo ha dicho? -Si se lo cuento le parecerá fantástico. -¿Más fantástico que estar hablando en estos momentos con un periquito? Tenía razón.
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