4.LAURISILVA (1)

Suavemente descendimos sobre una loma apenas cubierta de arbolado y sí de abundantes zarzales espinosos. Sirinx, el resto de las hadas, Ruky y yo, nos hallamos de pronto frente a un grupo de rocas sueltas que sin haber sido talladas nunca por escultor alguno, recordaban singulares cabezas de gigantes con yelmo o bien formas de animales quiméricos, y, para que resultasen más espectrales, las recubrían líquenes blanquecinos. Bien mirado, aquellas piedras semejaban indicar un camino flanqueándolo. Sirinx, que captó mi asombro, me explicó brevemente:

-El hombre las conoce como Piedras de la Hadas y no sabe lo cerca está de nosotras cuando viene a visitarlas... Sus sabios las denominan restos de dólmenes, menhires, sólo nosotras, y ahora tú, sabemos la verdad.

Una de las más grandes de aquellas rocas, una losa inmensa, se apoyaba sobre la ladera del montículo lo mismo que si fuera una puerta arrancada de sus goznes. Sirinx la golpeó con su varita mágica por tres veces, mientras susurraba:

-Plata y Luna, musgo verde, flor y agua...

¿Era un conjuro o una contraseña?

Y la roca se abrió, como una goma que se estira y vimos ante nosotros unos peldaños monstruosos, una auténtica escalera de gigantes, toda labrada en bloques de basalto blanco, mas ninguno la utilizó –no entiendo ni siquiera para que se habían hecho si las hadas no los necesitaban-, ya que todos bajamos prácticamente volando.

¿Habéis oído hablar alguna vez de las geodas? Pues las geodas son unos pedruscos muy feos por fuera, que al partirse descubren un maravilloso interior hecho de cristalizaciones de piedras semi preciosas, ¿os habéis situado ya?, mejor, porque así podréis entender que es lo que yo vi cuando dejamos atrás la escalera de los gigantes. Era igualito que si estuviéramos en una geoda de enormes proporciones, y recordé, sin haberlo visto nunca, el palacio de Olwen cuya descripción me fuera hecha –y vosotros no habréis olvidado si leísteis ya el primer libro de mis aventuras, o sea EL GATO CON GAFAS-, sólo que aquí no había estalactitas siniestras sino cristales como de amatista, increíblemente luminosos y alegres, que todo lo llenaban decorándolo al mismo tiempo y de esta forma eran muebles, componían avenidas e incluso extraños y feéricos jardines en los que sus míticas flores no desprendían fragancia alguna pero cuya belleza deslumbraba. Y allí también había muchas hadas y elfos y algún que otro duendecillo con la misma pinta que Ruky, y, al fondo, en un trono resplandeciente, que era en sí mismo una geoda convertida en tal, estaba la Reina de las Hadas en persona.

¡Rabicuéncanos, al llegar a este punto si que me faltan las palabras!

Yo creía que después de haber visto a Falena y a sus compañeras, nada podía existir de más hermoso, pero me equivocaba porque su reina era una criatura de hermosura indescriptible, toda luz y gentileza. Casi se me cortó la respiración al contemplarla, sin embargo, la reina estaba triste y de sus bellísimos ojos negros brotaban lágrimas que automáticamente convertíanse en piedras preciosas y eran recogidas por unos enanitos que se dedicaban a guardarlas en cofres tallados en cristal de roca.

Sirinx se acercó respetuosamente a su soberana musitándole algo en el oído entonces la reina levantó la cabeza y me miró por primera vez, a la que yo, muy impresionado, bajé la vista al suelo sin saber que es lo que debía hacer ni de que manera comportarme delante de una soberana como aquella.

Alguien me dio un golpecito en el ala y, muy mosqueado, vi con el rabillo de ojo a Ruky que me hacía guiños indicándome algo.

-¿Qué quieres?

-¡Acércate, hombre, bueno, periquito, acércate, Laurisilva va a hablar contigo!

-¿Quién es Laurisilva?

-¿Quién va a ser, tonto? ¡Es la Reina de las Hadas!

Avancé un poco a trompicones en tanto escuchaba la dulce voz musical de Laurisilva, quien, efectivamente, me invitaba a aproximarme.

-Se bienvenido, valeroso periquito, al Reino de las Hadas. Me acaban de decir que has arrostrado los mil peligros de la noche oscura con tal de encontrar a Negri, el gato que según crees se ha vuelto a llevar la estrella de mi varita mágica al suponer que pertenece al firmamento.

Como al hablar, la reina me tendía graciosamente su mano, yo recobré la confianza y eché a volar hasta posarme en ella. 

-Majestad majestuosa... –ignoraba como dirigirme a una soberana, se nota, ¿no?- Bueno, , vaya, es que no estoy muy habituado a tratar con la realeza... Yo, ejém... Sí, eso es, en efecto... Y me perdí y no sé dónde está Negri... Lo malo es por si la estrella se vuelve a extraviar, así es que tenemos que encontrar a Negri cuanto antes... Creo que en este terreno Glagól nos pisa los talones.

Un murmullo asustado recorrió las huestes de las hadas. Laurisilva llamó a la calma con un breve gesto de su mano libre y me sonrió -¿os había dicho ya lo maravillosa que puede ser la sonrisa de un hada?-.

-Petrusky... ¿Es este tu nombre, ¿verdad?... No temas, si Glagól, como tú afirmas, nos pisa los talones, nadie debe asustarse ahora que todos sabemos que Negri es el portador de la estrella. Puede que el mago y nosotras sigamos la misma pista, pero le llevamos ventaja, aunque el tiempo apremie, o sea, ruego en general, que ninguno de los aquí presentes pierda la serenidad.

Se levantó de su resplandeciente trono de gemas semi preciosas.

-Ven Petrusky –me dijo-, quiero presentarte a alguien.

Las hadas abrieron filas y yo avancé con la reina muy satisfecho y orgulloso de la distinción que me otorgaba llevándome en su diestra.

(¡Quién te ha visto, Petrusky, y quién te ve!)

No mucho más lejos del magnífico salón del trono, en una estancia adyacente y al cuidado de otras hadas, se hallaba el personaje que iba a serme presentado. Sirinx, que nos precedía, se aproximó al círculo que formaban sus compañeras y la vi inclinarse sobre algo y acariciarlo.

Laurisilva me explicó:

-Fue ella quien dio con él en el bosque, permanecía cogido en una trampa, con la pata de atrás rota; sufría mucho el pobrecito.

Entonces, se trataba de un animal.

-¿Obra de Glagól?

Una sombra de tristeza se esparció por el rostro de la Reina de las Hadas.

-No, que sepamos, los brujos utilizan otros medios. Fue cosa del Hombre porque hay seres humanos muy malos, Petrusky, hombres a los que les gusta matar y destruir invocando razones que no tendrían que convencer a nadie.

Yo quise defender a los que me eran tan queridos.

-Papá, Mamá, la Niña...

Laurisilva me miró con sus profundos ojos negros, tan parecidos a los de una mariposa.

-Lo sé, son humanos, pero buenos... Desconoces la suerte que has tenido, Petrusky, en encontrar a esas personas tan bondadosas... Ya existen también, pero no abundan.

Sirinx volvió su rostro hacia nosotros, se la veía contenta.

-Se encuentra mucho mejor, ya no delira, pero sigue muy débil.

Sirinx se apartó y yo alargué el pescuezo con curiosidad... quedándome congelado de espanto ante lo que vi. Allí, y sobre un aromático lecho de plantas del bajo bosque, romero, tomillo, menta, lavanda y etc., descansaba el gatazo más grande y terrorífico que yo habría podido ver en todos los años de mi vida.

No, no era precisamente Lilí, chatilla, graciosa y enredadora, ni Negri, rechonchito, bien educado y marrullero “eso” era un gato que parecía un tigre por lo menos –bueno, quizá no tanto-, de pelaje espléndido y tornasolado, con una cara redonda y muy ancha, de duros bigotes, frondosas patillas y enhiestas orejas móviles que concluían en una especie de plumoso pincelito. ¿De dónde había surgido semejante bestia apocalíptica? Comunicaba la impresión de estar adormilado, pero cuando nos sitió llegar abrió los ojos y yo casi me atraganto del susto y eso que no comía nada... ¡Qué ojos!... ¡Qué miedo, eran enormes!... Oblicuos y amarillos, y no digamos de las fauces, porque hizo una mueca al verme –yo no diría que fuese una sonrisa-, y mostró unos olmillos que recordaban lanzas bengalíes; eran agudos, marfileños y poderosos.

Con su fina percepción de hada, Laurisilva captó enseguida el cangueli s que se había apoderado de mí, y dándome un beso en la cabeza me dijo tranquilizadora:

-He aquí a nuestro amigo Bor, el lince.

A mi me salió un hilo de voz bastante ridículo.

-¿E... l....lInCe... UnNN... LiNcEE... ¿eL LinCE QuuE... ¿

La Reina d las Hadas sonrió con indulgencia.

-No, precisamente, todo lo contrario, ya que él, Bor, nos ha hablado del otro lince.

 

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