| 1. NEGRI (1) | |||
|
|
|||
|
Ejém, soy yo otra vez, Petrusky, y parece que fue ayer, ¿verdad?,cuando os relataba mis aventuras en el País del Cuadro Encantado, pero volví, como ya sabéis muy bien, y aquí estoy de nuevo y no con ganas de mantener el pico cerrado, porque me digo ahora mismo que todos vosotros estaréis preguntándoos que qué ha sido del bueno de Petrusky, qué cómo le va la vida, ¿se hizo al final amiguito de Lilí? En fin, cosas que son de vuestro interés dado que seguisteis con mucha atención mis primeras aventuras. Pues sí, claro, faltaría más, hay noticias que daros y otra historia maravillosa que relatar al personal. ¿Iba yo a estar dispuesto a enrollarme en plan paliza sino?... Conque, ¡venga!, tomad asiento en la más cómoda butaca que tengáis, mejor todavía, con una bolsa de palomitas entre las manos y escuchad, queridos amiguitos, ya que como os prometí al final de EL GATO CON GAFAS, este cuento NO se ha acabado... por ahora, y, poniéndome al día, tal cual aseguran en los telefilms norteamericanos: To be continued... ¿Qué sucedió después de mi vuelta a casa? Que todo fue como mamá había dicho o imaginado, o como Lilí, con sus innegables poderes mágicos, le había sugerido telepáticamente en la escena final del cuento -y le llamo cuento porque somos animalitos que hablan y eso sólo pasa en los cuentos, dicen-, sí, nos hicimos amigos, claro que, por mi parte al menos, con cierta prevención; eso de que un periquito y un gato se hagan íntimos, la verdad... Pero debo reconocer que Lilí lo intentó con muy buena voluntad, luego de demostrarme ampliamente lo efectivo de sus poderes, y en esto no hay discusión ya que me había convencido, no me humilló con su manifiesta superioridad, lo cual es muy digno de agradecer, sino que empezó a portarse conmigo como una hermana mayor bien que un poquito empalagosa y en ocasiones hasta súper protectora, conducta que no dejaba, a veces, de fastidiarme, pero, ¡qué se le va a hacer, no todo es perfecto, aunque debiera! Papá me compró la pajarera prometida, dentro de la que yo podía hasta volar, no mucho, pero sí más que en mi anterior residencia, circunstancia que resultaba mogollón divertida. Mamá escribió ese cuento que vosotros, si sois amigos míos, tenéis que haber leído ya –por supuesto EL GATO CON GAFAS, chapeau a Lilí, y que además, Mamá pensaba enviar a la convocatoria del Premio Internacional de Literatura Infantil Pulgarcito en el Bosque-, la Niña me dedicó una composición titulada A TRAVÉS DEL CUADRO, y yo era muy feliz, ¿podía ser de otra forma?, al comprobar como todos me querían y agasajaban. En medio de tanta dicha creía, inocente de mí, que la vida aventurera ya había tocado a su fin y que sólo me restaba envejecer con alegría y dignidad mientras recordaba satisfecho y un pelín nostálgico, a mis queridos amigos del País, o Mundo, como prefiráis llamarlo, del cuadro, mas, ¡craso error!, se ve que todavía era demasiado joven como para oxidarme en mi preciosa pajarera. Dejadme que os explique. Luego de mi vuelta transcurrieron algunos meses, engordé un poco y Lilí se hizo más mayor, cosas, por otro lado, que no son para sorprenderse; yo me pasaba comiendo, la Niña me atiborraba de golosinas, y Lilí, por ley de vida, estaba convirtiéndose en lo que en términos humanos denominaríamos “una linda jovencita” o “está pasando la edad del pavo”, lo cual significa que Lilí cada día se ponía más guapa -¿no resulta extraño oírme hablar a mi en éstos términos?-, y también estaba un poco, ligeramente, tontita, no conmigo, debo admitirlo, sino con ella misma. Era como si en ocasiones estuviera en la higuera y no se diese cuenta de nada, distraída, comentaba Mamá y desde luego que esa impresión transmitía, lo que no dejaba de ser raro en una gatita tan avispada como ella. Lilí había cogido la costumbre de venir cada tarde a primera hora, sentándose sobre un cojín que previamente tiraba al suelo desde el sofá, para contarme sus andanzas mañaneras y como tenía ingenio y era socarrona, sus historias resultaban de lo más entretenido por más que yo la fuese pinchando de vez en cuando o me metiera con ella polémico, en recuerdo de los viejos tiempos, claro que en ocasiones, de broma en broma, concluía enfadándome para gran regocijo de Lilí, que entonces me llamaba “el cascarrabias de Petrusky”, levantaba su rabito haciéndole adoptar la forma de un signo de interrogación y se alejaba tan pancha dejándome con mi rabieta hasta que se me pasara. Una tarde, Lilí me dijo algo que no me gustó nada, nada, nada. -¿Sabes?, tengo un amiguito nuevo –informó dándose importancia. -¿Otro erizo? –respondí malicioso ya que existía una anécdota que se remontaba a sus tiempos infantiles, cuando Lilí quiso jugar con un erizo que encontró en el jardín y éste se hizo una bola da púas saliendo ella bastante mal parada del lance. Lilí torció el morrito, solía ser muy susceptible a esa evocación. -Nada de erizos, se trata de uno de mi misma especie. A mí se me pusieron las plumas de punta. -¡Otro gato! -No berrees Petrusky, ¡ni que fuera la peste bubónica!... Sí, es otro gato... No hay para ponerse así, me parece. -¿Y dónde demonios lo has encontrado? -En ningún demonio –protestó Lilí con fastidio-, es un gato vecino... Bueno, vive un poco lejos de aquí, es verdad, en una granja, al otro lado del pueblo, en pleno campo, más o menos como nosotros. -¿Tan lejos te has ido?, anda que si se entera Mamá... -No me he ido lejos, tonto, él pasaba por aquí y nos hemos encontrado. Yo empezaba a mosquearme. -¿Y a qué pasaba? -¿Cómo quieres que lo sepa?... Pasaba, eso es todo, a ver si te crees que se va por ahí preguntando a la gente por qué hace las cosas, eso sería de mala educación, y yo no soy una fisgona y sí... -... una gatita muy bien educada. -Eso mismo, Periquito azul australiano. -Vale, continúa y ves al grano que siempre te pierdes en los adornos. -Impaciente... Bueno, mira, Negri, se llama Negri... -¡Apuesto a que es negro! –exclamé triunfalmente. -¡Qué listo, claro que es negro, llamándose así tenía que serlo, ¿no? Pues Negri es algo más mayor que yo y tiene un cargo muy importante en la casa donde vive... -¿Qué hace, trabaja con ordenadores? –interrumpí socarrón. -¡Ay, Petrusky, deja de interrumpir! –y Lilí se puso a enumerar las virtudes de Negri con manifiesta admiración- Negri se encarga de espantar a las ratas de la granja para que no se beban la leche de las vacas, ni el queso, ni se coman a los pollitos, ni roben los huevos, ni muerdan a los niños mientras éstos duermen, ni... Muy amostazado farfullé: -¡Vaya, algo así como un Robocop en versión gatuna! -¡Huy, ves demasiada televisión tú! -Y usted lee demasiados cuentos de hadas. -¿Qué quieres decir con eso?... Está bien, prosigo, Negri... -Le vas a gastar el nombre. Picándose como una mona, Lilí chilló: -¿Se puede saber de qué otra forma le he de llamar? -El gato vagabundo ese. Ella explotó. -¡Negi no es un gato vagabundo, trabaja en una granja y le tienen en muy alta consideración! -Sí, le van a nombrar gato del año, o, mejor, le darán el premio Flautista de Hammelin. -¡Oh, cállate, eres insoportable! -De acuerdo, me callaré. Va, cuenta. Lilí se calmó un poco, nunca la había visto tan molesta por mis bromas, porque que quede claro que yo estaba bromeando, ¿eh? -Te advierto que si vuelves a soltar otra inconveniencia no vendré a verte en una semana... Bueno, pues Negri... ¡Negri, Negri, Negri, ¿te enteras?!... Negri andaba paseando por el bosque, es un gran amante de la naturaleza... -¡No me digas! -¡Petrusky! -Cierro el pico. -Más te vale... Bueno, pues nos hemos encontrado. Realmente es el primer gato que conozco en carne y hueso, antes sólo los había visto en los libros y en la tele... –a Lilí el veterinario la venía a visitar ahora a domicilio- Negri es sensacional, ya verás, te gustará cuando lo conozcas... -¡Ah, pero, ¿es que voy a conocerle?! –exclamé sobresaltado. -Por supuesto, a mí me agrada que mis amigos sean amigos entre sí. ¡Tierra, trágame! -¡Oye, Lilí, bromas aparte, si ese Negri viene aquí lo más seguro es que practique sus artes cinegéticas conmigo... Tú sabes que los gatos... Lilí me miró de través. -¿Qué pasa con los gatos? -No te ofendas, tú eres otra cosa –exclamé apaciguador-, ya me lo has demostrado “con harta largueza” ¡caray!, pero Negri no tiene porque poseer tus cualidades. -¿Tú que sabes? -Anda, no me querrás decir ahora que el dichoso Negri es un mago encantador... ¡Pues vaya con esta generación de gatos! Los ojazos de Lilí se convirtieron en dos aviesas líneas oblicuas. -Si yo fuera una mentirosa te diría que sí para cerrarte el pico, pero, como no lo soy, no te lo diré... Negri es normal, es un gato sin poderes y muy simpático, para que te enteres, y muy valiente porque espanta ratas y muy listo porque es un experto en supervivencia. Tienes que saber que antes de vivir en la granja llevó una existencia de lo más azarosa... Una vez se enfrentó a un lince y en otra a un hurón, y... Lilí hablaba con verdadero entusiasmo de su nuevo amigo y yo empecé a considerar las cosas desde otro punto de vista y debo reconocer que me sentí un poquito celoso de aquella especie de Rambo felino, y no precisamente por sus heroicidades. Paternalmente, nadie me había pedido que adoptase ese papel, le largué un sermón a mi traviesa compañera. -Mira Lilí, todo eso me parece muy bien, pero ve con cuidado. Quizás el tal Negri no es más que un bocazas sinvergüenza y buscavidas que se ha quedado sin casa y busca un nuevo hogar. Tú eres una ingenua gatita, por muy brujilla que seas y ese fanfarrón matasiete espanta ocho, tal vez no sea más que eso... Te lo digo por tu bien, créeme, ahora no estoy bromeando, ni mucho menos. Lilí me miró enfurruñada. -Sé perfectamente lo que me hago, y sí, como afirmas, soy brujilla, comprenderás que no soy tan tonta como para dejarme engatusar. Suspiré con infinita paciencia, mi amplia cultura televisiva me traía a la memoria cierta película protagonizada por Kim Novak y James Steward, en la que también salía un gato, siamés por añadidura y mágico. -Lilí, Lilí, ¿es qué no sabes lo que les pasa a las brujas cuando se enamoran?! Lilí soltó un bufido, brincó, arqueando el lomo, mientras los pelos del rabo se le erizaban. -¡Eso no es cierto, yo no estoy enamorada de nadie, eres un bicho sin sentido común, un cascarrabias y tienes envidia de que me haya hecho amiga de Negri, eso es... Para que te empapes, Negri y yo sólo somos buenos amigos! Aunque en el fondo había algo de verdad en sus palabras, insistí llevado de los más loables propósitos, y terco como una mula. -Es por tu bien, Lilí, yo solamente lo advierto, puedes perder tus poderes si te enamoras. Creí que a Lilí le iba a dar un ataque; los ojos le echaron chispas –gato tenía que ser-, y con un ágil movimiento, saltó al alfeizar de la ventana del mirador y luego al jardín, la escuché maullar a lo lejos y pude sentir como Mamá le decía a Papá en el interior de la casa: -Desde hace unos días, Lilí está muy nerviosa... No sé lo que le sucede. Y Papá: -No te preocupes, será la influencia de la primavera. Yo no sé si era la influencia de la primavera, que, por otra parte, ya tocaba a su fin, o qué, pero el caso es que Lilí no era la misma de siempre. Como suelen hacer los humanos, yo también tendía a echarle las culpas de su conducta a ese Negri que en mala hora topó por el bosque, y entonces, queriendo ayudar, hice algo que consideré muy inteligente: debía conocer a Negri –por mucho que me repatease-, debía hacer que Lilí le trajese a casa, debía conseguir que Mamá le viera, pues si la estratagema daba resultado, Mamá ahuyentaría a Negri, impidiendo que Lilí se volviese a relacionar con él, y de nuevo las cosas estarían igual que antes, o sea, en orden. Muy satisfecho con mi maquiavélico plan, me apresuré cuanto antes a ponerlo en práctica y así se lo dije a Lilí apenas la volví a ver por el mirador, que fue muy pronto. -Oye, creo que me porté mal contigo respecto a ese... A Negri, quiero decir, porque si no le conozco no sé por qué tengo que preocuparme tanto y encima criticarle. Una radiante Lilí me interrumpió más contenta que unas pascuas: -Eso se arregla enseguida, mañana le traigo y así le conocerás, seguro que os hacéis de lo más amigos. (¡Qué te crees tú eso!... Pensé yo mientras adoptaba un aire de seráfica inocencia).
|