| LOS PRIMITOS DE ÁFRICA | |||
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VII LAS MASCOTAS CONOCEN A OSCAR -Hacía mucho sol y aunque me resguardaba bajo una preciosa sombrilla estampada con rosas rojas, lucía además, un gran sombrero amarillo de paja, todo lleno de hojas de hiedra artificial, para protegerme aún más si cabe, de sus rayos, porque os aseguro que picaba de lo lindo; también llevaba unas enormes gafas de montura rosa y cristal ahumado violeta, mi mejor vestido de verano, todo blanco, adornado con encajes de ganchillo, tiras bordadas y tapapuntos, además lucía un inmenso cesto de palma verde y tres pulseras de latón dorado que me acababa de comprar en un puesto, ¡ah!, y en los pies, que me olvidaba, unas sandalias bordadas con pedrería de lo más brillante... -¡Que... -... guapa! -exclamaron Mimí y Michi deslumbradas ante tanto esplendor. -Sois de lo más amable... Si, en efecto, iba muy guapa y las gentes no paraban de mirarme con la boca abierta, sobre todo los turistas... Pero, bueno, no vamos a hablar de mi ahora, luego no digáis que yo me pavoneo como Poppy... -¡No! -¡No! -¡No! -Vale, vale... Como os iba diciendo, paseaba por entre los puestos muy contenta, en medio de aquel ambiente festivo caldeado por el sol del verano y que olía a mar y a golosinas, cuando, hete aquí, que veo una caseta de tiro al blanco y a varias personas disparando, sin acertar unas y las otras si... A mí no me gustan las armas y los disparos, pero allí, no haciendo daño a nadie, era diferente. Me detuve a contemplar como se afanaban los concursantes en dar al centro de la diana y me dije que sería divertido probar por más que nunca en mi vida lo había hecho. Me aproximé porque un señor había ganado e iba a dejar su espacio vacante, cuando vi a Oscar entre los muñecos de peluche que aguardaban pacientemente convertirse en premio. Oscar resultaba indescriptible ya que no se parecía a nada que yo hubiera visto en mi vida, era un bicho rarísimo y bastante feo y entonces me di cuenta de que estaba cubierto de polvo en contraste con los otros trofeos, lo que me dio en pensar que nadie había querido nunca recogerle prefiriendo, con mucho, los graciosos ositos, conejitos y perritos de peluche que llenaban las estanterías. -¡Pobre Oscar! -se compadeció, enternecida, Topsy. -¡Bah -refunfuñó Pulgas-, sólo se trataba de un muñeco! -Desde luego, Pulgas, se trataba de un muñeco de peluche ni más ni menos, un muñequito manoseado de tanto ir de feria en feria y que finalmente acabaría tirado en una caja de desperdicios entre un montón de trastos viejos e inservibles, pero, ¿qué quieres?, me dio pena el pensarlo y me dije, ojalá acierte en el blanco y entonces le pediré al dueño de la caseta que me lo de. -¡Y acertó! -intervino Puchi-Puchi que había permanecido respetuosamente callado todo el rato. -Sí, acerté y entonces me iban a entregar un osito como premio y yo elegí a Oscar. -¿De que raza son los bichos que se llaman oscar? -quiso saber, intrigado, Punto. Tigre se echó a reír a la manera de los gatos, o sea, revolcándose por el suelo y moviendo frenético el rabo, mientras Pulgas exclamaba: ¡Puaf!, y Copy disimulaba lamiéndose una pata. Puchi-Puchi volvió a tomar la palabra. -No es ninguna raza, Punto, Oscar es un nombre. -¿Un nombre? -se maravilló el gatito. -Si, un nombre, Punto, el nombre que yo le puse al muñeco... Aquí lo tenéis... Y en diciendo estas palabras, la señora Escarola se sacó de un bolsillo del inmenso delantal de cocina a cuadritos blancos y azules, que llevaba en esta ocasión, un pequeño muñeco del tamaño de esos que suelen colgar frente al parabrisas de los coches. Mimí y Michi maullaron de gozo al verle y se aproximaron cautelosamente para olisquearlo. Realmente, debo deciros que Oscar era cualquier cosa menos bonito, y, además, se trataba de un bichejo de lo más inclasificable en cuanto a especie, para mí que lo confeccionaron con un retal de peluche sobrante y que quien se dedicó a hacerlo no sabía nada de zoología; tenía orejas de conejo, morro de oso y el cuerpo larguirucho de un perro de cómic, ¡ah!, y a todo eso, su pelaje era de un verde rabioso. El pastor alemán, muy serio, comentó: -Parece un loro, bueno, mejor un marciano. -¡Es divertido! -maullaron a coro Mimí y Michi. Puchi-Puchi no dijo nada. -¡Caramba! -exclamó Copy. -¡Miau! -hizo Tigre. Pulgas lo miró pensativo. Topsy dijo: -¡Pobrecito, que pena! Y Punto se quedó sentado contemplándole con la boquita abierta. Glafira, de quien nadie se acordaba en esos momentos precisamente, hizo su aparición cotilla por la misma ventana de la cocina, ya que reventaba de curiosidad, y no creo que fuese para menos, ¿verdad que sí? Puedo aseguraros de que ninguno de los allí presentes se dio cuenta de que la urraca estaba fisgoneando entre las cortinas de la ventana hasta que ella misma se delató porque no sabía tener el pico cerrado. -¡Vaya bicho, que horror, si parece una lechuga con patas! Copy y Tigre saltaron en dirección a Glafira, como dos centellas gatunas. -¡¡Y tú un plumero del todo a 100, entrometida!! Pero Glafira levantó el vuelo rápida mientras graznaba burlona: -¡No me cogeréis, no me cogeréis! Los dos felinos se quedaron burlados, los hocicos recortándose sobre el cielo, mientras contemplaban por la entreabierta ventana como se alejaba aquella urraca curiosa. -Dejad en paz a Glafira -amonestó la señora Escarola-, ella no puede ser de otra manera a como es, y venid aquí que todavía tengo que concluir la historia de Poppy y sus primitos de África. Tigre y Copy abandonaron la ventana chasqueados al no haber podido atrapar a la urraca a quien se la tenían jurada, aunque como ambos eran de buena pasta, seguro que cuando tuvieran un encuentro con ella todo se reduciría a alguna que otra pluma arrancada en plan escarmiento y poco más. -Habíamos quedado en que, por aquellas fiestas -prosiguió la señora Escarola-, llegó un circo al pueblo, y era un circo muy importante con jirafas, cebras, elefantes... y leones y tigres... Ella hizo una pausa intencionada y sus visitantes exclamaron alborozados, pues acababan de comprender: -¡Los primitos de África!
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