| LOS PRIMITOS DE ÁFRICA | |||
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1 LA SEÑORA ESCAROLA Aquel otoño, la señora Escarola se instaló en el pueblo, alquilando como vivienda una estrecha casita gris oscuro de tres pisos y techumbre de tejas anaranjadas, muy antigua, que, emparedada entre dos edificios de construcción moderna, aunque ya contaran sus buenos 50 años el uno y 38 el otro, estaba prácticamente en las afueras de la villa, lo que a ella le venía muy bien, por más de un motivo que luego sabremos. Parecía la casita de una bruja, y en la planta, que la señora Escarola había convertido en tienda, sobre el marco de la puerta de entrada, había colocado, no sin esfuerzo, un cartel que anunciaba en grandes caracteres: LAS BUENAS HIERBAS CURATIVAS DE LA SEÑORA ESCAROLA Cartel que, si no tenéis mala memoria, aun recordaréis por haberlo leído en El misterio de los gatos azules, justo cuando el cuento concluía. La señora Escarola era fitoterapeuta, que quiere decir persona que cura por medio de las hierbas, y, lógicamente su negocio iba de eso. Lo único, que, la buena señora, era un rato estrafalaria y llamaba la atención más de lo debido, lo cual, por otro lado no perjudicaba su trabajo en absoluto, ya que, apenas se hubo instalado, le empezó a ir la clientela como las moscas vuelan a la miel. Cosa que estaba la mar de bien para ella, puesto que con esa intención había ido a establecerse en nuestro pueblo aunque ya teníamos muchas más tiendas de hierbas, pero la de la señora Escarola, por ser la última, estaba en el candelero de la más rabiosa actualidad, o sea, de moda. Todo el mundo la mencionaba por las mil cosas que sabía hacer pues decoraba espejos con lazos, salvia y espigas, sombreros con flores secas, tarjetas con flores prensadas, cestitos con flores y hierbas frescas, elaboraba guirnaldas de flores entretejidas, ramos de flores secas, y tónicos, lociones, pomadas, colonias, aceites, bálsamos, ungüentos, todo eso sin olvidar sus maravillosos remedios curativos a base de hierbas, que tan bien iban para la salud, y, aparte, en un más a más delicioso, que obligaba al pueblo entero a deshacerse en alabanzas, estaban los sabrosísimos pasteles que la señora Escarola cocinaba ella misma y que luego vendía al público. Eran los pasteles y tartas más ricos que nadie había probado nunca, y muchas amas de casa pretendieron en vano sonsacarle la fórmula, pero fue inútil. La señora Escarola, muy amable, sonriendo siempre, aseguraba que no tenían ningún secreto y que, si lo había, debía tratarse de la mano que los hacía, porque, agregaba: cada repostero es una mano diferente, y como nadie entendía muy bien sus palabras, todas las curiosas se quedaban sin saber que responder. Tanto jaleo organizado alrededor de la señora Escarola, tenía que llegar a todas partes, como es natural, y las mascotas del pueblo no fueron las últimas en enterarse precisamente, ni mucho menos la urraca Glafira, ella, que era la primera en meter el pico donde nadie la llamaba, y, siguiendo sus inveteradas costumbres, empezó a contar cosas raras, de las que, afortunadamente, y después de lo sucedido con los gatos azules, nadie hizo caso, porque si no ya la tenemos nuevamente armada. -¡La señora Escarola es una bruja! -Vale, vale. -¡La señora Escarola tiene un libro de fórmulas mágicas y hace hechicerías! -¡Mira por donde! -La señora Escarola... -Si, claro. Y Glafira se alejaba volando muy enfadada. Puchi-Puchi, igual que el resto, estaba de lo más intrigado acerca del nuevo personaje que había ido a vivir a nuestro pueblo, y, como era, ya lo sabemos, muy decidido, sin pensárselo dos veces, luego de haber probado en varias ocasiones pedacitos de tarta o pastel made in Escarola comprados por la madre de su amito, tomó la iniciativa de ir a visitarla, no sin antes, claro, haber sido asesorado convenientemente por sus amigos Tigre y Copy, quienes en sus gatunas correrías, pues ¿quién es más libre que un gato?, ya se habían acercado hasta el patio trasero y jardín, de la señora Escarola. -La ventana de la cocina da al patio, y no sabes lo bien que huele lo que se guisa allí... -Creo que me vio la otra tarde, aunque yo a ella no, porque al día siguiente me encontré con un tazón de leche cremosa y un platito de bizcochos troceados, colocados allí mismo, donde yo había estado espiando... -Yo sí la he visto y fue en el bosque, mientras recolectaba hierbas que nunca me hubiera pensado que podían servir para curar a las personas. Me descubrió subido a un árbol, sonrió, y me dijo muy simpática: -¡Hola, gatito rubio! Tú eres Copy, ¿verdad? -Te debiste quedar de una pieza. -Claro que me quedé de una pieza, no sabía que le hubiesen hablado de mí. Escuchando todos aquellos portentos, Puchi-Puchi sintió que sus patitas estaban impacientes por recorrer el camino que conducía a casa de la señora Escarola, y fue. Era una tarde preciosa, dorada, con las hojas de los árboles que, al caer sobre el suelo, iban preparando su manta de invierno, y no hacía frío pareciendo más un día de primavera que no de otoño. El cielo era intensamente azul y el aire muy limpio y agradable. Puchi-Puchi saltó la valla y atravesó la distancia que le separaba de las afueras del pueblo, por cierto muy próximo a la zona residencial, yendo por el camino más corto, tal y como se hace siempre en los cuentos, y tropezándose en el camino con alguna despistada mariposa nacida a destiempo, con el erizo señor Hortepla, y con varios ratones campestres que le hicieron burla entre chillidos estridentes de: ¡perrrito, perrrito, rrito, rrito! No tardó mucho en llegar a casa de la señora Escarola, y eso en parte fue debido a que le guiaron los efluvios que surgían de la ventana de su cocina, algo riquísimo que no sabía muy bien clasificar. Puchi-Puchi se coló lindamente en el patio-jardín, porque allí la puerta de la cerca no estaba cerrada sino abierta de par en par como una sonrisa de bienvenida, y escabulléndose por entre las plantas, (colocadas todas en tiestos y jardineras), arriates de crisantemos por aquello de la temporada, Manzanilla, Tomillo, Menta, Albahaca, Toronjil y otras, de las variedades curativas en su mayoría, se aproximó de puntillas a la ventana de la cual se escapaban los vapores fragantes de la canela, el limón, la manzana asada, el derretido azúcar moreno, las natillas, la mermelada, y el chocolate. ¡Huuuummmm, exquisito! Se encontraba olisqueando fascinado, mientras la boca se le hacía agua, cuando una voz amable que surgía también de la cocina, como otro perfume más, dirigiéndose a él le interpeló: -¿Por qué no entras? La puerta no está cerrada con llave. Puchi-Puchi, sobresaltado, dio un respingo mirando hacia atrás, ya que pensaba que la voz le hablaba a otra persona. -No, no, eres tú, perrito yorkshire... Es a ti a quien hablo. Ahora le tocó el turno a él de quedarse de una pieza, ya que la señora Escarola no le podía ver, resultaba imposible, y sin embargo sabía perfectamente que Puchi-Puchi estaba allí. Nuestro amiguito se quedó sin saber que hacer; no es nada lógico que una persona le hable así a un animal, sea mascota o no y, entonces, la señora Escarola en persona, salió de la cocina al patio. Como Puchi-Puchi no la había visto antes, se quedó boquiabierto ya que ella se apartaba del modelo acostumbrado de señora. Llevaba un sombrero bombín, blusa azafrán, un chaleco de tapicería, todo lleno de hojas verdes y flores de color de rosa y azul, bordadas, un enorme delantal a cuadritos rojos y blancos, una falda negra de terciopelo, medias de lana rayadas horizontalmente, en amarillo y turquesa, y unos zuecos auténticos de madera, de esos que en otras épocas llevaban las lecheras. Pero tenía una cara muy sonriente y, sobre todo, bondadosa. -¡Hola, Puchi-Puchi! ¿Ya has venido? Hace tiempo que te esperaba. -¿A mí? -pensó el animalito desconcertado. -Claro, Puchi-Puchi, precisamente a ti. Puchi-Puchi, se quedó como el que ve visiones. ¡La señora Escarola, le había leído el pensamiento! -¿De qué te sorprendes? -preguntó amable la buena mujer. Puchi-Puchi ladró hablándole al estilo perruno pues estaba seguro que ella le entendería. -¡Guau. Guau, grrrr! -¡Ah, vamos! ¿Con qué es eso? ¿Qué yo soy una persona y tú un perrito y no hablamos el mismo idioma? Es decir, que yo no te puedo comprender por esta razón. -¡Guau, guau! -¿Si?... Puchi-Puchi, ¿no te das cuenta que sé lo que me estás diciendo?... Anda, entra adentro de la cocina, que hoy tengo mucho trabajo porque estoy preparando los encargos de pasteles que mañana he de llevar el mercado... Mira, si fueses un burrito, me ayudarías cada jueves, pero como no lo eres... Anda, entra sin miedo... ¿Acaso no te han dicho Copy y Tigre que soy muy sociable? Puchi-Puchi, derrotado, bajó la cabecita entrando obedientemente en la espaciosa cocina de la señora Escarola. Una cocina embaldosada de azulejo amarillo y naranja, con muebles de madera, encimera, vitrocerámica y un gran horno eléctrico. Era igualita a una cocina de esas que se ven en las revistas de decoración que ojeaba la mamá de Tomasín, muy aficionada a hacer, de vez en cuando, obras en su casa, y no pegaba nada con el edificio de tres plantas en el que vivía la señora Escarola. Puchi-Puchi se dijo: -Si la casa es tan vieja por fuera, ¿cómo es tan nueva por dentro? -Porque mandé hacer algunos arreglos, amiguito. Puchi-Puchi no se lo pensó dos veces. -Señora Escarola, ¿es usted una bruja de verdad? Ella se echó a reír de buena gana. -Puchi-Puchi -repuso cuando cesaron sus carcajadas-, soy tan bruja como tú... -¡Yo no soy ningún brujo! -No te ofendas, pequeño amigo, lo que quiero decirte es que no soy ninguna hechicera de esas de cuento... -Pero usted y yo hablamos y eso no lo hacen los seres humanos con sus animales. -No, no lo hacen y es una pena, de veras, porque si quisieran podrían, igual que san Francisco de Asís, ¿sabes?... No, no sabes. El yorkshire se sentó sobre sus cuartos traseros, muy seriecito. -¿Cómo? -Prestándo un poco más de atención al mundo que les rodea... En la antigüedad, los hombres hablaban con los animales y éstos con ellos, (el último en hacerlo fue san Francisco), y no hablaban con palabras sino con el pensamiento que es el único que no necesita traductores, y se entendían de maravilla y se respetaban mutuamente, pero eso sucedió hace tanto, tanto y tanto tiempo, que todos se han olvidado... O dicen que es leyenda. -Usted no. -En efecto, yo no, y como yo existen en el planeta algunas personas que tampoco lo han olvidado... -¿Las brujas? -No, Puchi-Puchi, las brujas no. -¿Las hadas, entonces? -No, Puchi-Puchi, las hadas no. -¿Pues quién? -Las personas que aman a la naturaleza y a los animales y a las plantas. -No se puede hablar con una planta, no tienen boca, ni orejas, ni ojos, ni patas, no corren ni saltan... -Ni ladran, ni maúllan, ni rebuznan, ni balan, ni mugen, ni gorjean, ni graznan, ni rugen... Pero están vivas y sienten tanto o más que tú y yo, y pueden sufrir y también sentirse contentas... ¿Te cuesta de entenderlo? -Si señora Escarola, y creo que Tomasín, mi amito, tampoco lo comprendería. -¿Por qué lo encuentras tan difícil? -Porque no es normal... Yo estoy acostumbrado a ladrar y Tomasín me dice:¿qué te pasa, Puchi-Puchi, que quieres?, y, por más que me esfuerzo, él no me entiende. -Y tú a él sí, ¿verdad? -Si, pero... -Puchi-Puchi abrió unos ojos como platos- Señora Escarola, ¿por qué Tomasín a mí no me entiende y yo sí a él? -Ahí está el detalle, Puchi-Puchi... -afirmó triunfal la señora Escarola- Los animales sois mucho más listos que las personas, y también las plantas, sólo que las pobres no pueden moverse y eso las limita bastante. Puchi-Puchi sacudió la cabeza como si tuviera una avispa enredada entre las orejas. -¡Huy, que embrollado es todo eso que me cuenta, señora Escarola! -Lo sé, lo sé... Pero no te preocupes, hay sabios muy grandes y renombrados que tampoco lo entienden. -¿Y eso es malo? -Puchi-Puchi, esa es una pregunta muy difícil de contestar, así que, si te parece bien, mejor merendemos que ya es hora de hacerlo, porque con la caminata se te debe de haber despertado el apetito, ¿me equivoco? No, no se equivocaba y, aquella memorable tarde, Puchi-Puchi merendó un delicioso pastelito de carne y bebió varios sorbos de un bol de leche fresca con nata, que le supieron a gloria... Pero lo más importante de todo es que la señora Escarola, y él, iniciaron lo que iba a ser una larga y gran amistad.
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