| CAPÍTULO IX BOSS Y SU PANDILLA | |||
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Cuando llegaron frente a la puerta de la verja de la casa de Duc, pudieron ver a éste, cómodamente echado sobre una especie de esterilla de plástico y tomando el sol en el jardín, perfectamente tranquilo e ignorante de lo que se avecinaba. Al verles, aunque se pudo apreciar claramente que no le hacía ni pizca de gracia, disimuló saludándoles con educación pero sin cordialidad. -¡Vosotross por aquí, que sorpresa máss agradable! ¿Qué oss trae? Puchi-Puchi no se anduvo con rodeos. -¿Está Nos contigo, o Mos? Y como Duc no respondiera, quedándose boquiabierto de estupor, el pastor alemán tomó la palabra: -Duc, lo sabemos todo, Puchi-Puchi lo ha descubierto y te necesita para que lo ayudes... Boss y unos amigotes suyos vienen para aquí dispuestos a hacer una barbaridad con los gatos azules, ya que se han enterado de que los amos no están... Duc habló con un hilo de voz: -No entiendo por qué... -¡No se trata de que entiendas -ladró Puchi-Puchi alterado-, se trata de que escuches y colabores! Repito, ¿están Nos, o Mos, contigo? -Está Noss -admitió a regañadientes Duc, y volviéndose hacia una esquina de la casa, dijo-. Sal Noss, tenemoss visitass. La gata azul apareció, silenciosamente, recelosa y sorprendida. Puchi-Puchi, que se había colado por debajo de la puerta de la verja, se acercó a ella sin remilgos. -Nos -dijo muy serio-, sé que eres un gato azul ruso y que por eso no hablas nuestro idioma. Duc es también ruso como tú y Mos, y os está enseñando a hablar igual que a todos los que estamos aquí, por eso no os dejabais ver, porque teníais complejo delante de la colonia y lo que pretendíais era aprenderlo bien para empezar a relacionaros con nosotros... ¿Entiendes lo que te digo, Nos? Ella asintió lentamente con la cabeza. -Si. -¡Estupendo, entonces dejémonos de palabrería y actuemos con rapidez!... ¡Duc -al atónito galgo ruso-, dile a tu amiga que corra a su casa y traiga aquí a Mos y a su hijito, no podemos perder más tiempo, Boss puede estar ya muy cerca! -¡Si -ladró el pastor alemán desde la calle-, corred deprisa porque el viento me acaba de traer el olor de Boss y los otros, están a menos de 500 metros!... ¡Deprisa, deprisa! No hizo falta que Duc tradujese nada a Nos; la inteligente gata dio un salto acrobático desapareciendo entre los árboles del jardín y al poco la vieron ya en el suyo maullando de una forma aguda. Puchi-Puchi se reunió con el pastor alemán en la acera y Duc empezó a dar vueltas muy agitado. En eso, el viento trajo el eco cercano de unos ladridos belicosos, y Boby repitió entre dientes: -¡Deprisa, deprisa! El galgo ruso, desesperado, entró como una exhalación en su casa. -¿Adónde va ese? -gruñó Puchi-Puchi, demasiado nervioso para entender nada- Ahora que lo necesitamos desaparece, ¿quién nos va a ayudar si cada vez somos menos? Sí, ¿quién iba a hacerlo? Porque allí nadie daba pie con bola y pronto os daréis cuenta de lo que afirmo. Los hechos empezaron a sucederse a cámara rápida, aunque bien os puedo asegurar que no daban ganas de reír, precisamente. Los gatos azules aparecieron por el camino de su jardín, llevando Mos sujeto entre los dientes, por la piel del cuello, al gatito. Los desaforados ladridos de la pandilla de Boss, cada vez se escuchaban más cercanos. Mos observó las ramas de un árbol que sobresalían extendidas sobre la verja de alambre de su casa, y se alargaban por encima de la calle. El pastor alemán siguió su mirada y enseguida supo lo que Mos pretendía. -¡No! -casi gritó. El trotar de los perros indisciplinados resonó, con absoluta claridad, aproximándose. ¿Cuántos metros les separaban? ¿Cien, cincuenta? Puchi-Puchi tuvo una idea. -¡Pronto -dijo en un susurro sibilante-, Mos, entrégale tu hijito a Boby, pásalo por los barrotes de la puerta, yo corro al jardín de Duc y allí el pastor alemán me dará al gatito!... ¡Rápido, rápido! -¡Sí -dijo Boby-, deprisa, y vosotros dos saltad a ese árbol y de ahí al jardín de Duc, en su casa no os sucederá nada malo! La cabezota de Boss surgió al comienzo de la calle, y detrás de él, saltando, corriendo y ladrando, apareció su escolta o lo que recordaba una jauría enloquecida, con la diferencia que una jauría puede ir controlada, mientras que aquella galopaba sin orden ni concierto, entre aullidos salvajes. Nos contempló angustiada al bulldog, que, a cada segundo acortaba distancias, Mos deslizó por entre los barrotes al gatito que mayaba y pataleaba, el pastor alemán lo recogió. Boss estaba a dos metros de distancia enseñando los colmillos en una fea mueca de alegría y sus compinches ladraban victoriosos. Puchi-Puchi, desesperado, aún no estaba en el jardín de Duc sino ante la puerta de la verja, giró en redondo enfrentándose al gigantesco bulldog y le plantó cara. -¡¡Boss, largo de aquí!! El otro se detuvo divertido y sus huestes con él. -¡Mirad, chicos, la pulga contra el elefante, jo, jo, jo! Uno y otro bando se contemplaron en silencio por un instante: los gatos azules en la calle, el lomo erizado y en actitud de ataque, el pastor alemán escurriéndose con disimulo hacia el jardín de Duc, y Puchi-Puchi, el pequeñín y valeroso Puchi-Puchi, en primera línea de combate, dispuesto a batirse como un héroe... En cuanto a Boss y su banda, en la que también se veían a algunos de los gatos capaces de vender a un compañero de raza, estaban jadeantes, nerviosos, e indescriptiblemente sucios, porque parecía que se habían arrastrado por todos los sitios llenos de barro del camino. -¡Puchi-Puchi, quítate de en medio, que en contra tuyo no va nada, a nosotros sólo nos molestan los gatos brujos! -ladró roncamente Boss. -¡No son brujos, son...! -¡Pero, Duc... ! ¿Qué sucede ahí fuera? Duc salía de su casa estirando por la manga de la bata, a su dueña. Entonces, el pastor alemán aprovechó el momentáneo desconcierto reinante para plantarse de un salto junto a la puerta de la verja de la casa del galgo ruso, y empujar dentro del jardín, con el hocico, al pequeño gatito azul que estaba en plena rabieta porque le habían despertado de su sueño. Nos salió disparada como una centella detrás de ellos, y Mos se quedó haciendo frente común con sus amigos. -¿Pero -repitió la dueña de Duc hecha un lío-, que significa todo esto?... ¡Cuántos perros y que sucios! ¿De dónde han salido?... ¿Qué es esta invasión?... ¡Quique -a su marido-, sal, por favor, la calle está llena de perros vagabundos que tienen acorralados a Puchi-Puchi, Boby y al pobrecito Mos, y Nos está aquí con su hijito!... ¡No entiendo nada de lo que está pasando! -¿Qué dices, Mariana?... ¡Caramba, pues es verdad!... ¡Voy a telefonear ahora mismo a la guardia municipal y que venga la perrera! -¡¡¡LA PERRERA!!! Aullaron espantados los secuaces de Boss, con su jefe a la cabeza, porque una cosa es perseguir a los demás y otra muy diferente el que te persigan a ti, si quien lo hace, encima, es la perrera y tú un can. Los perseguidores, entonces, se convirtieron en perseguidos en menos que canta un gallo y salieron zumbando, patas para que os quiero, calle abajo. Puchi-Puchi se desplomó sobre el suelo como un paquetito. Mos se le acercó solicito. -¿Te encuentrass bien? Puchi-Puchi, asintió exhausto pero feliz. -Hablas a la perfección nuestro idioma -le dijo amablemente, a lo que el gato azul, dando muestras de un inesperado sentido del humor, repuso: -Noss ha costado un poco a todoss, pero al final lo hemoss conseguido. Y así era, en efecto; lo habían conseguido.
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