CAPÍTULO VIII PUCHI-PUCHI RESUELVE EL MISTERIO

Copyright dibujo: Estrella Cardona Gamio

Aquella tarde cambió el tiempo, volviendo a llover a mares. Puchi-Puchi estaba sentado en el sillón con su amito y ambos miraban la tele, un programa infantil de esos en los que se habla de animales y que a los dos les gustaba mucho. Primero fueron cebras, luego jirafas y, por último, pasaron un documental de felinos, pero domésticos. Puchi-Puchi lo contempló con gran interés porque se titulaba: LOS GATOS AZULES RUSOS, y, como es de suponer, trataba de gatos azules... O sea, que los gatos azules existían y no eran el producto de ninguna brujería. Gatos y más gatos de ese color, grandes y pequeños, todos hermosos, gris azulados, azulgrises, de grandes ojos y expresión inteligente, su historia, sus costumbres.

La voz del presentador iba diciendo:

-Son unos animalitos cariñosos, pero tímidos, aunque sumamente sociables en cuanto establecen relaciones amistosas con sus congéneres o bien con otras mascotas de especie diferente, siempre y cuando no sean aves. Un poco cambiantes de carácter en ocasiones, pero leales con sus amos a los que respetan, convirtiéndose, por ello, en los perfectos compañeros de juegos de los niños...

Cariñosos, leales, tímidos... Puchi-Puchi frunció el ceño pensativo. Todo eso quería decir que los gatos azules eran perfectamente normales, como él ya había podido comprobar en su visita a escondidas, que hablasen mucho o poco con Duc, no era asunto de su incumbencia, ni de la de nadie; él, que era un perro, tenía por amigos íntimos a un par de gatos, así que...

La dueña de Puchi-Puchi entró en la sala donde estaban su hijo y el yorkshire viendo la tele y se fijó en la pantalla.

-¡Qué bonitos los gatos azules! Creo que en Villa Florita tienen una pareja que acaba de criar y supongo que se quedarán también con el gatito... ¡Mira que son preciosos, me encantaría tener un gato azul de esos!

-¡Ya tenemos a Puchi-Puchi!

-Claro, hijo, pero un gato azul es de lo más aristocrático y cómo se pongan de moda...

El niño protestó, temeroso de que le restasen protagonismo a su perrito:

-¡Puchi-Puchi está acostumbrado a estar solo y se lo pasa muy bien conmigo!

-Puchi-Puchi es muy sociable, Tomasín, sino fíjate cuando está jugando con ese horrible gato callejero, y con Copy, y se sienta al lado de Perla o Topsy, y les hace arrumacos a Punto y a sus hermanitas... Creo que se llevaría a las mil maravillas con un gato azul, ¿verdad, Puchi-Puchi?

-No lo sabes tú bien -pensó Puchi-Puchi divertido, y, como no podía hablar, ladró educadamente.

Aquella noche, sin embargo, al yorkshire le fue imposible conciliar el sueño; algo visto u oído, en el reportaje sobre los gatos azules, le revoloteaba en el cerebro igual que un moscardón en verano, y no podía cazarlo... ¿Qué era, qué era?... Daba una y mil vueltas en su cestito acolchado, intentando recordar, porque estaba completamente seguro que en cuanto se acordase, el misterio de los gatos azules, quedaría solucionado... Se durmió por fin, y, de golpe y porrazo, cuando no llevaba ni media hora descansando, se despertó totalmente despejado, con los ojos muy abiertos, y estuvo a punto de ladrar jubiloso:

-¡Lo encontré, ya sé cual es el misterio de los gatos azules!

Pero no ladró, claro está, porque de lo contrario, menudo alboroto que se hubiera organizado y no era cuestión de despertar a sus amos a semejantes horas, sobresaltándoles, además, igual se creían que habían entrado ladrones y todo.

A la mañana siguiente, un Puchi-Puchi lleno de alegría y fe en el prójimo, se lanzó al jardín antes de que dieran las ocho, y después, limpiamente, saltó la pequeña tapia, echando a correr calle arriba. Ya no llovía y sólo quedaban pequeños charcos aquí y allá porque la tierra, o el empedrado, siempre resecos, se habían tragado toda el agua caída la tarde anterior. Mientras trotaba feliz sintiéndose un mensajero de buenas noticias, de pronto cayó en la cuenta de que los jardines comunitarios estaban anormalmente silenciosos, que no se veía un alma, vamos, y un alma de cuatro patas, para ser más exactos. No había nadie, siendo la hora en la que todos salían a retozar por el césped después del desayuno.

Puchi-Puchi frenó en seco. ¿Dónde estaban todos?

Un fuerte ladrido le hizo volver la cabeza. Detrás suyo, alcanzándole, llegaba al galope Boby, el pastor alemán.

-¿Ya te has enterado, Puchi-Puchi?

-¿De qué?  

-¿No ves cómo están los jardines de vacíos?

-Si. ¿Qué es lo que sucede?

-¡Boss y los suyos se están reuniendo para marchar sobre Villa Florita!

-Pe... Pero los dueños no les van a dejar entrar.

-Los dueños estarán en la ciudad todo el día, y la casa, fuera de los gatos azules, no tiene a nadie más.

A Puchi-Puchi le temblaron las patitas.

-Los perros no pueden entrar, los perros grandes como ellos, quiero decir...

-¡No seas ingenuo, Puchi-Puchi; tienen otros procedimientos para meterse!

-¿Cuáles?

-Ciertos gatos desaprensivos, de esa clase de tipos que siempre quieren vivir tranquilos, aunque sea a costa de sus hermanos de especie, han encontrado un agujero debajo de la verja de alambre, que, si todos lo excavan, permitirá que entren hasta los perros de mi tamaño.

Puchi-Puchi, horrorizado, se quedó sin habla.

-¡Hemos de impedirlo! -exclamó en cuanto pudo recobrarse de la impresión recibida.

-A eso voy -le confió Boby-, a impedir una masacre, ¿y tú, adónde vas?

-He descubierto el intríngulis del misterio de los gatos azules y esperaba ponerlo en claro con...

-¿Con quién? -ladró impaciente el otro.

-Con la colaboración de Duc, el galgo ruso. Si él se lo cuenta a la asamblea, todos le escucharán y dejarán de tenerles manía a los gatos azules.

-¡Pues venga, salta a mi lomo y corramos en esa dirección, a ver si con un poco de suerte nos anticipamos a Boss y su pandilla!

Puchi-Puchi obedeció en un periquete y el pastor alemán reemprendió su veloz carrera.

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