CAPÍTULO X FINAL FELIZ CON LECCIÓN INCLUIDA

Copyright dibujo: Estrella Cardona Gamio

¿Qué sucedió más tarde?

Afirman que, cuando todo va bien, no hay nada que contar, pero yo no estoy de acuerdo, ya que de lo contrario os ibais a quedar sin saber que fue lo que aconteció después de aquel gran susto.

Los gatos azules permanecieron en casa de Duc hasta la llegada de sus amos, a quienes los dueños del galgo ruso explicaron la insólita historia de que una banda de perros desconocidos, habían querido atacar a sus mascotas, y que si no llega a ser por Duc, Boby, y el pequeño, pero aguerrido, Puchi-Puchi, Dios sabe lo que hubiera podido suceder, nada bueno, desde luego.

Los moradores de Villa Florita se alarmaron considerablemente tomando la decisión de reforzar su verja de alambrado, más que otra cosa decorativa, al hallarse entretejida con setos de boj y aligustre, algo parecido a las casitas de paja y espinos de los cerditos perezosos del famoso cuento. 

Boby y Puchi-Puchi, regresaron en coche a sus respectivos domicilios llevados personalmente por el mismo amo de Duc, que siguió contando la aventura a todo aquel que quisiera escucharle.

De "los perros desconocidos", nadie volvió a saber absolutamente nada, igual que si la tierra se los hubiese tragado, y en cuanto a Boss y sus secuaces, acólitos y simpatizantes, al día siguiente del de autos, fueron los primeros en afirmar que los gatos azules de brujos nada, y, más tarde, incluso se ofrecieron a enseñarles a perfeccionar el idioma que con tanto secreto habían estado aprendiendo Nos y Mos en las clases privadas que les diese su compatriota el galgo ruso. O sea, que aquí paz y después gloria, y todos tan contentos. Eso sí, en la reunión extraordinaria que tuvo lugar dentro del marco de los jardines comunitarios, quienes más y quienes menos, no se escaparon del rapapolvo que les dio el respetable Barín, con toda la razón del mundo.

-Que sea la última vez que os dejáis llevar por la corriente de vuestros impulsos irreflexivos y desencadenáis un cisco semejante... Nadie puede juzgar a nadie porque sí y mucho menos, tomarse la justicia por su mano, eso ya por no hablar de ponerse a inventar fantasías absurdas, y, encima, creérselas... O discriminar a los otros porque su color no sea como el nuestro... Ignorabais que hubiese gatos azules y si no eran teñidos, tenían que ser brujos, ¿os resulta bonito tal comportamiento?... Eran brujos porque os daba la gana y os basabais en el fundamento de las tonterías de una urraca charlatana que no tiene otra cosa mejor que inventarse bobadas para entretener los ocios del personal... Nunca pensasteis que Glafira pudiese mentir, ni se os ocurrió ponerlo en duda... Así la patraña corrió por la colonia como un reguero de pólvora y todos jugasteis a ese juego tan peligroso, del que, por suerte, las víctimas inocentes salieron sin daño físico... En cuanto a ti, Puchi-Puchi, te metiste en donde nadie te llamaba, en tu empeño por descubrir un misterio que no lo era... Bien, bien, ya sé que luego Puchi-Puchi procuró enmendar su grave error, y, además, se portó como todo un valiente sabiendo pagar su deuda con creces, pero reconoced que se hubiesen evitado muchos quebraderos de cabeza, si no le hubiera dado por husmear en lo que no debía, mejor dicho, en lo que no era de su incumbencia... Y por lo que hace a Boss, a ti te recomiendo que, en lo sucesivo, no vuelvas a interpretar el papel del malo de la película, porque de un pelo habéis estado, tú, y tus amigotes, de acabar en la perrera municipal, con todo lo que eso significa... Con que, muchachos, aplicaros la lección, y, en lo sucesivo, vivir tranquilos y dejar a los demás en paz, que si nadie se mete con nadie, el mundo puede llegar a ser una balsa de aceite...

Así habló el sabio Barín, y los principales protagonistas del relato que estáis leyendo, bajaron la cabeza avergonzados, sí, también Puchi-Puchi, y, se prometieron solemnemente, nunca más volver a dejarse llevar ni por los impulsos ni por las ganas de mangonearlo todo.

Y colorín, colorado...

¡No, no, por favor, seguid leyendo, que este cuento, ¿lo es?, aún no se ha terminado!...

EPÍLOGO

Era un soleado día del mes de octubre, de esos que pertenecen al veranillo de alguien, y estaban Fiel y Leal, los hermanitos cocker spaniel, jugando entre ladridos y cabriolas en su jardín, cuando de repente, y vaya usted a saber por qué, les dio por enzarzarse en una porfía en la que ambos querían tener la razón.

-¡Las brujas no existen, yo lo sé muy bien!!

-¡Yo lo sé mejor que tú; a mí me lo dijo el señor Copy!

-¡Pues a mí me lo dijo el señor Puchi-Puchi!

-¡El señor Copy es un gato y los gatos saben mucho de eso, mejor que nadie en el mundo mundial!

-¡El señor Puchi-Puchi lo sabe mejor1... Mejor... ¡Mejor que un elefante!

-¡Tonto, los elefantes no saben de esas cosas!

-¡Bueno, ¿y qué?, el señor Puchi-Puchi lo sabe mejor que tú y que nadie!

-¡El señor Copy...

-... el señor Puchi-Puchi!

Por la solitaria calle del barrio residencial, cubierta ahora por las doradas hojas que iban cayendo de los árboles con el paso de los días otoñales, transitaba en aquellos momentos una señora mayor, no vieja, ¿eh?, sólo mayor, vestida de manera algo estrafalaria, falda azul turquesa de mucho vuelo, chaleco escocés y blusa amarilla de franela estampada, a la cintura llevaba atado, con un gran lazo, un delantal blanco de encaje, y en la cabeza lucía un gracioso sombrerito castaño, tipo bombín, e iba empujando un carrito de madera pintado de vivos colores, en el que, en su parte delantera, había un cartel en el cual podíase leer escrito a mano con un rotulador de punta gruesa:

LAS BUENAS HIERBAS CURATIVAS DE LA SEÑORA ESCAROLA

La extravagante dama, al pasar a la altura del jardín en donde Fiel y Leal estaban discutiendo de forma estridente, ralentizó algo el paso y ladeó la cabeza como si escuchara lo que ellos decían, luego sonrió divertida y dirigiéndose a un rarísimo muñeco de peluche verde loro que asomaba por el bolsillo de su chaleco, comento:

-¿Has oído, Oscar?, esos cachorros aseguran que las brujas no existen... ¿A ti que te parece?

Y riéndose entre dientes, siguió camino adelante mientras empujaba su carrito de madera pintado en alegres colores.

Fin de El misterio de los gatos azules

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