2. EL MÁS ALTO TORREÓN (3)

-Pero los del otro pueblo lo han hecho.

-¿Y por qué uno se tire a un pozo todo el mundo se ha de tirar?

-¿Olvida usted el espíritu de competición?

A la cigüeña se le desorbitaron los ojos.

-¡Competir, cuando se está preparado para ello, muy bien, cuando no se pierden tiempo y energías!... Créame, a estas gentes no les va a servir de nada haber levantado su torre. Lo han entregado todo para construirla y se les hundirá porque está mal planeado desde el principio... Se hundirá y ellos se quedarán con menos de lo que tenían antes, sin embargo, a buen seguro, aún y a pesar de todo eso, ya verá como volverán a intentarlo. Los humanos son así, les gusta hacer cosas que no tienen sentido y no les importa lo que tengan que destrozar para conseguirlo, sólo porque desean ser los primeros y los mejores... Y yo me pregunto, ¿los mejores en qué?... Si apagan las estrellas las noches serán muy tristes, y mira por dónde, da la impresión de que nadie piense en eso, que a nadie le importe.

Cierto tentador granito de trigo asomaba entre las briznas de unas secas espigas que formaban parte del nido de mi nuevo amigo.

-¿Puedo?... -rogué con el gesto más que dije.

-Sírvase usted mismo -repuso magnánimo el señor Cigüeña-, yo no me alimento de esa clase de cosas.

La ingestión del grano de trigo me reconfortó bastante y reanudé el diálogo pretendiendo corresponder a su generosidad con mi interés acerca de un tema que a él semejaba apasionarle.

-De todas formas, señor Cigüeña, no sea usted tan pesimista. Piense que el tal peligro es muy lejano... Además, de aquí a que el hombre pueda apagar las estrellas...

Al otro se le erizaron las plumas en un arrebato de cólera.

-¿Pretende usted insinuar que yo no estaré para verlo, y cree qué soy tan egoísta como para no preocuparme por el futuro, no ya de mis hijos, sino de todos mis descendientes?... Antes se ha sorprendido usted de que entre nosotros nos conozcamos como señor Cigüeña y señora Cigüeña, pero sabemos quienes somos y nunca nos confundimos, y, lo que es más importante, nos preocupamos los unos de los otros y procuramos por el bienestar general... Siempre habrá un señor Cigüeña, aunque no sea yo, siempre habrá una señora Cigüeña, aunque no sea mi esposa, y esto es lo único que importa... Entonces ¿cómo no me voy a inquietar porque el hombre llegue un día a apagar las estrellas?

Bueno, debo reconocer que nunca me hubiese imaginado que una cigüeña medioeval (si es que ella lo era), tuviese semejantes ideas, claro que, ya se sabe, los antiguos eran mucho más listos de lo que nosotros nos pensamos.

No me quedé a ver como terminaba el asunto de la torre, de hecho, parecía que iba para largo y yo ansiaba regresar cuanto antes a casa con los míos, y para ella tenía que encontrar pronto el camino de vuelta, así que me despedí del señor Cigüeña, deseándole lo mejor para él y su descendencia, y reflexioné mientras me alejaba, que en mi tiempo aún no se habían extinguido las cigüeñas y el hombre, todavía al menos, estaba verde en eso de apagar estrellas.

Mas el fantasma de una duda me rondó largo trecho durante el vuelo, ¿y sí el ser humano, algún día, apagaba las estrellas?

Continuará...

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