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Se trataba de una
cigüeña en su nido, subida ahí, en el tejadillo del campanario. Era una
cigüeña enorme y majestuosa y hallábase tan ricamente aposentada en las
alturas mientras contemplaba con displicencia el espectáculo.
Yo revoloteé hasta posarme en el borde del nido, inmenso como una plaza
de toros, y la saludé cortésmente, ya que, en contra de otros pareceres,
soy un periquito muy bien educado.
-Hola... ¿Cómo está usted señora cigüeña?
La zancuda bajó la cabeza tocándome casi con la punta de su larguísimo
pico.
-Señor -corrigió lánguidamente-, señor, soy el señor Cigüeña, mi esposa
ha marchado para traer renacuajos y otras delicias similares, a los pequeños.
Yo pregunté amablemente, en realidad no me importaba, pero había que ser
atento con aquel gigantesco vecino:
-¿Tienen ustedes varios hijos?
-Los normales, dos cigüeñatos, ¿le gustaría verlos?
-¡Encantado! -me apresuré a responder:
Entonces el señor Cigüeña apartóse ligeramente y pude ver a dos bolas
encañonadas de plumón, de ojos enrojecidos, bastante poco atractivas y,
aunque bebés, enormes como tanques si los comparaba conmigo.
-¡Son preciosos!
(Mentí por educación, después de todo los humanos lo hacen a menudo y
nadie protesta).
El señor Cigüeña comentó con melancolía:
-Son feísimos, pero ya mejorarán con el tiempo... Y hablando de usted,
es la primera vez que veo un pájaro de sus características, azul y tan
raro... ¿De dónde viene?
¿Raro yo?... Me hubiese ofendido si la cigüeña no hubiera sido tan grande.
-Soy un periquito azul del amor y procedo de Australia.
-¿De Australia?, ¿qué es eso?
Me sorprendí al escucharle, más por suerte recordé enseguida que en aquel
mundo del cuadro, que por cierto parecía anclado en una época muy antigua,
no debían tener noticia de que se hubiera descubierto Australia, de hecho,
para ellos, aún faltaban varios siglos, así que respondí con el mejor
estilo televisivo que imaginar se pueda para demostrarle mi superioridad
de ciudadano del siglo XX a la medioeval cigüeña aquella... Bueno medioeval,
eso digo yo, porque el caso es que ella no me trataba de vos como hubiera
sido lo lógico en tales circunstancias.
-Olvídelo, amigo, ese país está muy lejos de aquí.
-¿Y ha venido volando desde la Australia esa?... -preguntó el señor Cigüeña
con curiosidad y en nada impresionado por mis aires de pájaro de mundo.
-Los periquitos azules somos muy resistentes... -dije orgulloso de mi
valía.
-¿Periquito?... ¿No es ese un nombre muy ridículo para un ave?
¡Vaya con la mal educada de la cigüeña, mi nombre no tiene nada de ridículo!
-Pertenezco a la especie de los periquitos como usted pertenece a la especie
de las cigüeñas... -y deseoso de chincharlo un poco, pregunté- A propósito,
todavía ignoro su nombre.
El señor Cigüeña bostezó con aburrimiento infinito.
-Me llamo... Bueno, si se lo he dicho antes.
-¿Señor Cigüeña?
-Eso mismo.
-Pero debe de haber miles de señores cigüeñas.
-Se supone.
Yo estaba asombradísimo.
-¿Y cómo saben quién es quién?
-Eso carece de importancia, cada uno de nosotros sabe quién es quién,
ha de bastar, pues.
No quise discutir, después de todo aquel era su particular universo, no
el mío; cambié de tema.
-Vaya torreón están levantando los vecinos de este pueblo, ¿no?...
-Otra tontería... -pontificó el señor cigüeña despreciativamente- Dicen
que quieren tocar las estrellas, eso es lo que he podido escuchar hace
un rato cuando venía a relevar a mi señora Cigüeña... Y yo pregunto, ¿qué
utilidad tiene tocar las estrellas?, no veo que haya nada práctico en
ello.
-Los del otro pueblo lo hacen.
-Más tontos son todavía... Las estrellas no deben tocarse, son las lámparas
de la noche y si los hombres empiezan a tocarlas las apagarán y nos quedaremos
a oscuras... Mejor sería que en lugar de construir torres que lleguen
al cielo se preocupasen de arreglar este campanario, por ejemplo, hace
tiempo que las campanas tienen goteras y no suenan, ¿no sería mejor rascarse
la bolsa, tacaños, que son unos tacaños, y cambiarlas?... -estaba escandalizado-
¡Es indignante, se arruinarán con tal de construir una torre bien alta!...
¿Se ha fijado en la chapuza que entre todos han organizado?... ¡Mire,
fíjese y se dará cuenta!
Miré. Efectivamente, el torreón estaba ya altísimo, tanto, que su cima
se perdía en las nubes... Pero, ¡válgame el cielo que torreón!, si parecía
un montón de galletas puestas una sobre otra, tantas y tantas, que su
largura les hiciera perder el equilibrio y así la torre ondulaba en entrantes
y salientes como una hilera vertical de dados a punto de desmoronarse.
Incluso, yo hubiera jurado que hasta se balanceaba.
-Se caerá -sentenció la cigüeña con aire crítico-, se caerá y los chafará
a todos, y les estará bien empleado... No se debe hacer lo que no se debe
hacer.
Continuará...
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