| 2. EL MÁS ALTO TORREÓN (1) | |||
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Todo vino a
suceder con tanta rapidez... Mi jaula saltó proyectada por los aires,
el bastidor cayóse estrepitosamente al suelo, cedió la puertecilla, Lilí
había estado hurgando en ella, y yo salí disparado como una bala, aleteando
sin dirección alguna. Mis movimientos no tenían control y yo sabía muy
bien que me iba a caer antes de que tuviera tiempo de remontar el vuelo
como esos aviones que solía ver en la televisión, recobrando el rumbo
cuando se desplomaban en picado, pero yo me iba al suelo, eso seguro...
Y allá va que me fui sin remisión dando aletazos y pataletas en el aire,
mientras de diversas habitaciones de la casa surgían las voces familiares
que gritaban -¿Qué ha sido eso? -¡Parece como si se hubiera derrumbado
algo! Escuché los saltos de la Niña corriendo
escaleras abajo como un huracán. -¡Papá, Mamá, se ha caído el bastidor
con Petrusky! -¡Seguro que ha sido Lilí! -¡Mira que es travieso este animalito! Y yo en tanto, caía, caía... No pude evitar el impacto y sentí
mucho lo que sucedió, pero no tuve la culpa... El caso es que fui a dar
en medio del cuadro recién, pintado, de Papá, en pleno cielo azul con
sabor de aguarrás y aceite... Y seguí cayendo, con los ojos cerrados,
lleno de vértigo y de terrores hasta que de pronto, ¡zas, pumba!, mis
alas se extendieron verdaderamente, respiré muy hondo y me elevé hacia
lo alto con la extraña sensación de que no había tocado tierra sino la
superficie ondulante de una inconcreta masa de follaje. Abrí los ojos...
y hete aquí lo que éstos vieron, quedando tan desconcertado al hacer el
descubrimiento, que, por unos instantes, pensé estar soñando. Yo volaba, sí, sí, volaba, lo que
no tiene nada de raro, por supuesto, pero es que estaba volando sobre
los bosques y llanuras, por encima de las montañas azules, moradas, lavanda,
grises, anaranjadas y granates, del cuadro que había pintado Papá... Qué,
claro está, ya no era un cuadro, sino un auténtico y real paisaje... de
verdad. Giré la cabeza con desespero en un
vano intento de reconstruir en aquello la habitación en dónde estaba yo
hacía sólo unos instantes: el mirador o balconcillo acristalado, las alegres
cortinas de cretona, la mesita de centro y sus sillones de mimbre blanco,
los altos tiestos de arcilla roja con las hermosas plantas artificiales,
mi jaulita dorada y la traviesa Lilí incordiando más que haciendo compañía...
Pero nada de eso existía ya, lo había perdido, ¿dónde se encontraba?...
¿Al otro lado del cuadro?... Volaba sin saber en que dirección
iba, suspendido en el cielo de aquel sorprendente mundo que había pintado
Papá. Eran las primeras horas de la mañana
de un radiante día de primavera, cuando ésta ya se halla muy próximo el
verano. Desde mis alturas divisaba los ondulantes campos de trigo mecidos
por el viento, los pastos verdes infinitos y los bosques que avanzaban
a medida que yo los sobrevolaba. El aire olía a madreselvas, a rosas silvestres,
a pinos, a robles, a encinas y en la brisa flotaba el polen como un apacible
reflejo dorado. Sí, era un maravilloso día de primavera y me lo hubiese
parecido todavía más de ser las circunstancias normales, pero como no
lo eran, la belleza del panorama me alegraba a medias porque aquel paisaje
resultaba para mí peor que una jaula ya que me tenía preso en un extraño
lugar que más semejaba producto de magia que no de la realidad y yo ansiaba
salir de allí, regresar a mi casa, no deseaba pasarme la vida volando
por cielos desconocidos, quería volver a mi hogar... De pronto atisbé un montón de casitas
que recordaban construcciones de juguete y supuse que se trataba de un
pueblo. Este se parecía mucho a los que yo había visto dibujados en los
cuentos que leía la Niña. Las paredes de sus casas eran de piedra gris
y todas las ventanas estaban pintadas de blanco, los techos parecían caperuzas
de pizarra, de brezo seco o bien de paja amarilla, por las calles veíanse
abrevaderos y pozos y en la plaza mayor, debía de ser una jornada festiva,
todo el mundo se había congregado y daban la impresión de charlar muy
animadamente aunque no fuese día de mercado. Descendí, escondiéndome entre el
brezo seco de un tejado, y me puse a escuchar las conversaciones de aquellas
gentes, no porque yo sea de naturaleza cotilla, pero es que las emociones
me habían agotado y necesitaba tanto descansar como enterarme, más o menos,
de en que lugar me hallaba y qué era lo que acontecía. Pronto lo supe,
allí todos estaban furiosos porque en un pueblo vecino acababa de levantarse
una torre muy alta, muy alta, tan alta, que ponderaban como en el mundo
no había otra que la aventajara, ya que desde su último piso se podía
tocar con la mano las estrellas y eso era algo portentoso y digno de admiración
o más bien de envidia, diría yo, vistos como estaban los habitantes de
la villa, todos amarillos y con ojeras verdes. -¡Son unos vanidosos! -¡Unos soberbios, eso es lo que son! -¿Para qué quieren tocar las estrellas? -¡Nadie les ha pedido que lo hagan! -¡Tampoco es tan difícil! -¡Claro! -¡Cualquiera puede construir una
torre así de alta! -¡Sí, sí cualquiera! -¡Sólo es proponérselo! -¡Eso! -¡Nooo, no es porque nos de rabia,
claro que no, es por justicia! -¿Van a estar ellos pavoneándose
como si fueran los únicos? -¿Es que se creen que nadie más puede
hacer lo mismo? -¡Nosotros les enseñaremos! -¡Sí, sí...! Y la misma masa ciega, como un regimiento
de hormigas, corrió a las afueras del pueblo -(Yo, detrás de ellos, volando)-;
cargaron con piedras, maderas y muchas herramientas de trabajo y en menos
tiempo que el empleado en contarlo, comenzaron entre todos, sin orden
ni concierto, a amontonar cosas unas sobre otras, para elevar un Torreón. ¡Y mira por dónde el Torreón iba
creciendo compuesto por los materiales más diversos que imaginar se pueda!
En su construcción se veían, como ya he dicho antes, piedras y maderas,
pero también ladrillos, trozos de mesas rotas, de sillas, la rueda de
un carro, arneses de caballo, ollas y barriles, tiestos, ramas de árbol
y troncos, piñas, bellotas, conchas de mar, caparazones vacíos de cangrejos,
estrellas marinas, piezas de armadura oxidadas, paja, barro y lajas de
pizarra. Y con semejante amalgama la torre
iba subiendo lentamente, encaramándose poco a poco hacia el cielo. Como
era todo un pueblo puesto al trabajo sin descansar, el Torreón crecía
y crecía cual si fuera una planta monstruosa. Yo seguía la obra, fascinado, desde
el campanario de la iglesia del lugar. Me había detenido cerca de las
campanas y aunque estaba lejos, así dominaba muy bien la perspectiva no
perdiéndome detalle. Como fuera que el Torreón se construía
muy aprisa, pronto tuve que mirar hacia arriba y no en la dirección contraria,
porque aquella cosa larguirucha amenazaba con llegar rápidamente a las
nubes. Un aleteo muy suave sobre mi cabeza,
me hizo mirar en esa dirección con curiosidad, claro que tuve que retorcer
bastante el cuello para poder ver algo. |