| 1. EL GATO CON GAFAS (5) | |||
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-¿Qué te parece, Petrusky?, ¿a qué
me ha quedado muy bien?, ¿tu qué opinas, eh?... El diálogo era un poco difícil entre
nosotros, naturalmente, pero debo decir que yo le entendía más a él que
no él a mí, porque el ser humano, aunque inteligente, siempre se olvida
de lo sencillo para ir a lo más difícil y de esta manera no habla nuestro
mismo lenguaje ni entiende por qué hacemos cosas cuando nosotros a ellos
los entendemos a la perfección. Condescendiente y un poco aburrido,
batí las alas para demostrarle mi reconocimiento y entusiasmo por su cuadro. Papá fumaba en pipa, como todo pintor
que se precie, y exhalando una blanquísima bocanada de humo que poco más
y me hace toser, soy antitabaco lo reconozco, comentó, abstraído en su
obra, -Te gusta, ¿verdad?... Sí, debo admitir
que me ha salido muy bien... Pero, verás, no todo es copia del original,
yo me inspiro, ¿sabes?, y el resto es imaginación, o, lo que se podría
llamar mejor, licencia poética... -este prólogo era obligado cada vez
que me presentaba uno se sus cuadros- Me gusta rectificar la línea de
los montes y transformar los bosques a mi antojo, sin embargo, en esta
ocasión creo que me he superado... ¡Es una lástima que no sepas hablar,
de lo contrario estoy seguro que me darías la razón! Yo gorjeé bulliciosamente con fin
y objeto de que se diera cuenta de que le daba la razón, más él aparecía
absorto contemplando el paisaje. A mi vez ladeé la cabeza y me puse
a inspeccionarlo con el ojo crítico de un experto aficionado. (En eso
tenía práctica). Era una pintura suave y bonita. Representaba un cielo
azul añil luminoso y en la línea del horizonte, varios telones superpuestos
de montañas recordaban aquellos espléndidos macizos montañosos del norte
de África, (y que yo conocía bien a través de los reportajes de la tele),
en los cuales las montañas son moradas, azules, grises, lavanda, anaranjadas
y hasta granates; la más increíble cordillera de montañas que imaginar
se pueda... Y ahí estaban, en el cuadro de Papá, perdidas en una distancia
imposible de medir entre ellas y el espectador... En medio, todo parecía
divisarse a vista de pájaro, bosques y valles se alternaban con profusión
y sin demasiado orden. A lo lejos, en un punto inconcreto, de repente,
creías atisbar, sumergida entre la maleza, algún tipo de construcción
antigua, un viejo torreón o tal vez un castillo ruinoso, y más lejos todavía,
¿dónde?, polvorientos arenales de un neblinoso color dorado... Aquí y
acullá, a trechos, por todas partes menos en el desierto cuyos bordes
se cerraban, como una playa, junto al bosque, correteaba el agua de un
río caprichoso ya que se le veía brillar igual que pequeños charcos a
través de las copas de los árboles. Papá y yo nos habíamos quedado mudos
frente al espectáculo cuando Lilí hizo su entrada en escena y la paz se
quebró. -Hola, encanto, ¿qué dice la gatita
más dulce?... ¿Te gusta el cuadro Lilí? (¡Vaya!, lo que faltaba para el duro,
ahora también le pedía su opinión sobre la pintura). Cogiendo a Lilí, Papá ya le rascaba
cariñoso su cabecita atigrada. Lilí me miró triunfante con el rabillo
del ojo mientras daba comienzo a un ostentoso ronroneo. -Te gusta, ¿eh?... Se ve que eres
un animalito con sentido artístico. En esto sonó el teléfono repiqueteando
desde el estudio de Papá y Papá dijo en voz alta: ¡ya lo cojo yo!, para
que Mamá y la Niña no se molestasen en hacerlo. Mamá estaba escribiendo
en su despacho y la Niña estudiaba sus lecciones de piano en el piso de
arriba. Con que dejó a Lilí en el suelo y
se fue a atender la llamada. -Hola Petrusky tonto -fue el saludo
de Lilí. -Hola gata presumida y cursi- respondí
yo muy picado. -Estás furioso, ji, ji... -¿Sabes lo que te digo?, pues que
no vale la pena hablar contigo. Y me volví de espaldas muy digno. Lilí maulló suavemente, -Están verdes, que dijo la Zorra... Yo no contesté, aunque pudiera haberle
dicho que sabía que se trataba de una fábula muy conocida. Lilí continuó insidiosa: -¡Mamá está escribiendo un cuento
muy bonito y me lo ha leído, se trata de dos halcones blancos que vivían
en el país de las nieves y un día marcharon volando para recorrer el mundo
y volando, volando, lo visitaron en toda su anchura y en toda su largura,
que no es poca, y cuando quisieron volver a su reino de las nieves eternas,
se dieron cuenta de que el plumaje se les había puesto gris por causa
del humo de las ciudades y ya no se atrevieron a regresar porque eran
diferentes y los hubiesen considerado extraños en su propio mundo, aunque
fuesen iguales a los demás, sólo que el color era distinto y por ese motivo
ellos sabían que serían rechazados... ¿Verdad que es bonito?, triste pero
bonito. -Sí, muy bonito, todo lo que escribe
Mamá es muy bonito. -¡Ji, ji, ji, ji...! -Lilí se retorció
de risa- Te he engañado, Petrusky, te he engañado, el cuento me lo acabo
de inventar yo, no es de Mamá, y tú has reconocido que es bonito... Es
la primera alabanza que me diriges, ¡ji, ji, ji, ji! Aquello rebasaba ya los límites de
lo soportable. Me volví hecho una fiera corrupia. -¡Eres el bicho más malo que conozco!...
¡No contento con hacer destrozos continuamente, te burlas de mí y me insultas!
¡Te aborrezco, gato requetemalo! Lilí saltó sobre la mesita del mirador
y desde allí se enderezó como un conejito hasta tenerme casi cara a cara
mientras apoyaba una de sus patitas en la puerta de mi jaula, pero yo
estaba tan furioso que ni me asusté. -Si no te comiesen los celos podríamos
ser muy amigos... Me encantaría que lo fuésemos, de verás Petrusky. Si
abandonaras esos recelos sin fundamento, llegaríamos a intimar mucho. Yo aleteé irónico: -¡Y tanto!... ¡Marchando bocata periquito
con mostaza y ketchup! Lilí pareció escandalizarse. -¡Por favor, Petrusky, no seas ordinario! -No soy ordinario, lo que pasa es
que tengo sentido del humor. -¿Sentido del humor?... ¡Vaya un
sentido del humor que tienes tú, podías haberlo heredado de tus antepasados
ingleses! -¡Australianos! -chillé iracundo. -Bueno, australianos, aunque deberás
reconocer conmigo que los primeros colonos que poblaron Australia fueron
ingleses y, además, convictos... -¡Cállate! -Caramba, que maleducado eres Petrusky,
celoso y mal educado. -¡Yo no soy mal educado ni estoy
celoso, pero tú eres insoportable y agotas la paciencia de cualquiera! -...que se llame Petrusky... Me tapé los oídos con el extremo
de las alas. -No me quieras escuchar, peor para
ti. Piensa que yo tengo poderes mágicos y que te convendría ser amiguito
mío, pero si no lo quieres ser... Bajé las alas de mis oídos, de todas
maneras la estaba oyendo hablar. -Si no lo quiero ser, ¿qué?... -pregunté
bravuconamente. Lilí me miró con fijeza, de una forma
muy especial y entonces dijo, abalanzándose hacia mi jaula: -¡Que tendré que darte un lección,
Petrusky cabezota! |