1. EL GATO CON GAFAS (4)

No sé por qué extraña razón y pese a que nuestra primera charla había sido lo que se dice de lo más “cordial”, al revés te lo digo para que me entiendas, el hecho de que Lilí y yo pudiéramos hablar, me tranquilizó mucho y aunque cualquier persona que nos oyera hubiese jurado que ella sólo maullaba y yo gorjeaba, el caso es que nos hablábamos y eso era lo importante. Claro que no me creía nada acerca de esa grotesca historia sobre sus poderes mágicos y todavía me fastidió más el descubrir que aparte de traviesa podía ser pedante y mentirosa. Pero, que le vamos a hacer, esa era la situación.

No pasaron muchas semanas sin que Lilí quisiera demostrarme una de sus pregonadas habilidades. Así pues, cierta tarde, la vi llegar al mirador arrastrando entre saltos y empujones, un pequeño libro de cuentos que luego supe había escrito Mamá. Cómo yo no sé leer, tuve que dar por bueno todo lo que vino a continuación.

-Te voy a leer un cuento -amenazó Lilí risueña.

-No quiero oírlo.

-Aunque no quieras lo escucharás... Te voy a demostrar que se leer.

-El hecho de que tú digas que lees no significa que yo pueda comprobarlo... Tú me cuentas cualquier historia y yo tengo que darla por buena, ¿no?

Lilí se sentó pacientemente.

-Te voy a demostrar dos cosas, una, que sé leer, dos, que tengo poderes mágicos.

-¿Cómo?

-Primero escucha...

Acto seguido Lilí abrió con su patita el libro y se puso ha hacer de manera que parecía que estaba leyendo muy aplicada:

 

“CUENTO PARA LOS NIÑOS DEL FUTURO”

Érase una vez un niño del futuro.

El niño tenía un abuelo y el abuelo le contaba cuentos.

Al niño le gustaban los cuentos pero no los entendía.

El niño estaba acostumbrado a ver la televisión y a jugar con los videojuegos.

Estaba acostumbrado a ver, no a imaginar, igual que sus amigos.

Un día, el abuelo, buscó entre sus cosas viejas hasta encontrar un objeto extraño a los ojos del nieto.

Era un lápiz.

El abuelo dibujó un árbol y le dijo a su nieto,

-Esto es un árbol.

Y el nieto vio pero siguió sin entender.

El abuelo dibujó entonces una flor y le dijo a su nieto,

-Esto es una flor.

Y el nieto vio pero siguió sin entender.

El abuelo fue y dibujó un pájaro y le dijo a su nieto,

-Esto es un pájaro.

Y el nieto vio pero siguió sin entender.

El abuelo dibujó un bloque de pisos muy alto muy alto, tan alto que no se veía la calle y le preguntó a su nieto,

-¿Qué es esto?

Y el nieto vio y entendió.

-Es una casa -dijo-, como mi casa, como todas las casas de toda la gente.

El abuelo dibujó entonces un jardín lleno de flores, colocó en él un árbol y sobre el árbol, volando, a un pájaro, y le preguntó a su nieto,

-¿Qué es esto?

Y el nieto respondió:

-No lo sé.

Pasó el tiempo, el abuelo ya no estaba y le había dejado como herencia a su nieto aquel lápiz que dibujaba extrañas cosas.

Un día...”

 

Al llegar a este punto, Lilí hizo una pausa dramática muy teatral y me miró impertinentemente. Yo, que seguía interesado la historia le pregunté con irritación, removiéndome en mi palito:

-¿Y qué pasa, cómo acaba?...

Si los gatos sonrieran yo juraría que Lilí había sonreído, pero no, no era el gato de Alicia.

-El desenlace -afirmó con pedantería-, te lo leerá Mamá.

-¿Qué?... -exclamé sorprendido, e inmediatamente la respuesta vino en la misma persona de Mamá que brotó de forma inesperada en el umbral de la puerta del mirador.

-Lilí bonita, ¿qué haces con este libro?... ¡Mira que eres diablillo!... ¿Conque queriendo leer, eh?

Cariñosa, Mamá recogió del suelo a una zalamera y ronroneante Lilí y con ella el libro abierto.

-Vaya, Lilí, has elegido un libro mío, que honor... Bueno, hay que reconocer que no lo has estropeado demasiado.. A ver, a ver, ¿qué es lo que estabas leyendo?...

Mamá lo decía en broma, por supuesto, porque no podía imaginarse, ni remotamente, el que Lilí leyera, bueno, si es que leía, claro. Pero Lilí volvió a romper los esquemas al colocar cándidamente su patita sobre un ángulo de la página.

-¡Qué mona que eres, parece como si me entendieras!... ¿Verdad Petrusky que Lilí es una ricura?... -(¡Uf!)- Así que estabas leyendo este trozo... Pues muy bien, señorita, vamos a ver de qué se trata...

Y Mamá fue a leer justo en el mismo sitio en el que Lilí se había interrumpido:

 

“Un día, el nieto cogió el lápiz que fuera de su abuelo y quiso también dibujar, pero como no sabía, no pudo hacerlo.

Entonces, el lápiz huyó de sus dedos, y se fue dando saltos escaleras abajo hasta salir a la calle.

Y empezó a dibujar y como era un lápiz mágico, los árboles que dibujaba en las aceras, y las flores, cobraban vida llenándolo todo de verdor y colorido.

Y luego voló al cielo y dibujó bandadas de pájaros que lo surcaron de norte a sur y de este a oeste.

En las casas, los ancianos que aún estaban, asomándose a las ventanas, comenzaron a gritar alborotados,

-¡Han vuelto los pájaros, han vuelto los árboles, han vuelto las flores!...

Sólo los niños seguían sin entender...

PERO LES GUSTABA LO QUE VEÍAN...”

 

En fin por mucho que me cueste, debo reconocer que Lilí había dicho la verdad.

Claro que como yo poseo un mente lógica y no me ando por las ramas, valga el chiste, también llegué a pensar en razonable desconfianza, si quizás Lilí ya había oído con anterioridad ese cuento de labios de Mamá y entonces no era nada difícil, que acordándose, lo repitiera como un loro, (no trago a los loros, son enormes, tienen un pico temible y se pasan el día vociferando). Y en lo tocante al hecho de que Mamá acabase leyendo el cuento en voz alta, tal como Lilí había asegurado que pasaría, no tenía por qué ser producto de adivinación sino una probabilidad consecuente, dado que la pícara gata había organizado una serenata de maullidos mientras me leía el cuento de Mamá, y así, ¿cómo no venir a controlar la situación?

¡Bah!, me encogí de alas, todo se puede explicar de manera lógica y el que no lo hace es porque no quiere, así de sencillo.

¿Magia?... ¡Paparruchas!... (Como gruñía aquel personaje de CUENTO DE NAVIDAD).

 

Los días fueron transcurriendo, Lilí creciendo y sus travesuras alcanzando la cima del incordio más fastidioso. En lugar de gato parecía una pesadilla peluda, al menos en mi modesta opinión, porque la historia continuaba y cada vez a peor.

Lilí saltaba sobre armarios, repisas y borde de cuadros y espejos, brincaba a las lámparas y en una muy antigua que era la del comedor, de esas de plato, lágrimas de cristal y pantallitas en forma de tulipa coronada, no se le ocurrió otra cosa mejor que meterse dentro, chafándose debajo de la bombilla, con el consiguiente peligro de que todo se fuera al traste, ella incluida. Y lo más indignante, es que semejantes abusos seguían sin ser castigados severamente y encima se la jaleaba y se le reían sus más reprobables gracias, ya que resultaba corriente oír  decir a Papá, Mamá y a la Niña, cosas como estas:

-¡Pero mira que es traviesa!

-¡Y muy lista!

-¡Qué ocurrencias tiene Lilí!

-¡Fíjate que graciosa está encima del armario!

-A ver si se hace daño al saltar.

-Este animalito me hace sufrir... El día menos pensado se va a romper una patita...

-Mujer, los gatos tienen siete vidas.

-Sí, pero nunca se habló de siete patas.

-Lilí bonita...

-Princesita guapa...

-Parece una figurita de porcelana...

-Deberíamos llevarla a la tele para que hiciera anuncios.

-¡Qué ojos más bonitos tiene!

-Desde luego es lindísima, con ese flequillito pardo sobre la carita blanca... Parece Cleopatra

-Fíjate que pose más aristocrática.

-Lilí preciosa.

-Lilí cuquita.

-¿Quién es el gatito más lindo del mundo?

Bueno, creo que con la muestra ya es suficiente, ¿no?

Estaba clarísimo, y me parece que lo repito, eso de que el amor les ponía una venda en los ojos y no veían nada, pero yo -tengo una vista excelente y no me cegaba la pasión, precisamente-, apreciaba las cosas tal como eran sin más y lo que observaba no me gustaba lo que se dice nada, nada, nada, incluso hubiera podido elevar quejas porque embobados por el dichoso gato, en ocasiones hasta se olvidaban de comprarme mis barritas de grano con miel y otras delicias semejantes cuando, antes de aparecer el malhadado felino, siempre me las habían tenido almacenadas de antemano, listas para el consumo, esto sin contar que yo había sido, desde mi llegada a aquella casa, “el lindo periquito”, “Petrusky guapo” y “tito, tito”, hasta que apareció Lilí... Y no es que no me quisieran mis amos, no es eso, pero yo notaba que en el ranking de preferencias, Lilí me aventajaba con puntuación muy alta, tal vez debido a que al participar activamente en la vida de la familia estando en cincuenta mil sitios al mismo tiempo, se hacía imposible el que yo compitiera con ella, ya que de natural discreto, apenas si me hacía notar y menos últimamente puesto que ni me sacaban de mi jaulita para que revolotease por las habitaciones habida cuenta la prodigiosa agilidad de Lilí...

 

Así todo, un día sucedió lo que yo me andaba temiendo desde hacía muchísimo tiempo. Veréis, los hechos se desarrollaron de la siguiente manera:

Continuará...

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