| 1. EL GATO CON GAFAS (3) | |||
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En fin, que
el tiempo transcurrió y un buen día nos encontramos celebrando el quinto
mes de vida de la gatita de la casa, y digo celebrando porque cada aniversario
mensual gatuno se agasajaba a aquel bicho como si fuera otro hijo más
de la familia. Veamos sino, caprichito de salmón con salsa vitaminizada,
trucha tres delicias enlatada, cojincito rosa para descansar, pelotita-cascabel,
comedero y bebedero nuevos con dibujos de ratones famosos... Era lo mismo,
para mí, que si se premiase a Billy el Niño, exactamente lo mismo, dado
que la dulce Lilí se había labrado una reputación digna de
ser inmortalizada en un western de la factoría Disney. Contabilicemos
al respecto: Tres jarrones hechos cisco. Dos cortinas deshilachadas a conciencia. Un tresillo precioso, y que parecía
eterno, tapizado en cretona floreada, con volantes en sus bajos y enmarcando
los almohadones, todo lacerado hasta la dentera. Objetos varios de adorno, en repisas,
que se habían ido al suelo a su paso. Un conato de fundido de televisor,
casi con electrocución incluida, cuando el lindo gatito mordió
el cable eléctrico. Rotura de un contestador automático
porque Lilí utilizaba de columpio sus conexiones. Y eso sin contar la de veces que
los libros de la casa se fueron al santo suelo ya que Lilí los sacaba
graciosamente de las estanterías con sus endiabladas uñas. Lo curioso
es que una vez caídos no los destrozaba y si parecía mirar, con mucho
interés, el contenido de sus páginas. (Debo admitir esta extraña faceta
de Lilí hacia la cultura, por más que me moleste el reconocerlo ya que
era el único entretenimiento no vandálico que tenía). Otra cosa que le gustaba mucho era
pasearse por encima de las teclas del piano despertando suaves sonidos,
actividad alborozadamente celebrada por toda la familia, y respetaba los
cuadros de Papá porque la primera vez que se acercó a uno de ellos con
intenciones de lo más reprobable, el fuerte olor a aguarrás, fijadores
y secantes le hicieron retroceder estornudando y ahora se limitaba a mirarlos
desde lejos, sentada sobre sus cuartos traseros, pensativa y enigmática
mientras movía de un lado para otro el pardo extremo de su larguísima
cola, porque Lilí tenía un rabo casi tan largo como su cuerpecito. El
veterinario había dicho de ella que era un gatito muy crecido para su
edad y que nunca había visto una cola tan larga... El veterinario... ¡Otra
espina clavada en mi corazón! También él cayó bajo el encanto de la seductora
Lilí, y si antes, cuando me llevaban al reconocimiento periódico, todo
eran zalamerías par mí, éstas se quedaron cortas si las comparamos con
las atenciones y mimos que Lilí recibía de aquel buen hombre en cuanto
asomaba el rosado hociquito por su consultorio, ronroneante y juguetona. Bueno, estaba con aquello de que
Lilí había cumplido cinco meses y parecía más llena de vigor y con más
ganas de cometer fechorías que nunca. Celebróse pues, su cumplemes dándole
por primera vez jamón dulce, cosa que le encantó por cierto, y regalándole
otra pelotita-cascabel ya que la anterior se había extraviado supongo
que por el jardín, (segundo escenario malparado por sus juegos). Luego Lilí se adormeció cerca del
bastidor del que pendía mi jaula. -Un capricho nuevo- pensé,
ya que nunca lo había hecho, y, sin saber la causa, empecé a inquietarme.
Intuición acertada. Al cabo de un rato, cuando cada uno de los habitantes
de la casa estaba ocupado en su trabajo, escribiendo Mamá, tocando el
piano la Niña y pintando Papá, Lilí entreabrió lentamente un párpado y
luego el otro enfocando hacia mí sus pupilas verdosas, brillantes como
dos candilitos. Para lo pequeña que era, realmente tenía unos ojos enormes. -Hola Petrusky... -dijo melosamente
y era la primera vez que se me dirigía, es más, yo hasta ignoraba que
los gatos pudieran hablar con los pájaros -claro que tampoco tenía experiencias
al respecto-, así me quedé tan sorprendido que no atiné a responder nada. -Eres tonto, Petrusky. Lilí lo susurró tan dulcemente que
no parecía ni siquiera un insulto, pero consiguió su propósito, que era
el que yo reaccionara. -¡Oye tú, gato mal educado...! -Me llamo Lilí. -¡Ya sé que te llamas Lilí, hace
cinco interminables meses que lo sé!... ¡Tú nombre es algo que se oye
muy a menudo en esta casa! -...por desgracia, ¿no es esto lo
que ibas a decir? -¡Por... Por... Narices, eso es lo
que quiero decir!. -¿Quién es ahora el maleducado? Me volví de espaldas muy enfadado. -Siguiendo la táctica del avestruz
no conseguirás solucionar nada. -¿Tú qué sabes lo que es una avestruz,
has visto alguno? -Tal vez más que tú... No olvides
que yo leo mucho. Me giré y le dije burlón: -¿Tú leer?... ¿De qué?... Tú no sabes
leer, tú fisgoneas en los libros, que no es lo mismo y miras las imágenes,
eso es todo. Lilí se levantó de la butaquita de
mimbre en dónde se encontraba echada y lenta, perezosamente, se estiró. -Yo sé leer, -dijo luego
con seguridad- sé leer muy bien. -Sí, un antepasado tuyo era el Gato
con Botas pero ahora tú eres el Gato con Gafas... -respondí sarcástico. -Ríete si quieres, que la situación
no va a cambiar por más que te burles en tu ignorante ignorancia... Yo
sé leer... y hacer muchas cosas más que tú desconoces, periquito cascarrabias. Despectivo inquirí: -¿Cómo qué? -Se hacer magia, por ejemplo... -Sí, sí magia potagia... ¡Jo, jo,
que risa, tía Luisa, tú bruja...! ¡Anda, cuéntame otro chiste!... Aunque
pensándolo mejor, tal vez sí, no me extrañaría nada que fueras una bruja. -Podría ser un Hada... -¿Un Hada?... ¿Y qué más?... Nunca
he oído decir que las Hadas se transformen en gatos, pero en cambio las
brujas los tienen como animales de compañía, ¿sabes? -El que no sabes eres tú, so cerril...
En la antigüedad el gato
era un animal sagrado... Y en el Egipto de los faraones... -¡Vaya requincalla sacas ahora!...
¡El Egipto de los faraones!... Pues si tanto te gusta vete al pasado ese
a ver si lo encuentras. -Mira que eres inculto... Te las
das de muy intelectual y refinado y alborotas rebuznando igual que un
asno. -¿Yo inculto, asno yo?... ¡Tienes
que saber, gatajo de tres al cuarto, que en cuestiones de cultura podría
darte lecciones! Lilí, que se había estado contoneando
muy ufana, se inmovilizó de repente, revelando su aspecto que acababa
de ofenderse mucho. -No soy un gatajo de tres al cuarto,
periquito australiano del amor, yo pertenezco a la raza de gato común
europeo, para que lo sepas y soy muy inteligente y tengo poderes mágicos. Yo, con ganas de fastidiarla, dije
incrédulo: -¿Y qué harás, si quieres demostrármelo,
me convertirás en sapo? De un salto elástico, Lilí estuvo
en el suelo y ya allí se encaminó a la puerta en cuyo umbral se detuvo
para contemplarme inexpresivamente. -Cuando llegue el momento lo sabrás... |