| 11. EL VAGABUNDO Y LA REINA BRUJA (2) | |||
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-Érase una vez un hombre tan solitario que hasta la mala suerte no quiso saber nada con él y le abandonó, también se le alejó la buena suerte, que, como todos sabemos, es su hermana gemela... Así las cosas, la vida del solitario era una monótona sucesión de días y noches iguales y aburridísimos. El hombre vivía en una granjita heredada cultivando el suelo. Poseía cuatro gallinas, varios conejos y una cabra como animales de corral y con todo ello cubría sus necesidades. Pero nunca le pasaba nada y el solitario suspiraba deseando un terremoto que cambiara la faz de su entorno, o bien que el río se desbordase, anegándolo todo. Pensaba que de esta manera su existencia conocería un gran cambio y la vida habría dejado de ser tan sosa. Le gustaba contemplar el sol y la luna, pero no los admiraba ya que juzgaba que ellos todavía estaban más aburridos que él al transitar cada jornada regular y constantemente por los cielos siempre en la misma ruta sin saber de nuevas emociones. De esta suerte filosofaba tumbado sobre la hierba, contemplando el eterno ir y venir de las luminarias, hasta que un día, cuando quiso levantarse, no pudo, se había convertido en piedra... Y allí se quedó, petrificado, al lado de su huerto y junto a las gallinas que picoteaban el suelo, los conejos que se escondían dentro de las madrigueras del corral y la cabra que ramoneaba entre las zarzas... Y allí sigue aún, una enorme piedra gris sobre la que crece el musgo. -Precioso -dije con retintín-, monísimo... ¿Cuál es la lección? El Vagabundo suspiró pacientemente. -Si está clarísima... Que uno no puede mantenerse al margen de la vida, que uno debe participar. -Como en las competiciones, ¿no? -Más o menos... La vida está hecha para ser vivida no para ser soñada, y tú mismo lo puedes comprobar, no es igual ser lector que ser el protagonista de la historia. -¿Y cuál es tu papel?... -quise saber molesto. El Vagabundo hizo una cómica pirueta con tal rapidez que no se le cayeron ni el sombrero ni el hatillo que llevaba al hombro. -¿Mi papel?... Yo soy un cabeza hueca, un loco... Pero los locos decimos las verdades y nadie se ofende... Ese es mi papel... Yo, que había revoloteado cuando él salto, nuevamente me posé sobre su dedo índice. -Seas lo que seas o quién seas, me importa poco, lo que yo quiero es volver a casa... Sólo que... -¿Te da miedo la Reina Bruja?... -me preguntó el Vagabundo con una sonrisa comprensiva. ¡Qué lata, las personas siempre piensan que lo saben todo! Ericé las plumas e hinché la pechuguita de forma truculenta. -¡Claro que no, a mí las reinas brujas nunca me han dado miedo! -¿Estás seguro? Me desinflé como un globo ante la ironía que advertí en su voz. -No he conocido a ninguna... -reconocí humildemente. -¿Estás seguro? -repitió el Vagabundo. Le miré sin comprender, estaba demasiado aturdido para analizar su pregunta. Más tarde la recordaría maldiciendo mi torpeza pero eso sería muy luego y no cesaría de llamarme tonto una y mil veces, por no haber adivinado a tiempo. Llevándome sobre su dedo, “Cual los caballeros portaban el halcón en su muñeca”, echó a andar el Vagabundo reemprendiendo su cancioncilla. Y así, trip-trap-trip-rap, llegamos frente a un viejo árbol que el rayo debió quemar hace mucho tiempo puesto que se hallaba todo ennegrecido y sus ramas se erguían en dirección al cielo, sin hojas y como garras crispadas. El tronco era muy grueso y estaba calcinado, yo diría mejor fosilizado, y únicamente mostraba dos aberturas, una especie de ventana en la mitad superior del tronco, y abajo, entre las raíces, algo semejante a una fisura, que hacía las veces de puerta. Aquel árbol parecía un tiznajo en medio de un dibujo y desentonaba mucho entre los demás árboles del bosque vivos y verdes, ahora, eso sí, desde luego resultaba la perfecta mansión de una Reina Bruja. Como quiera que el árbol se levantaba en medio de un calvero natural, la Reina Bruja pudo vernos mucho antes de que nosotros entrásemos en el claro. Por tanto, no hubo necesidad de llamarla, ella nos había visto, o presentido, y ya estaba en la puerta esperándonos, y no se trataba de una puerta grande sino pequeña, porque la Reina Bruja era un gato, o mejor dicho, una gata, y a mí me resultaba tremendamente familiar. Sin embargo iba vestida como una bruja de cuento, con sombrero puntiagudo y todo, y sobre el extremo de su rosada naricita, cabalgaban en penoso equilibrio, unas grandes gafas de montura de concha, detrás de cuyo grueso vidrio, los verdes ojos de la Reina Bruja, parecían enormes. Sentí que la ira me invadía. -¿Qué tomadura de pelo es esta?... No me habías dicho que la Reina Bruja fuese un gato. -¡Ssss, chitón, la Reina Bruja es lo que quiere ser! -¿Pretendes insinuar que puede no ser un gato? -Ciertamente, ciertamente... Yo me desesperaba por momentos. -Pero ahora “es” un gato y a los gatos les gustan los pájaros, ¿O es que no lo sabías, listillo? El Vagabundo me miró muy serio. -Cuando dejes de ser tan desconfiado, Petrusky, tal vez consigas vivir en paz contigo mismo. Me alboroté. -Ya vivo en paz, o, mejor dicho, vivía en paz antes de que la insoportable Lilí... -¡Miau!... -maulló la Reina Bruja suavemente- ¡Miau!... Bienvenidos a mi humilde morada, caminantes... Esa voz... Contemplé con gran recelo a la Reina Bruja. La Reina Bruja ronroneó satisfecha y de un ágil salto trepó por el tronco del árbol que le servía de vivienda, hasta quedar a la altura del rostro del Vagabundo y peligrosamente cerca de mí. -Buen trabajo, amigo mío -susurró apreciativa-, me lo has traído. Yo empecé a sentir algo parecido al miedo, y haciendo un esfuerzo no quise precipitarme en mis terrores hasta no estar por completo seguro, así que intenté disimular haciéndome el indiferente y siempre dispuesto a emprender el vuelo al más mínimo movimiento sospechoso. -¡Nadie me ha traído, he venido yo porque he querido! -¡Miau, miau, muy bien dicho, muy bien hecho!... Has sabido elegir acertadamente... Eres un periquito azul muy sabio. -Bueno, no sé si soy sabio, pero la verdad es que... -Sentías curiosidad, ¿no? -Más o menos... El Vagabundo me había dicho que me podías devolver a mi casa y... -... eso te decidió. -Pues sí, él asegura que tú tienes poderes mágicos. -¿Acaso lo dudas? -¿Qué pretendes insinuar? -Según tengo entendido, atravesaste un cuadro yendo a caer en este mundo. -¡No fue por mi voluntad! -manifesté atropelladamente- No, no es que me desagrade, aquí he visto cosas verdaderamente fantásticas, he hablado con el Viento, he conocido a Falena, he visitado el Castillo de la Felicidad, he... -Sí, nuestro universo es un poco particular, pero celebro que te haya gustado... ¿No querrías quedarte con nosotros? La sugerencia me había sido hecha con zalamería, pero a mí se me antojó que me tendían una trampa y respondí con diplomacia: -Si no tuviera un hogar fuera del cuadro, a Papá, a Mamá y a la Niña... -¿Y a nadie más? Pese a que el tono de voz de la Reina Bruja era muy meloso, creí captar una chispita de astucia danzando allá en el fondo de sus verdes ojazos... Sus ojos... Eran grandes como lagos, hipnotizaban y me traían a la memoria recuerdos inconcretos de... -¡Lilí!... -exclamé con un chillido, a lo que la Reina Bruja sonrió satisfecha. -Bien, veo que recuerdas a tu buena amiguita... Mereces volver con los tuyos... Pero antes quisiera que honraras con tú presencia mi casa, me gustaría enseñarte algo que nunca más tendrás ocasión de ver... Entrad. La Reina Bruja dijo esto y sin que ninguna puerta nos fuese franqueada, de pronto nos vimos los tres en una espaciosa sala circular cuyas paredes eran de madera estriada y carcomida y en las que se abrían tres ventanas en su zona norte y sólo una en su zona sur. La Reina Bruja habló entonces con solemnidad: -La ventana que da al sur, se abre hacia el Presente-Futuro, mientras que las otras tres ventanas que se abren al norte, sólo muestran el Pasado... Ni que decir tiene que todas son ventanas mágicas... Si miras por unas y otras puedes contemplar cosas portentosas e inimaginables... ¿Te apetece hacerlo?... ¿Y a quién no?... La invitación resultaba demasiado atractiva como para rechazarla. -¿Qué es lo que voy a ver Reina Bruja? La Reina Bruja ronroneaba dulcemente, -Eso no lo sé yo... Cada uno ve lo que debe ver... Mira y te convencerás... Me acerqué a la primera ventana del Pasado y he aquí lo que vi : Era una escena muy tierna. Un padre y una madre periquitos alimentaban a un pequeñuelo desplumado que aún no había despegado los párpados. Me emocioné mucho, ese periquito bebé era yo y ellos mis papás. Me cambié a la segunda ventana del Pasado. En esta, la escena que se reprodujo fue la de mi llegada a casa de mis dueños. Yo entraba volando por el ventanal que pertenecía al despacho de Mamá, ya que me acababa de escapar de la tienda de animalitos en donde se esperaba que fuese adquirido, y en atolondrada huida, por suerte, di con la casita del bosque en la cual moraba la que sería mi segunda familia. ¡Oh, qué bien recibido fui!... Me dieron agua, comida y me instalaron en una jaulita que perteneciera a un canario que tuvieron en otro tiempo, y Mamá escribió un largo cuento dedicado a mí y que tituló HISTORIA DE UN PERIQUITO y que empezaba de esta manera: “Cierto día de Noviembre apareció en el alféizar de mi ventana un periquito azul. Era Petrusky, pero él todavía ignoraba que nosotros íbamos a llamarle así...” ¡Qué recuerdos más hermosos! Los ojos se me nublaron y eso que los periquitos no lloramos. ¡No puedo evitarlo, soy un rematado sentimental! Di un saltito y ya estaba frente a la tercera ventana del Pasado. Aquí la escena fue por completo diferente. Me vi de nuevo, pero tal como estaba ahora, es decir, hacía no demasiado tiempo, cuando me despedía del príncipe encantador. Reconocí el puente, al anciano caballero y me vi volar alejándome mientras él, al paso de su cabalgadura, iniciaba el trayecto final de aquel viaje que había durado tantos años... Y volvió a suceder... No era una alucinación... A medida que el príncipe se acercaba al solitario castillo en donde aguardaba “contra toda esperanza”, la bella marchita, su polvorienta y oxidada armadura comenzó a adquirir reflejos dorados hasta convertirse toda ella en oro puro. Mas la cosa no se detuvo ahí, ya que las arrugas empezaron a borrarse de su rostro y manos y sus venerables cabellos blancos dejaron de serlo al recobrar el color negro de la juventud... Mis pupilas no me habían engañado. El príncipe estaba deshaciendo un camino en el tiempo y cuando llegó a la fuente del bosque, contaba ya la misma edad que tenía cuando partiera de su reino hacía una centuria, o sea, que era un apuesto muchacho en la flor de la vida. Las aves que picoteaban o bebían allí, levantaron el vuelo al irrumpir él, pero no marcharon a la desbandada, sino disciplinadamente, como si de antemano supieran de que forma y adónde tenían que ir... ¡Y claro que lo sabían!... Volaron hacia el palacio de la princesa, empezando a estirar de sus ropas con gran asombro por parte de la viejecita que no entendía lo que estaba sucediendo. Tiraban de ella entre alegres gorjeos, la empujaban y concluyeron envolviéndola en un torbellino tal, que pronto dejé de verla, oculta tras su enjambre de pájaros. Y así, como si jugase a la gallina ciega, sin ver, sin saber, fue conducida hasta la fuente del bosque en cuyo banco de piedra estaba sentado el príncipe, mientras su caballo bebía tranquilamente. Tal era la algarabía formada entonces por las aves, que el príncipe se incorporó sorprendido al ver avanzar a su encuentro la insospechada aparición de alguien a quien los pájaros ocultaban... Yo asistía a la escena sin atreverme a respirar. De improviso la cortina de plumas se abrió y ante los ojos atónitos del príncipe, y los míos también, surgió, iluminada por la luz del atardecer, la más hermosa princesa de cuento de hadas que imaginar se pueda. Sus cabellos eran largos y rubios y sus ojos inmensos y del color del aguamarina, no debía contar más allá de quince años y resultaba en todo y por todo gentil y muy dulce. Cuando ella descubrió al príncipe, sonrió llena de felicidad y pude escuchar su fresca voz juvenil que decía: -¡Mi príncipe, por fin has venido! A lo que él respondió, y no mentía : -Me he pasado toda la vida buscándote... Trémulos se acercaron y ya se tomaban de las manos. Ella dijo : -Y yo te he esperado... (Era curioso, pero en el momento más solemne de sus vidas, ambos hablaban como dos personas normales). La siguiente escena fue aún más bonita. Escoltados por los pájaros y montados en el blanco corcel, subieron por el camino que conducía al palacio real, ya no desierto sino lleno de vida porque se escuchaban las trompetas, repicaban gozosamente las campanas de la capilla y una muchedumbre de damas y gentiles hombres, comenzaba a salir del interior del recinto para dar la bienvenida a sus soberanos.
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