11. EL VAGABUNDO Y LA REINA BRUJA (1)

Empezaba a tener sueño, y como el día no mostraba señales de declinar, tomé la determinación de echarme una siestecita al abrigo de cualquier rama de árbol frondoso, visto que las montañas azules quedaban todavía lejanas. En realidad yo ignoraba cual era la dirección que debía emprender para salir de allí. creía, y no sé la causa, que apareciendo las montañas azules en el cuadro de Papá, ellas indicaban el camino acertado a seguir, si es que conseguía volar por encima de sus cumbres.

Escogí cuidadosamente una rama hospitalaria y en ella me acurruqué dispuesto a dormir cuanto mi cansancio precisaba, y supongo que incluso lo hice, aunque no pueda contar los minutos de tiempo transcurridos desde que cerrase los párpados hasta que los abriera de nuevo. Me desperté malhumorado, ¿quién se atrevía a cantar de forma tan descompasada y estridente debajo de mí?...

Alargando el pescuezo pude atisbar de reojo y hete ahí lo que contemplé:

Recordaba un espantapájaros sin serlo y recordaba a un espantapájaros al ir vestido de harapos y llevar en la cabeza un ridículo sombrero de paja desfondado, además iba sin afeitar y con el pelo greñudo. No era viejo como el príncipe buscador de princesas, pero tampoco era joven. De todas formas no sé que edad podía tener, tal vez las tenía todas y ninguna, tal vez era una sombra, o un payaso o simplemente, un pobre hombre cansado. Bueno, daba igual, lo que me molestó fue que me despertase con el sueño que yo tenía.

-¡Podrías transitar por el bosque sin hacer ruido! -le dije enfurecido.

Al oírme, levantó él la cabeza descubriéndome. Una simpática y desaliñada barba rubia le aureolaba el rostro a semejanza de un sol de juguete, pude advertir también que daba señales de estar muy contento, como si el verme le hubiera llenado de alegría.

-¡Hola Petrusky -saludó risueño-, perdona si te he despertado!

A mí me sorprendió mucho el que supiera mi nombre.

-¿Oye, cómo sabes que me llamo así?

-Yo sé muchas cosas, periquito azul, hasta que procedes de Australia.

Su respuesta me hizo caer en cuenta de algo.

-¿Eso quiere decir que ya no estoy en la Edad Media?

El Vagabundo me hizo un guiño malicioso.

-Puede que sí y puede que no, lo único que importa es que estás aquí.

-¿Y tú quién eres?

-Aquello que tu ves.

-Esa no es una respuesta.

-Sí que lo es, te he contestado.

-Pero no me has explicado nada.

-Tampoco hay necesidad.

-Muy bien, adiós.

Oculté la cabeza bajo el ala muy enfadado.

-Vaya, Petrusky, eres un periquito de lo más irascible.

-¿No lo sabías?... -contesté espiándole a través de las plumas.

-Tal vez sí, tal vez no, quizás lo había olvidado.

-Pues olvídame del todo y vete, continúa tu camino.

Y entonces él dijo lo único que podía desvanecer mi rabieta:

-No puedo hacerlo, Petrusky, porque si lo hago, tú no sabrás volver a casa.

Muy excitado bajé volando de la rama y me posé sobre su hombro.

-¡Dime, dime!, ¿tú sabes cómo puedo regresar?

-Yo, exactamente, no, pero la Reina Bruja si.

-¿Quién es la Reina Bruja?

-Si vienes conmigo la conocerás.

Súbitamente me sentí receloso. (A ver ahora iba yo a tropezarme con mi Olwen particular).

-¿Y si no voy?

La respuesta fue muy simple.

-No la conocerás... O, por lo menos, no volverás a encontrarte con ella...

Yo iba de sorpresa en sorpresa.

-¿Es que ya sé quién es?

-Me has interrumpido, iba a decirte, “no te volverás a encontrar con ella bajo su otra condición”.

-¿Qué otra condición?, y, ¿cómo la he conocido antes?

-Si quieres saberlo, ven conmigo.

Salté al suelo y me volví de espaldas.

-No pienso ir.

-Petrusky, Petrusky, no te hagas de rogar... Y “sí” vas a venir, porque de lo contrario te pasarás la vida dando vueltas por estos bosques, campos y montañas sin encontrar nunca la salida.

El viejo príncipe me vino a la memoria y a mi mismo me vi, en un futuro lejano, desconocido y medio desplumado, sin fuerzas para volar mientras seguía buscando vanamente la puerta de acceso a mi mundo. Era necesario ser conciliador.

Revoloteé de nuevo posándome sobre su dedo índice.

-De acuerdo, iré contigo, pero que conste que lo hago porque quiero irme a casa, ya estoy más que harto de jugar a Indiana Jones.

El Vagabundo soltó una risotada, al parecer muy divertido con mi ocurrencia.

-No es para tanto, Petrusky, ¡mira que eres exagerado!... Si tus aventuras son pequeñitas, muchacho...

Aquel tono condescendiente me ofendió mucho.

-¡Pequeñitas, pequeñitas!... Para mí son muy grandes y me sobrepasan... -lancé mi interjección favorita- ¡Caramba, yo las vivo!

El Vagabundo frunció el ceño reflexivo.

-Ahí está el quid de la cuestión... Sin darte cuenta has puesto el dedo en la llaga, las vives, y eso es muy importante... No se deben despreciar las oportunidades que el azar nos brinda.

-¿Azar -estallé indignado-, azar?... ¡Qué azar ni que narices!... Yo estaba tranquilamente en mi jaulita...

-Apolillándote y viendo la vida a través de los barrotes, ¿a eso llamas tú vivir?

-Pero es que...

-¡No, no, no!... ¿Me permites, Petrusky, que te cuente una historia?, es muy interesante y te hará reflexionar créeme.

¿Qué podía yo hacer sino escuchar?

 

Continuará...

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